La curación por la fe

Para el apóstol San Pablo, “Es pues la fe la sustancia de las cosas que se esperan, la demostración de las cosas que no se ven”. La fe es una fuerza que emana de la propia alma, la certeza intuitiva de la sabiduría de Dios que se refleja en la perfección de todo lo que existe. Es la fuerza que propulsa las acciones humanas en todos los sectores de la vida, cualquiera que sea la religión o la concepción filosófica que la persona pueda tener. La fe es, igualmente, un requisito fundamental para la propia vida, como mencionan las Escrituras, que “lo justo vivirá por la fe”. (Hab 2, 4).

Allan Kardec en El Evangelio Según el Espiritismo, dice que: “la fe no se prescribe, ni se impone”. Habla de la fe ciega y de la fe razonada. La fe ciega es la que acepta las cosas sin un análisis más profundo, y afirma que solamente la fe que se basa en hechos tiene el mérito de la veracidad. La fe es una virtud maravillosa que ayuda siempre al ser humano, en la condición de cuando desea alguna cosa para sí mismo o para sus semejantes, y cuando actúa como intermediario en las acciones de cura espiritual de los enfermos que lo buscan. Así, Jesús, cuando se encontraba en medio de la multitud, curó a una mujer que sufría una hemorragia desde hacía 12 años.

Movida por una gran fe, llegó por detrás de él y tocó la orla de su túnica porque, se decía ella misma que, si tocase su túnica quedaría curada. Y después, se puso temerosa, por pensar que lo podía haber perturbado. “Y Jesús, dándose la vuelta, y viéndola, le dijo: Confía, hija, tu fe te ha salvado. Y la mujer fue salva desde aquella hora. (Mt 9, 20-22). Del mismo modo, Jesús curó a un paralítico que fue llevado ante su presencia por cuatro personas que lo rodeaban, hicieron un agujero en el tejado por donde bajaron el camastro donde se encontraba el enfermo y llegaron hasta su presencia. “Y Jesús, viendo la fe de ellos, dijo al paralítico: Hijo, perdonados están tus pecados”. Y después de un diálogo con los escribas, que estaban presentes, Jesús dice al paralítico: “Levántate, y toma tu lecho, y vete a tu casa” (Mc 2 3-11).

Igualmente, si la persona tuviera fe, podrá realizar la cura de los enfermos como ocurrió con San Pedro y San Juan, cuando se dirigían al templo a la hora de la oración, la de nona. Había un hombre, cojo desde el vientre de su madre, era traído; al cual ponían cada día a la puerta del templo que se llamaba la Hermosa, para que pidiese limosna de los que entraban en el templo. Este, como vio a Pedro y a Juan que iban a entrar en el templo, rogaba que le diesen limosna. Y Pedro, con Juan, fijando los ojos en él dijo: Mira a nosotros. Entonces él estuvo atento a ellos, esperando recibir de ellos algo. Y Pedro dijo: Ni tengo plata ni oro; mas de lo que tengo te doy: en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda. Y tomándole por la mano derecha le levantó: y luego fueron afirmados sus pies y tobillos; Y saltando, se puso en pie, y anduvo; y entró con ellos en el templo, andando, y saltando, y alabando a Dios”. (Hechos 3, 1-8) Y para los dos ciegos que lo seguían, pidiendo que los curase, “Jesús les dice: ¿Creéis que puedo hacer esto?. Ellos dicen: Sí, Señor. Entonces tocó los ojos de ellos, diciendo: Conforme a vuestra fe os sea hecho. Y los ojos de ellos fueron abiertos”. (Mt 9, 28-30).

Naturalmente, las virtudes cristianas no se manifiestan aisladamente. La criatura dotada de fe tiene también elevado amor fraterno, que le hace ver a sus semejantes como verdaderos hermanos, partes de su propio ser, en la augusta fraternidad humana. Las personas dotadas de fe son, igualmente, aureoladas de elevado tenor de amor fraterno, el subsidio mayor para las realizaciones de todas las modalidades de curas espirituales, mientras sean centradas en acciones hacia el beneficio propio, como cuando son dirigidas para la ayuda a los semejantes.

Extraído del libro “Enfermedades del alma”

Deja un comentario

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.