La palabra que faltaba

Había una mujer que amaba las palabras. Desde la infancia, ellas ejercían sobre ella una gran fascinación. Tal vez por eso había aprendido a leer mucho desde temprano. Deseaba descifrar aquellas señales que rellenaban las páginas de los periódicos. Le gustaba de apreciar el sonido de las palabras. Unas suaves, otras más agresivas. Y de aprender el significado de cada una de ellas. Se encantaba en saber que las palabras tienen el poder de representar el pensamiento humano y establecer la comunicación entre las personas. Descubrió que existen palabras dulces y perfumadas, como flor, cariño, amistad, mejilla. Otras, tristes y angustiantes como lagrima, distancia, nostalgia. Algunas dolorosas como crimen, hambre, abandono, guerra. Algunas alegres y relajadas, como primavera, naturaleza, niños. Observó que existen palabras que suenan como una sentencia de muerte, como cáncer. ¿Da para imaginar el impacto que ese palabra es capaz de causar en los oídos de quien la oye?

Un día, sin embargo, ella oyó de los labios del médico que acababa de examinar con mucho cuidado con rayos-X, esta palabra y la encontró muy fea. En un momento, el paisaje se modificó, le pareció no haber más luz, aunque aún fuese de día. La sangre le desapareció de la cara, dando lugar a un sudor helado. El corazón intentó huir a galope. Ella se recordó de que, tiempo atrás, fue convocada para una batalla por la vida. Ahora, otra vez le competía emprender la lucha por la vida.

Fruto de la ignorancia, el miedo, siempre oportunista, se instaló y la inseguridad la dominó. El especialista la fue afirmando que había muchas oportunidades de mejora, gracias a las más recientes conquistas de la medicina. Pero ella no conseguía prestar más atención. La voz del médico parecía distante. El cerebro de ella diseñaba paisajes sombríos, comprometiendo el equilibrio. De vuelta al hogar, un tanto más calmada, tal vez inspirada por benefactores invisibles, ella recordó de orar. Preparó su alma para entrar en contacto con Jesús y le rogó las fuerzas necesarias. En cuanto oraba, le pareció ver el azul del firmamento, atardeciendo, comenzando a salpicar de estrellas. De él se destacó una luz radiante, abarcando todo el espacio a su alrededor.

Alguien, de mirada serena y sonrisa cautivante le extendió los brazos. Caminó en su dirección y un delicado perfume la envolvió. Ella se sintió arropada contra el pecho de aquella persona tan serena, como si fuese una niña amedrentada. Una nueva energía invadió todo su ser y, entonces, como un canto divino oyó dentro de su alma la voz melodiosa del mensajero:

-¿Hija, porque lloras? Entre todas las palabras que admiras, olvidaste la más importante, más la poderosa.

Ella se atrevió a preguntar:

-¿Y qué palabra olvidé, Señor?
´
Él se apartó un poco, tomó el rostro de ella entre sus manos y mirándola con dulce ternura, respondió:

-¡La palabra es fe!

Piense en eso

Fe es el muelle propulsor que permite superar óbices y vencer obstáculos. Fe es fuerza motriz del alma que, así alimentada, vence los percances y avanza, victoriosa. Por esta razón el Maestro de Nazaret enseño, un día:

Si tuvierais fe del tamaño de un grano de mostaza, diríais a esta montaña: muévete de aquí para allá y ella se movería.

Y la montaña que todos necesitamos mover para avanzar en el camino de la vía, se llama
dificultad.

Equipo de Redacción del Momento Espirita, con base en el texto ¡Xô, palabra fea!, de autoría de Rute Villas Boas. Las palabras son como las monedas: una puede valer por muchas, y muchas no valer por una.

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