La voz del Espiritismo

Hay un período en la vida
que se llama edad madura,
sinónimo de amargura,
edad de intenso dolor;
otoño de la existencia
que entre llantos y congojas,
se pierden cual secas hojas,
nuestros ensueños de amor.

La realidad de la vida
nos presenta su esqueleto,
mostrándonos el secreto
del desengaño fatal;
y al comprender el arcano
qué guarda el mundo en su seno,
nos asfixia el negro cieno
de su impuro lodazal.

Yo he llegado a ese momento
que el corazón hace trizas,
que se reduce a cenizas
el fantasma del edén.
Yo voy cruzando la tierra
como errante peregrino
sin hallar en mi camino
donde reclinar mi sien…

Cuando en la tierra perdemos
a nuestros padres y amigos
indiferentes testigos
contemplan nuestro dolor;
que un alma sufra en su anhelo
un pesar grande y profundo,
eso ¿qué le importa al mundo?.
Nadie escucha su clamor.

Esa es la ley de la vida
basada en la indiferencia,
la Ingratitud es la esencia
que siempre aspira el mortal;
esto es triste, pero es cierto,
esta es la verdad desnuda,
no queda ninguna duda
que el mundo impera el mal.

El dolor es el legado
que a la gran familia humana
le dejo la soberana
voluntad del Hacedor.
Tome la parte de herencia
que a mi me correspondía,
y lenta melancolía
dejo mi faz sin color.

Todo me fue indiferente;
viví sin goces ni enojos,
todo murió ante mis ojos,
todo murió hasta la fe;
y en mi sueño aletargada
iba pasando la vida,
hasta la hora bendecida
en que una vez escuche.

¡Una voz pura y bendita!,
de indefinible consuelo,
eco que tomó en el cielo
dulcísima vibración;
¡sonido tan penetrante
de tan mágica armonía,
de tan tierna melodía
que da vida al corazón…!

Voz que nos cuenta la historia
de esa grandiosa epopeya,
que dejó tan honda huella
que jamás se borrará.
Voz que nos dice
“El Eterno da horas
de paz y contento
al que del pobre el acento
no lo desoye jamás”.

Bendita por siempre
sea la voz que consumo augura,
blanca fuente de agua pura
que dice al triste;
“Bebed, yo soy palmera gigante
que presta su sombra al mundo,
soy el manantial fecundo
que calma su ardiente sed.

Soy montaña de granito
que nunca el tiempo derrumba,
bóveda donde retumba
el lamento universal;
soy atleta que a los siglos
vence en titánica lucha;
soy la fe que siempre escucha
la plegaria del mortal.”

Esto nos dice su acento,
esto pronuncian sus labios,
y se olvidan los agravios
murmurando una oración.
Hoy tengo fe y mi plegaria
elevo al Omnipotente,
pidiéndole ardientemente
tenga de mí compasión.

Amalia Domingo Soler
Extraído del libro “Ramos de violetas”

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