Concurso Espiritual

La expresión “desligamiento” define bien el proceso de la desencarnación. Para que el Espíritu se libere debe ser desligado del cuerpo físico, ya que permanecemos unidos a él por cordones fluídicos que sustentan nuestra comunión con la materia.

Observadas las necesidades de especialización, como ocurre en cualquier actividad humana, hay técnicos que se aproximan al desencarnante, promoviendo, con recursos magnéticos, su liberación. Solamente individuos muy evolucionados, con gran desarrollo mental y espiritual, prescinden de esa ayuda. Eso significa que siempre contaremos con ayuda especializada en la gran transición, al lado de la presencia de amigos y familiares que nos antecedieron. Naturalmente, el apoyo mayor o menor de la Espiritualidad está subordinado a los méritos del desencarnante. Si virtuoso y digno, merecerá atención especial, y tan pronto sea consumada la desencarnación, será conducido a las instituciones asistenciales que favorecerán su readaptación a la Vida Espiritual.

Ya los que se comprometieron con el vicio y el crimen, despreocupados de la disciplina y del discernimiento, serán desligados en el momento oportuno, pero permanecerán entregados a la propia suerte, estando por tiempo indeterminado en el Umbral, franja oscura que circunda la Tierra, formada por las vibraciones mentales de multitudes de Espíritus encarnados y desencarnados dominados, aun, por impulsos primitivos de animalidad.

La tradición religiosa consagró la extrema unción, en que un oficiante, con ritos y rezos, promueve la absolución del moribundo, con relación a sus pecados, antecedida, siempre que sea posible, de la confesión, garantizándole un ingreso feliz en el Más Allá. Sin embargo, la realidad mostrada por la Doctrina Espirita es bien diferente. Fórmulas verdales y ritualistas no tienen repercusión ninguna en los dominios de la Muerte. Lo mismo ocurre con el arrepentimiento formal, que refleja mucho más temor de los castigos más allá del túmulo que la consciencia de la propia indigencia espiritual.

El hijo pródigo, en la inolvidable parábola de Jesús, permaneció a la distancia del bienestar del hogar, en angustiante situación, hasta que “cayó en sí”, reconociendo que vivía miserablemente, enfrentando privaciones que no existían ni incluso para los siervos más humildes en la casa paterna. Se dispuso, entonces, a empezar la larga jornada de retorno. Para sorpresa suya, fue recibido con júbilo inmenso por su padre.

Hijos de Dios, creados a Su imagen y semejanza, dotados de Sus potencialidades creadoras, intrínsecamente destinados al Bien, presentándonos a largos estadios en regiones de sufrimiento, más allá del túmulo, siempre que nos comprometemos con el Mal, hasta que, a semejanza del hijo pródigo, reconocemos nuestra miseria moral, iniciando laboriosa jornada de renovación.

Richard Simonetti
¿Quién tiene miedo de la muerte?
Traducido por R Bertolinni

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