El reconocimiento del amar al prójimo en la adolescencia

El despertar del sentimiento del amor en la adolescencia es siempre enriquecedor.

Una poesía nueva toma cuenta de la existencia y todas las cosas se tornan coloridas, ofreciendo impresiones antes no percibidas, que se transforman en fuente de inspiración para las definiciones de actitudes, y proseguimiento de aquellas que ya se incorporaron a su perfil humano y a su identidad con relación a la vida.

La aceptación por el grupo social, lo imita, para permanecer desarrollando sus tendencias, que son elegidas conforme la capacidad misma de amar al prójimo y sentir cuanto podrá contribuir en favor de mejores días, y más dignas realizaciones que estén a su alcance. En ese momento, hay el descubrimiento de la necesidad del inter-relacionamiento personal, escogiendo mejor los individuos con los cuales debe convivir y crecer, permitiéndose envolver por aquellos que provocan mayor empatía y se le tornan ejemplo por la riqueza de valores morales y culturales de que se hacen portadores.

El sexo experimenta más saludable orientación, dejando de ser dirigido por los impulsos del instinto, para ser imitado por el sentimiento de la afectividad. El prójimo ya no se le presenta como extraño, el ser distante, sino la persona más cerca de él sea por el sentimiento de fraternidad, sea por el compañerismo, volviéndose miembro de su clan, cuya presencia y afectividad lo compensan emocionalmente. Bajo la motivación del amor, sus planes con relación al futuro ganan significado, y el tejido social no se le muestra más rasgado conforme ocurría antes. Al final, la vida tiene como finalidad principal contribuir en favor de la sociedad modificada para mejor, cuando las criaturas adquieren motivaciones para continuar en el desempeño de sus actividades, liberándose de los conflictos externos y de las presiones que generan desequilibrios, llevando a las masas de confusión al desespero.

Las experiencias desarrolladas en la infancia, al respecto de la cooperación, resulta de los juegos que ampliaron la capacidad de intercambiar juguetes y alimentos, se transforman en sentimientos de amor, que crecen en altruismo y solidaridad. Ese compartir, ese expresar solidaridad, exige la contribución valiosa e inestable del sacrificio personal, sin correr el riesgo de la competitividad, del conflicto, ya que proporciona la compensación de descubrirse útil, por tanto, participante del progreso que se torna inestable.

La autoestima se acentúa, en el adolescente, que descubre ser aceptado por su grupo social, particularmente por los valores íntimos de que se hace portador, por la capacidad de cooperar, de eliminar dificultades e impulsar para adelante todos aquellos que se le acercan. Esa valorización del si se exterioriza como forma de autoconocimiento, que expande el amor, favoreciendo la auténtica fraternidad. Naturalmente surgen momentos difíciles, caracterizados por decisiones que no son ideales, pero la experiencia del error demuestra que aquella es la forma menos eficaz para la cosecha de resultados felices, lo que ayuda en la madurez de las realizaciones. Sin recelo de nuevas tentativas, se permite ampliar el círculo de relacionamientos y contribuir de alguna forma en favor de las demás personas. Ese intento socioafectivo comienza en el hogar, donde el adolescente redescubre la familia, se vuelve a acercar a los padres, entendiendo su lenguaje y los intereses que mantuvieron en ofrecer lo mejor, no siempre por los caminos más correctos.

Aparece un valioso sentimiento de afectividad y de tolerancia para los errores de la educación, eliminando resentimientos y reservas emocionales que eran mantenidas al mismo tiempo transformándose en un motivo de contentamiento general. De la reintegración en el conjunto de la familia se alarga en nuevas motivaciones con los colegas y amigos, en la escuela, en el trabajo, en el club de deportes y área de juegos, porque suyos son sentimientos del amor que llena. Es característica de ese periodo no exigir ser amado, pero compensarse mientras ama, efectuando una autorrealización emocional. Su filosofía de vida lo induce al espíritu de solidaridad más amplia, cabiendo la donación de cosas y hasta incluso una cierta forma de auto-donación.

Los grandes ideales de la humanidad encontraron en los jóvenes su campo de desarrollo y de liderazgo, cuando inspirados por hombres y mujeres de pensamiento y de acción, pero que no podían conducir las propuestas como se eran necesarias. En los jóvenes, esos ideales florecieron y dieron frutos sazonados que pasaron para la posteridad como fenómenos transformadores y relevantes, que abrieron las puertas para el progreso y para el surgimiento de nuevas conductas.

Más recientemente, la revolución hyppie, como reacción a las calamitosas guerras y a la hipocresía victoriana, proporcionaron a la sociedad una visión más correcta de la realidad, de las necesidades juveniles, de sus derechos, de sus inmensas posibilidades de realización y de crecimiento. Es cierto que hubo excesos, algunos de los cuales aún no fueron corregidos. Pero es natural que eso ocurra, ya que toda gran transformación social genera conflictos y daños en los momentos de los cambios, por causa del exagero de los despreocupados y precipitados. El tiempo sin embargo se encarga de proporcionar soluciones compatibles, que ofrecen nuevos desafíos y nuevas conquistas.

La conquista del amor, por el adolescente, en él desarrolla el comportamiento altruista, en el cual se destacan la empatía, el sentimiento de compartir la preocupación y el problema de su prójimo, sin que eso proporcione conflicto. Al mismo tiempo, desde el periodo infantil, el surgimiento del autocontrol se torna indispensable para el éxito del amor, a fin de que los excesos en la solidaridad no se tornen comprometedores.

Es necesario saber preservarse, de forma que pueda continuar con los valores aceptados sin el desgaste de las decepciones y choques que ocurren en el inter-relacionamiento personal, particularmente en el área de la afectividad.

La autoestima sabe seleccionar lo que hacer, como hacer y cuando realizarlo, de forma que el adolescente pueda continuar con el entusiasmo que experimenta, cuando ama, sin la exageración de la pasión sin orientación, o la frialdad de la indiferencia que resultaría la muerte del amor.

La auto-concientización que se va desarrollando desde la infancia, en esos momentos, se torna más importante, proponiendo la valorización de los atributos morales, espirituales y culturales que deben ser preservados, mientras los otros que transitan pasan a recibir la consideración normal, sin el apego que esclaviza ni el desprecio que desorienta. Es evidente que ese proceso continuará por toda la vida, ya que las etapas de la consciencia se extienden paulatinamente en sentido ascensional y de profundidad, que el milagro del amor y del conocimiento consigue estimular para proseguir.

El gran desafío del amor en la vida, cuando solucionado, proporciona al adolescente la paz de que se deja penetrar, bien como la autorrealización que pasa a ser parte de su programa de crecimiento y de felicidad.

Espíritu Joanna de Angelis
Médium Divaldo Franco
Adolescencia y Vida
Traducido por R Bertolinni

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