Como deben conducirse las esposas

Buenas tardes: Dios nos bendiga a todos, hermanas y hermanos. Os doy la bienvenida a todos y muy especialmente a vosotras, porque siempre la presencia femenina adorna el ambiente, anima el espíritu, mueve el sentimiento y afirma la hermandad y la armonía que debe reinar en estas reuniones.

Todo es consecuencia de que en vuestras almas anida la virtud y la tolerancia para las faltas de los demás. Casi siempre sois protagonistas de hechos que dejan rasgos de luminosidad, aunque en ellos actúe alguna presión egoísta que está muy justificada por vuestra sensibilidad de esposas y madres que desean lo mejor para ellos. Hagamos un parangón de estos rasgos que distinguen a la mujer, con una singular planta:

Nace una bella, fragante y vigorosa planta, que es el sentimiento. Al crecer, empieza a ramificarse, que son las irradiaciones que el sentimiento emite por doquier. En el final de las ramificaciones comienza a formarse una flor. Esa flor constituye la esperanza que ese sentimiento ha forjado y en ella han coloreado la virtud, la abnegación y el sacrificio. Y una vez que estas tres virtudes han constituido aquella bella coloración, comienza a exhalar finos olores que embalsaman el ambiente. Esa flor olorosa que tiene por origen el sentimiento, es igual que el corazón humilde y sencillo de una mujer. Cuando el sol besa esas hojas coloreadas por el sentimiento y las virtudes, es semejante al impacto que experimenta el corazón virgen de la mujer, cuando choca con la primera mirada del hombre y, al igual que la flor esparce sus finos olores a su alrededor, el corazón de la mujer, con su ternura y puros sentimientos, dulcifica la vida y hace agradable cuanto le rodea. La flor se deshoja, quedando sólo el cáliz consumido de aquella bella flor.

La mujer empieza a sufrir los contratiempos y embates de la vida. En su corazón sintió la primera punzada del desengaño y del dolor; también su sentimiento se ha marchitado, quedando huellas profundas que jamás se borrarán. Por eso, hermanas mías, amar siempre dejando a un lado el egoísmo. Miraos con los ojos del alma. Superar las asperezas e incongruencias que constantemente hay en la vida. Mirar a vuestros esposos sin interés carnal para que el amor sea puro y eterno, estableciéndose una corriente pura de sentimientos y afectos, como Dios tiene establecido en Sus benditas Leyes. Que sirvan estas mis humildes palabras para saludaros, hermanas mías.

Para vosotros, hermanos, tengo que deciros que vayáis templando vuestros corazones porque se acercan los tiempos anunciados y tendréis que actuar muy documentada e intensamente. Sabéis que conmociones climatológicas hubo en todos los tiempos en que fue preciso un reajuste espiritual, pero ahora es el tiempo anunciado desde hace siglos por los profetas. Los hombres, en su desmedido egoísmo por dominar y explotar a otros hombres, han desencadenado esta horrible guerra cuyos destrozos son incalculables en todos los órdenes (2º Guerra Mundial).

Se esperan días en que todo vaya encauzándose por caminos normales. Habrá armisticios y entonces, cuando esa nueva situación, con nuevas normas por las que deba regirse la humanidad sean establecidas, será el momento vuestro para propagar la Verdad, esa verdad de amor, entendimiento y sacrificio que debe imperar en los ánimos de todos para no caer nuevamente en los errores que a tan alto precio han tenido que pagar. Entretanto, seguir estudiando y preparándoos para ser las antorchas que guíen a la humanidad por el camino recto que lleva hasta Dios. Pero tener muy presente, hermanos míos, que si la misión es hermosa, no deja de estar llena de muchos peligros y sinsabores.

Ya sabéis que la luz se consigue pasando antes por las tinieblas y que las tinieblas, en el orden espiritual, son los desvíos, los sufrimientos y los dolores. Marchar siempre adelante con la frente alta porque en ella lleváis escrito con caracteres indelebles que sois justos y vuestro amor es universal, pues deseáis el bien para todos vuestros hermanos. Y nada más. Otro día trataremos otros temas muy precisos para todos vosotros. Quedaros con Dios. Vuestro guía Demeure.

Extraído del libro «Desde la otra Vida»

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