Vida y Valores (Día de los muertos)

¿Usted ya paró para pensar en el sentimiento que mueve las personas delante de la muerte de un ser querido? Es que la muerte aun en el occidente es una gran hidra. Las personas tienen miedo terrible a la muerte y a morir. Muy poca gente se da cuenta de que la muerte es el reverso de la medalla de la vida. Para que tengamos vida, hay necesidades de que haya muerte. En el planeta material en que nos encontramos, todas las veces que nosotros hablamos del fenómeno de la vida, solo lo hablamos porque ese fenómeno está junto al de la muerte. Para que una cosa viva, otra cosa tendrá que morir. Para que la planta viva, la simiente muere. Para que el pan aparezca, tenemos que triturar el grano. De esa manera, para que nosotros, seres humanos, vivamos tenemos que matar tantas plantas para alimentamos, algunos animales que alimentan nuestra mesa. Tenemos que digerir, que deglutir una cantidad enorme de partículas de vida que están por el espacio, por el aire que respiramos. Tenemos que gastar una cantidad muy gran de oxígeno para poder sobrevivir.

La muerte significa muy poco en el conjunto de la vida. Al final de cuentas, cuando pensamos en ese fenómeno de la muerte y aprendemos que la muerte es consecuencia del desgaste de los órganos, entendemos que comenzamos a morir cuando nacemos, cuando somos dados a la luz y tenemos que respirar con nuestros propios pulmones. Ahí comienza el fenómeno de la quema, del desgaste del órgano, de la muerte. Cuando nosotros pensamos en eso, tenemos que ver que la muerte es un fenómeno hipernatural. Todo lo que nace muere, todo lo que es materia en el mundo se transforma, y una de las formas de transformación nosotros lo llámanos muerte. Uno de los modos por los cuales las cosas se transforman es la muerte. Muera la montaña de mena, para que surja la montaña de barro por ejemplo. Muere la ostra para que nazca la perla. Y de esa forma, nosotros observamos siempre esa dualidad, vida y muerte, ese claro-oscuro de la vida y de la muerte que nos acompaña. Valdría la pena pensar, en ese día en que nuestras sociedades occidentales homenajean sus muertos. Llamamos del Día de los Muertos, Día de los difuntos, no importa, lo que importa es que dedicamos un día para prestar homenaje a nuestros antepasados, a nuestros amigos, a nuestros afectos, a amores nuestros que caminaron al Más Allá, que ya cruzaron esa aduana de cenizas de la inmortalidad.

En el Día de los Difuntos encontramos tanta gente verdaderamente movilizada por sentimientos de fraternidad, de ternura, de amor, que van a los cementerios, a los Campos Santos, en busca de homenajear a sus entes queridos. Merece todo el respeto esa iniciativa. No obstante percibimos en cuanto vamos quedando esclavizados de esa situación, imaginando, asumiendo, por las enseñanzas que hicimos de nuestras religiones, o por las cosas que oímos hablar aquí y allí, que nuestros muertos están allá. Llegamos a oír a las personas decir: Yo voy a visitar la tumba de mi padre. Yo voy a visitar la sepultura de mi madre. Como si allí estuviese su padre, como si allí su madre estuviese. Leemos inscripciones en las tumbas de tipo, aquí yace Fulano de tal, pero no es verdad. El Fulano de tal que nosotros queremos homenajear no yace allí en la sepultura. Allí están sus despojo, allí están sus restos mortales. Es como si nosotros sacásemos una ropa imprestable y tirásemos esa ropa a la basura. Nos olvidaremos de ella, dejaremos que el tiempo cumpla su papel.

Nadie de nosotros tendría la idea, de todos los días, ir allá a visitar la ropa vieja e imprestable, tirada en el vertedero. Entonces, no obstante, ese respeto con que nosotros, cristianos encaramos esa relación con los muertos, con el morir, por más que estemos con esa meta de homenajear a nuestros seres queridos, será muy importante crearnos el hábito de pensar en ellos vivos. Allí en la cueva, en la sepultura no yacen nuestros entes queridos. Ellos yacen, ellos viven, ellos vibran, en nuestra intimidad, nuestros pensamientos. Ellos se mueven en el Mundo de los Espíritus.

