Resurrección de la carne

1010 – El dogma de la resurrección de la carne, ¿es la consagración de la reencarnación enseñada por los Espíritus?

– ¿Cómo queréis que sea de otro modo? Estas palabras como tantas otras, sólo parecen insensatas a los ojos de ciertas personas, porque las toman al pie de la letra. Por eso, conducen a la incredulidad. Pero dadles una interpretación lógica, y aquellos a quienes llaman libre pensadores las admitirán sin dificultad, por lo mismo que reflexionan; porque no lo dudéis, esos libres pensadores no desean otra cosa que creer. Tienen como los otros, tal vez más que los otros, sed de futuro, pero no pueden admitir lo que es rechazado por la ciencia. La doctrina de la pluralidad de existencias es conforme a la justicia de Dios. Sólo ella puede explicar lo que es inexplicable sin ella. ¿Cómo queréis, pues, que este principio no estuviese consignado en la misma religión?

– ¿Así, pues, la Iglesia misma con el dogma de la resurrección de la carne, enseña la doctrina de la reencarnación?

– Eso es evidente. Por otra parte, esa doctrina es consecuencia de muchas cosas que han pasado desapercibidas y que no se tardará en comprenderlas en ese sentido. Pronto se reconocerá que el Espiritismo resalta a cada paso del texto mismo de las Escrituras sagradas. Los Espíritus no vienen, pues, a destruir la religión, como pretenden algunos; vienen, por el contrario, a confirmarla, a sancionarla con irrecusables pruebas. Mas, como ha llegado el tiempo de no usar ya el lenguaje figurado, se expresan sin alegorías y dan a las cosas un sentido claro y preciso, que no puede ser objeto de ninguna falsa interpretación. He aquí porque, dentro de algún tiempo, tendréis más personas sinceramente religiosas y creyentes que las que tenéis hoy.

San Luis

En efecto, la Ciencia demuestra la imposibilidad de la resurrección según la idea vulgar. Si los restos del cuerpo humano permaneciesen homogéneos, aunque fuesen dispersados y reducidos a polvo, aun se concebiría su reunión en un tiempo dado; pero no pasan así las cosas. El cuerpo está formado de elementos diversos: oxígeno, hidrógeno, nitrógeno, carbono, etc. Por medio de la descomposición, estos elementos se dispersan para servir en la formación de nuevos cuerpos, de modo que la misma molécula, de carbono por ejemplo, entrará en la composición de varios millares de cuerpos diferentes (hablamos tan sólo de los cuerpos humanos sin contar los de los animales); que tal individuo tal vez tenga en su cuerpo moléculas que pertenecieron a los hombres de las primeras edades; que las mismas moléculas orgánicas que absorbéis en los alimentos, provienen quizá del cuerpo de algún individuo a quien habéis conocido, y así sucesivamente. Siendo definida la cantidad de la materia, e indefinidas sus transformaciones, ¿cómo cada uno de esos cuerpos podrán reconstituirse con los mismos elementos? Esto envuelve una imposibilidad material. No puede, pues, admitirse racionalmente la resurrección de la carne más que como una figura que simbolice el fenómeno de la reencarnación, y en ese caso no hay nada en ella que repugne a la razón, nada que esté en contradicción con los datos de la Ciencia. Verdad es que según el dogma, la resurrección no ha de verificarse hasta el fin de los tiempos, mientras que según la Doctrina Espírita tiene lugar cada día; pero este cuadro del juicio final, ¿no es también una grande y bella figura que oculta, bajo el velo de la alegoría, una de esas verdades inmutables, para las que no existirán escépticos cuando sea explicada en su verdadero sentido? Medítese bien la teoría espírita sobre el porvenir de las almas y su suerte después de las diferentes pruebas que deben soportar y se verá que, exceptuando la simultaneidad, el juicio que las condena o absuelve no es una ficción como piensan los incrédulos. Observemos también que es la consecuencia natural de la pluralidad de mundos, hoy perfectamente admitida, mientras que según la doctrina del juicio final, se considera a la Tierra el único mundo habitado.

Allan Kardec
Extraído del libro «El libro de los Espíritus»

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