El perdón en el proceso de evolución del adolescente

En la transición de la adolescencia, el joven saludable es muy susceptible de cambios de comportamientos y de actitudes mentales. Raramente los resentimientos se le hacen profundos, produciendo surcos perturbadores que se transforman en conflictos para el futuro, porque todo parece acontecer con rapidez, cediendo, un hecho, lugar a otro más reciente, de esa forma, no fijándose mucho las impresiones negativas, excepto aquellas que se repiten o que le causan choque, estupor o castración psicológica. De ese modo, las ocurrencias desagradables pueden ser superadas con relativa facilidad, desde que haya substitutos para las mismas, disminuyendo las impresiones de descontento y malestar.

Formando la personalidad y definiéndose en la elección de lo que le agrada aceptar o rechazar, el perdón asume un papel de importancia en su día a día, abriéndole posibilidades para los relacionamientos felices. Hay, naturalmente, excepciones, cuando se trata de personalidades psicópatas, temperamentos inestables y vengativos, que acumulan el residuo del resentimiento en vez de reunir las experiencias positivas y sustituir aquellos otros que son de naturaleza desagradable.

El perdón a los errores ajenos representa comienzo de madurez en el joven, que se revela tolerante, comprensivo, dando a los otros el derecho de equivocarse y abriendo espacio para el auto-perdón.

Mediante esa conducta se renueva, no permaneciendo en actitud depresiva después de la constatación del error, antes disponiéndose a seguir en frente, superando la situación infeliz y recuperándose a la primera oportunidad. Con esa actitud, la vida adquiere un sabor agradable y las ocurrencias pasan a merecer la consideración productiva, aquella que suma recursos que pueden ser aplicados en favor del bien común. Es una forma de superar los resentimientos y complejos de inferioridad, porque el adolescente se da cuenta de cuanto es importante su presencia en el mundo, por su significado existencial, por lo que puede realizar y por el propio sentido de su vida. Cuando perdona, se despoja de ondas perturbadoras que amenazan su casa mental, ampliando la capacidad de amor sin exigencias, porque percibe que todas las personas se equivocan y son acreedoras de entendimiento, como él mismo lo es.

Eso le proporciona una empatía favorable a la existencia terrestre, que pierde las marcas agresivas que le parecían amenazar, constatando la fragilidad humana, que le cumple entender y ayudar a fortificarse. Es ciertamente una lección preciosa para su desarrollo afectivo, emocional y social. Desde que todas las personas son dependientes unas de las otras y cometen los mismos errores con variación de escala y de agresividad, comprende el desafío que es vivir con equilibrio, intercambiando fraternidad, que constituye soporte de vitalidad.

Nadie que viaje por el rumbo de la existencia terrestre sin el apoyo de las amistades, sin el intercambio fraternal, que no caiga en una terrible alienación. De esa forma, el perdón, como fenómeno natural entre los individuos, fascina al joven que despierta para la existencia adulta, descubriendo que la vida es enriquecedora y que errar es experiencia perfectamente natural, levantarse del error es un compromiso que no puede ser aplazado bajo pretexto alguno. Sin embargo, para que la persona reconsidere la actitud y se levante del desliz, es indispensable que le sea ofrecida la oportunidad, que se le extienda la mano amiga sin recriminación o cualquier otra exigencia. Solamente así la vida se torna digna de ser vivida con elevación. El aprendizaje del perdón puede ser comparada con la metodología de la enseñanza, aplicada en lo cotidiano.

La persona que se dispone a aprender cualquier cosa es llevada a errar, en el comienzo, repetir la tentativa hasta que las experiencias se fijen en el inconsciente y pasen espontáneamente a la consciencia, de donde se irradian para los hábitos. Así, también, las conquistas morales, que son resultados de intentos ahora con éxitos, ahora con fracasos. El error de un momento enseña como no se debe proceder más, de esa manera adquiriéndose el automatismo para obrar con corrección. Esa tarea educadora es reflejo del perdón que se da y de lo que se recibe. Nadie, en el mundo, que no necesite de ofrecerlo, tanto como de recibirlo. Concederlo, pues, es siempre mejor, porque expresa enriquecimiento interior y disposición de ayudar-creciendo, mientras que conseguirlo traduce equivoco que podría ser evitado. El aprendizaje, sin embargo, en cualquier circunstancia, ofrece una valiosa contribución para una existencia tranquila.

Todas las criaturas necesitan pensar profundamente en el perdón. Cuando alguien es ofendido, su agresor cae en un nivel vibratorio y la víctima prosigue en el patrón en que se encuentra. Si reacciona, devolviendo el insulto, a la agresión, igualmente, desciende a la condición de inferioridad; si permanece en tranquilidad, se mantendrá en el mismo nivel. Entretanto, cuando perdona, asciende y se localiza emocional y psíquicamente en situación mejor que su opositor. No fue por otra razón que Jesús, como Psicoterapeuta poco común, proclamó la necesidad del perdón como condición de plenitud para el ser.

El adolescente, sin comprometerse con resentimientos anteriores, abierto a las nuevas lecciones de la vida, siempre encontrará, en el acto de perdonar, una forma de realizarse, rellenando los vacíos del sentimiento y superando las constricciones de una familia-problema, un hogar difícil, circunstancias perturbadoras que pasan a dar significado diferente a su existencia, liberándose de las reminiscencias amargas y de los traumas que, por acaso, insisten por permanecer en su ser. Esa actitud de perdonar es resultado también de ejercicios. Al analizar la situación del agresor, comprendiendo que él se encuentra infeliz y exterioriza esa situación mediante la agresividad, torna más fácil la actitud de la disculpa, que se impulsa en olvidar la ofensa, perdonar sinceramente.
Se inicia en las pequeñas coyunturas desagradables que van siendo sobrepasadas sin vínculos de amargura, en la necesidad personal también de ser comprendido, y por tanto, perdonado, creando un clima de legítima fraternidad que permite al otro ser aceptado conforme se presenta, entendiendo sus dificultades de madurez y de actitud, de esa forma ayudándolo sin imponerle contratiempos por el camino.

El verdadero y compensador periodo de la adolescencia es aquel que guarda mejores recuerdos, responsables por la estructuración del carácter y de la personalidad, debiendo ser la fase en la cual ocurren las expresiones de madurez psicológica, superando al niño caprichoso que no sabe disculpar y abriendo campo para el desarrollo del individuo compasivo y fraterno, que está dispuesto a contribuir con valioso tesoro para la dignificación humana.

Cuando se ama, por tanto, el perdón es un fenómeno natural, que se exterioriza como consecuencia de la actitud abierta de aceptar al prójimo en la condición en que se presenta, pero, exigirse ser mejor cada día, y más noble en cada oportunidad que surge.

Espíritu Joanna de Angelis
Médium Divaldo Franco
Adolescencia y Vida
Traducido por R Bertolinni

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