Agujeros en el paraguas

No hay necesidad de largas disertaciones en torno a la pregunta número 469. Tenemos la definición de lo que es la practica del bien en las enseñanzas de Jesús.

Bellos como la Poesía.
Profundos como la Verdad.
Sublimes como la Vida.

Se sintetizan admirablemente en el capítulo séptimo, versículo doce, de las anotaciones del evangelista Mateo: “Todo lo que queráis que los hombres os hagan, hacedlo así también a ellos.”

No hay en que equivocarse, ninguna posibilidad de engaño. Para ejercitar el bien basta que nos coloquemos en el lugar de aquellos que están delante de nosotros, sea el familiar, el amigo, el colega de trabajo, el enfermo, el afligido, el desajustado, el infeliz, el desesperado, y nos preguntamos con la sinceridad de los que son honestos consigo mismos:

– ¿Qué me gustaría que hiciesen por mí en tal situación?

En cuanto a la confianza en Dios, no será difícil ejercitarla si guardamos la certeza de que Él es Nuestro Padre, como enseña Jesús.

Imaginemos el más sabio, justo, diligente y cariñoso de todos los padres de la Tierra y tendremos solo una pálida idea del Padre Celeste que nos conduce, según el salmo (Salmo XXIII), “por senderos de justicia por amor de su nombre.” Y destaca que incluso que anduviéramos por un valle de sombras de la muerte no habría motivos para temores, porque Él está con nosotros.

Hay expresiones muy fuertes sobre la inmanencia de Dios, que deben señalizar nuestro tránsito por los caminos del Mundo, para que nunca nos falte buen ánimo.

Proclama el apóstol Pablo (Hechos, 17;28): “En Dios vivimos y nos movemos.” Esa convicción lo sustentaba en el arduo trabajo de esparcir de los principios cristianos. Y no tenia persecuciones, apodos, mofas, agresiones, amenazas de muerte, porque, conforme afirma en la Epístola a los Romanos (8;31): “¿Si Dios está con nosotros, quien estará contra nosotros?

El cuidado que nos compete en relación con la pregunta numero 469 es saber si no hay agujeros en nuestro paraguas, generados por nuestra inadecuación a los principios que lo componen. De nada nos valdrá la creencia de que el Bien es invencible si permanecemos en la inercia que nos sujeta a las incursiones del mal. Poco valdrá proclamar nuestra confianza en Dios si no hacemos por merecer que Él confíe en nosotros.

La unión verbal de los principios del Cristo será inútil si nuestro comportamiento revela lo contrario. Por eso, antes de pensar en nuestra emancipación espiritual, antes que nos liberemos de las influencias malignas, es necesario que aprendamos a combatir los grandes obsesores de nuestra personalidad, “demonios”, que según la Doctrina Espirita residen dentro de nosotros. Se llaman orgullo, vanidad, egoísmo, pereza, prepotencia, avaricia, agresividad. Son ellos que anestesian nuestra consciencia, situándonos en clima de indiferencia por los valores más nobles. Son ellos que anulan nuestra capacidad de percepción en cuanto a los objetivos de la Vida. Son ellos que abren las puertas de nuestra mente a las incursiones siniestras de las sombras con sus promociones “infernales”:

La angustia de la obsesión simple.

Las ilusiones peligrosas de la fascinación.

Las compulsiones lamentables de la subyugación.

Todo mal que nos aflige, por tanto, se infiltra por el mal que crece en nosotros cuando nos distraemos de los objetivos de la jornada humana, y permitimos que los “demonios” interiores transformen en una criba nuestro paraguas protector.

Richard Simonetti
Del libro “¿Quién tiene miedo de la obsesión?
Traducido por R Bertolinni.

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