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Al pensar en nuestros muertos, cabe tener esa certeza de que nuestros muertos viven, ellos no están yaciendo en los sepulcros. ¡Qué cosa grotesca será imaginar nuestros seres amados enterrados en la sepultura con sus despojos! Vale la pena pensar en una jaula vacía, donde el pájaro ya se fue. Vale la pena pensar en eso. Nuestros cuerpos físicos, durante un tiempo más o menos largo, nos sirve de morada, nos sirve como una jaula que, al mismo tiempo que nos ayuda a aprender, a crecer, también es un instrumento a través del cual rescatamos aquello que debemos en la fase de la vida, colocamos en orden nuestra conciencia con las Leyes Divinas. Luego, el Día de los Difuntos, el Día de los Muertos debería ser un día sí, de homenaje a nuestros seres queridos, pero de otra manera. Aprendemos a hacer un levantamiento de cómo están nuestras disposiciones en la vida, si estamos viviendo de acuerdo con las enseñanzas de nuestra madre, de nuestro padre, si los estamos homenajeando, glorificando sus nombres, por el tipo de criatura que seamos: dignas, nobles, amigas, fraternas, cooperadores, dedicadas al bien. Al final de cuentas, ¿De qué otra manera mejor podríamos homenajear a nuestros muertos? No siempre llevando flores para adornar los sepulcros donde se hayan sus despojos.

Aquellos recursos de las flores, cuantas veces podrían ser transformados, en nombre de nuestros muertos, en leche para un niño/a pobre, en panes para los necesitados, en remedios para un enfermo que no puede comprar, en cuadernos para que algún niño/a aprenda. Nosotros podemos convertir aquella cantidad enorme de cera que compramos para quemar en nuestros cementerios, que no va a llevar a lugar alguno nuestros muertos, que no precisan de cera quemada, convertir eso en ropa, en alimentos, en amparo, en material escolar, en medicación, en acompañamiento, en homenaje a nuestros muertos. Cuando presentásemos a un niño/a con el kit de material escolar, nosotros podremos decir a ella, en el caso que nos entienda, o a sus padres: Haga una oración por Fulano de tal, que es mi hijo, que es mi padre, que es mi madre, que es mi hermano, o mi amigo. Nosotros tendríamos formas más agradables, más felices, de homenajear a nuestros muertos. Y cantar, brincar, y alegrarnos, como a ellos les gustaban que nosotros hiciésemos. En el más allá, a ellos continúan gustándoles.

Cuantos hijos que se fueron para el Mas Allá y sus madres comienzan a morir aquí en la Tierra. No se tratan más, no se cuidan más, no se respetan más. Si a sus hijos les gustaban de verlas bien vestidas, bien cuidadas, alegres, joviales, en homenaje a ellos, en el Día de los Muertos y en todos los días de la vida, continúen así, bien cuidadas, dispuestas, alegres. Lo que no nos impide la lágrima de la nostalgia y nunca la lágrima de la revuelta. Si nuestros hijos les gusta saber que nosotros estamos envueltos en la actividad social, en alguna actividad del bien como voluntarios, sirviendo en una escuela, sirviendo en un asilo, en un hospital, vamos a continuar haciendo eso en homenaje a ellos, en nombre de ellos que de donde estén nos aplaudan, nos incentiven. Si tenemos nuestros entes queridos desencarnados en situaciones drásticas, por la drogadicción, por el virus de VIH o por el suicidio, más motivos tenemos de rogar a Dios por ellos, de homenajearlos, haciendo todo el bien que nos fuese posible. En honra a ellos. No tengamos tristeza por ellos. No imaginemos que ellos están perdidos para siempre.

Nunca supongamos que Dios los va a castigar por su fragilidad, porque Dios no es un juez que sentencia. Dios es un Padre que ama, y ciertamente, si nosotros estamos haciendo las cosas buenas para homenajear en el Día de los Difuntos, a lo largo de los días del año, nuestros amores que fueron para el Más Allá, por vías naturales o por alguna enfermedad, que es lo que no haremos para homenajear a aquellos que salieron de manera tan triste, tan lastimable de la convivencia con el cuerpo físico. Por eso nuestra oración por ellos deberá partir de nuestro corazón, de lo más íntimo de nuestro ser, pensando en Dios como el Padre común de todos nosotros, pero nos coloca delante de la vida de manera muy trabajosa, volviéndonos personas útiles, a fin de que el Día de los Difuntos transcurra para nosotros como un día más en que homenajeamos a nuestros seres queridos que demandarán en el Más Allá, en vibración, haciendo los votos para que nuestros amores, que ya se transformaron en estrellas, sean felices en esas dimensiones del Invisible, junto a Ese amor inconmensurable de nuestro Padre Celeste.

Raúl Teixeira

Transcrição do Programa Vida e Valores, de número 98, apresentado por Raul Teixeira, sob coordenação da Federação Espírita do Paraná. Programa gravado em agosto de 2007. Exibido pela NET, Canal 20, Curitiba, no dia 18 de maio de 2008. Em 26.05.2008. Traducido por Jacob.

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