El adolescente y la religión

La religión desempeña un papel importante en la formación moral y cultural del adolescente, por propiciarle la visión de la inmortalidad, dilatándole la comprensión en torno de la realidad de la vida y de sus objetivos esenciales.

La religión es portadora de significativa contribución ética y espiritual en el desarrollo del carácter y en la afirmación de la personalidad del joven en desarrollo. A través de sus postulados básicos, el alumno en ella aspira la consciencia de si y el comienzo de la madurez de los valores significativos, que se le incorporarán, en definitiva, estableciéndole paradigmas de comportamiento para toda la existencia. Incluso cuando, en la fase adulta, por esta o aquella razón, la religión es contestada, o colocada en un plano secundario, o incluso combatida, en las bases del inconsciente permanecen sus paradigmas que, de una u otra forma, conducen al individuo en los momentos de decisión significativa o cuando necesita cambiar de rumbo, resurgiendo informaciones archivadas que contribuirán para la decisión más feliz.

El adolescente trae en si el archivo religioso, que resta de las experiencias de otras reencarnaciones, lo que lo lleva a la búsqueda de Dios y de la inmortalidad del Espíritu, de forma que, reencontrando la propuesta de la fe, la asimila con facilidad, en el inicio, gracias a sus símbolos, mitos y leyendas, del agrado de la vida infantil, después, a través de las transformaciones de los mismos, que pasan por la criba de la razón y se van a incorporar a su cotidiano, ayudando en la distinción de lo que debe realizar, así como de aquello que no le es licito hacer, por herir los derechos de su prójimo, de la vida y la Paternidad de Dios.

Es relevante el papel de la religión en la individualidad del ser, que no permite la disociación de valores morales, culturales y espirituales, reuniéndolos en un todo armónico que le proporciona la plenitud. En la adolescencia, los ideales están en desarrollo, abriendo campo para los postulados religiosos que, bien dirigidos, nortean con seguridad los pasos juveniles, ahorrando al iniciante en las experiencias humanas a muchos disgustos y desilusiones en las diferentes áreas del comportamiento, incluyendo aquel de naturaleza sexual.

No será por intermedio de la castración psicológica, de la prohibición, sino del esclarecimiento como de los valores reales y de los aparentes, de los significados del placer inmediato y de la felicidad legítima, futura, predisponiéndolo a la disciplina de los deseos, al equilibrio de la conducta, que resultarán en el bienestar, en la alegría espontánea sin condimentos de sensualidad y de servidumbre a los vicios.

Simultáneamente, la propuesta religiosa esclarece que el ser es portador de una destinación superior, que le cumple enfrentar, moviendo los recursos que le yacen latentes y convocándolo para la autoperfeccionamiento. Cuando el adolescente no encuentra los paradigmas de la religión, se torna amargo e incapaz para enfrentar desafíos, huyendo con facilidad para la rebeldía o el sarcasmo, puertas de acceso a la delincuencia y al desespero. No descartamos los males producidos por la intolerancia religiosa, por el fanatismo de algunos de sus miembros, sacerdotes y pastores, pero esos son errores humanos y no de la doctrina en si misma.

La interpretación de los contenidos religiosos sufre los conflictos y dramas personales de aquellos que los exponen, pero, en su interior, todos preconizan el amor, la solidaridad, el perdón, la humildad, la transformación moral para mejor, la caridad, que quedan al margen cuando las pasiones humanas toman posesión de las situaciones de relevo y comando, haciendo de esos individuos conductores espirituales, que pasan por los fieles, conduciéndolos con la dureza de sus estados neuróticos y frustraciones lamentables, tornando a religión una caricatura perniciosa de la misma o un instrumento de control de la conducta y de la personalidad de sus miembros. La religión objetiva, esencialmente, conducir o reencaminar a la criatura al Creador, ayudándola a reconocer su procedencia divina, que quedó separada por la rebeldía de la propia conducta, gracias al libre albedrío, a la opción de ser feliz conforme su patrón inmediatista, vinculado al instinto, en detrimento de la sublimación de los deseos, que permitirían alcanzar la paz de consciencia.

Dirigida al adolescente, la religión marcha con él por los laberintos de las investigaciones y debe estar abierta a discutir todas las colocaciones que lo perturban o lo despiertan, de tal forma que se le torne valiosa ayuda para las decisiones libres que debe asumir, de manera para estar en paz interior. En las frustraciones naturales, que ocurren durante el desarrollo adolescente, la religión asume un papel relevante, explicando la necesidad del enfrentamiento con los desafíos, que no siempre ocurren con éxito, al mismo tiempo explicando que la dificultad de hoy se torna victoria de mañana.

Felizmente, hoy, la visión religiosa impone que la conducta conformista debe ceder lugar al comportamiento espiritual combativo, mediante el cual el fiel se resuelve por asumir actitudes coherentes delante de las ocurrencias, en vez de aceptarlas sin discusión, lo que siempre generó conflicto en la personalidad. En ese sentido, el Espiritismo, explicando la anterioridad del Espíritu al cuerpo, su sobrevivencia a la muerte física, el mecanismo de las reencarnaciones demuestra que la lucha es el clima de la vida y nadie crece sin enfrentarla.

La resignación no significa aceptar el fracaso, el desaire de manera pasiva, sino comprenderlos, invirtiendo valores para superarlos en la próxima oportunidad. La realización, no conseguida en este momento, será realizada luego, desde que no se demore en la aceptación mórbida de la ocurrencia infeliz. Estimulando los potenciales internos del ser, conduce a las posibilidades que pueden ser aplicadas con valor, programando y reprogramando actividades que le proporcionen la felicidad, que es la meta de la existencia terrena. Su propuesta de salvación no se limita a la vida después de la vida, sino a la liberación de los conflictos actuales, dejando de lado el carácter redentorista de muchas doctrinas del pasado, para despertar en el joven y en todas las personas, el interés por la autosuperación de los atavismos y de las pasiones que los mantienen encarcelados en los desajustes de la emoción.

La religión espirita dinamiza el interés humano por su autoperfeccionamiento, trabajando su mundo íntimo, para que, consciente de si, se eleve a los grados superiores de la existencia, sin abandonar el mundo en el cual se encuentra en proceso de renovación. Las grandes cuestiones que aturden al pensamiento son examinadas de manera simple, a través de su filosofía optimista, impulsando al adepto para adelante, sin nostalgias del pasado, sin tormentos por el futuro.

Adentrándose por los postulados de la religión espirita, el adolescente dispone de un arsenal valioso de informaciones para una creencia racional, que enfrenta el materialismo en su estructura, usando los mismos argumentos que la ciencia puede ofrecer, ciencia que, a su vez, es, también, la Doctrina Espirita.

Espíritu Joanna de Angelis
Médium Divaldo Franco
Adolescencia y Vida
Traducido por R Bertolinni

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