La música celeste

Cierto día en una de las reuniones de la familia, el padre había leído un pasaje de El Libro de los Espíritus concerniente a la música celeste. Una de sus hijas, excelente música, se decía a sí misma: ¡Pero si no hay música en el mundo invisible! Esto le parecía imposible, y sin embargo no dio a conocer su pensamiento. Durante la velada escribió ella misma espontáneamente la siguiente comunicación:

«Esta mañana, hija mía, tu padre te leía un pasaje de El Libro de los Espíritus; se trataba de música. Has sabido que la del cielo es mucho más bella que la de la tierra, y los Espíritus la encuentran muy superior a la vuestra. Todo eso es la verdad; sin embargo, tú te decías aparte y a ti misma: ¿Cómo podría Bellini venir, darme consejos y oír mi música. Probablemente es algún Espíritu ligero y bromista? (Alusión a los consejos que el Espíritu de Bellini le daba a veces sobre música). Te engañas, hija mía; cuando los Espíritus toman a un encarnado bajo su protección, su objeto es hacerle adelantar.

«Así pues, Bellini no encuentra ya su música bella, porque puede compararla con la del espacio, pero ve tu aplicación y amor por el arte; si te da consejos, es por satisfacción sincera; desea que tu profesor sea recompensado de todo su trabajo; aunque encuentra su ejecución bastante infantil ante las sublimes armonías del mundo invisible, sabe apreciar su talento, que puede llamarse grande en ese mundo. Créelo, hija mía, los sonidos de vuestros instrumentos, vuestras más bellas voces, no podrían daros la más débil idea de la música celeste y de su suave armonía».

Algunos instantes después, dijo la joven: «Papa, papa, me duermo, me siento desfallecer». Inmediatamente se dejó caer sobre una butaca, exclamando: «¡Oh! papá, papá, ¡que música tan deliciosa!… Despiérname, porque me marcho». Los asistentes, amedrentados, no sabían cómo despertarla, pero ella dijo: «Agua, agua». En efecto, algunas gotas arrojadas sobre la cara, produjeron un pronto resultado; aunque perturbada al principio, volvió en si lentamente, sin tener el menor recuerdo de lo que había sucedido. La misma noche, estando el padre solo, obtuvo la siguiente explicación del espíritu de San Luis: «Cuando leías a tu hija el pasaje de El Libro de los Espíritus que trata de la música celeste, ella dudaba; no comprendía que pudiese existir la música en el mundo espiritual, y he aquí por qué esta noche le he dicho que era cierto; no habiéndola podido persuadir, Dios permitió, para convencerla, que le fuese enviado un sueño sonambúlico. Entonces, emancipándose su Espíritu del cuerpo dormido, se lanzó al espacio, y admitido que fue en las regiones etéreas, su éxtasis fue producido por la impresión que le causó la armonía celeste; así ha exclamado: «¡qué música!, ¡que música!», pero sintiéndose por momentos arrastrada hacia las regiones elevadas del mundo espiritual, por lo cual ha pedido que se la despertara, indicándote como, esto es, con agua. «Todo se hace por la voluntad de Dios. El Espíritu de tu hija no dudará más; aun cuando al despertar no haya conservado claramente en la memoria cuanto le ha sucedido, su Espíritu sabe a qué atenerse. «Dad gracias a Dios por los favores de que colma a esa niña; dadle gracias también por dignarse más y más haceros conocer su omnipotencia y su bondad. ¡Que se derramen sus bendiciones sobre vos y sobre ese médium feliz entre mil!»

Observación: Se preguntará, tal vez, que convicción puede resultar para esa joven de lo que ha oído, puesto que no se acuerda. Si despierta, se han borrado de su memoria los detalles, el Espíritu se acuerda; le queda una intuición que modifica sus pensamientos; en vez de hacer la oposición, aceptar sin dificultad las explicaciones que le darán, porque las comprenderá y encontrará intuitivamente conformes con su sentimiento íntimo. Lo que ha pasado aquí, en un hecho aislado, en el espacio de algunos minutos, durante la corta excursión que ha hecho el Espíritu de la joven por el mundo espiritual, es análogo a lo que ha lugar de una existencia a otra; cuando el Espíritu que se encarna pose conocimientos sobre un asunto cualquiera, hace suyas, sin trabajo, todas las ideas que se relacionan con el particular, aun cuando no se acuerde, como hombre, del modo como las ha adquirido. Por el contrario, las ideas, para el que aún no está dispuesto, entran con dificultad en su cerebro. Así es como se explica la facilidad con que ciertas personas se asimilan las ideas espiritistas. Estas ideas no hacen más que despertar en ellas las mismas que ya poseen; son espiritistas al nacer, del mismo modo que otros son poetas, músicos o matemáticos. A la primera palabra comprenden y no necesitan, para convencerse, pruebas materiales. Incontestablemente es un signo de adelanto moral y desarrollo espiritual.

En la comunicación anteriormente citada, se dice: «Dad gracias a Dios por los favores de que colma a esa niña; que se derramen sus bendiciones sobre ese médium feliz entre mil». Estas palabras parecen indicar un favor, una preferencia, un privilegio, siendo así que el Espiritismo nos enseña que Dios, siendo soberanamente justo, ninguna de sus criaturas es privilegiada, y que no hace más fácil el camino a unos que a otros. Sin duda alguna, el mismo camino queda abierto para todos, empero no lo recorren todos con la misma rapidez, ni alcanzan el mismo fruto; todos no se aprovecharán igualmente de las instrucciones que reciben. El Espíritu de esa niña, aunque joven como encarnada, ha vivido mucho y ha progresado ciertamente. Los buenos Espíritus, encontrándola dócil a sus enseñanzas, se placen en instruirla como lo hace el profesor con el discípulo en quien encuentra buenas disposiciones; en este concepto es médium dichoso entre otros muchos, que, por su adelanto moral, no sacan ningún fruto de su mediúmnidad. No hay, pues, en el caso presente, ni favor ni privilegio, hay recompensa; si el Espíritu cesara de ser digno, muy pronto sería abandonado por sus buenos guías, por haber corrido a su alrededor un tropel de malos Espíritus.

Allan Kardec
Extraído del libro; «Obras Póstumas»

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