Ante la reencarnación

En las tareas de la noche del 27 de mayo de 1954, conforme a las informaciones de nuestros Benefactores Espirituales, y, según dedujimos de las diversas comunicaciones obtenidas de entidades sufridoras, nuestro Grupo se hallaba repleto de compañeros desencarnados, sedientos de reencarnación, muchos de ellos implorando la vuelta a la carne como único recurso de solución a los problemas que les torturaban el alma. Primeramente Emmanuel, nuestro instructor de siempre, se incorporó al médium y nos transmitió la nota que pasamos a transcribir:

Amigos míos, la paz del Señor sea con nosotros. Mientras la Escuela Espiritual en la Tierra prepara las criaturas reencarnadas para el fenómeno de la muerte, en nuestro plano de acción esa misma Escuela prepara las criaturas desencarnadas para el aprendizaje de la existencia en el cuerpo físico. Atento a este programa, nuestro hermano Cornelio tomará hoy el equipo mediúmnico a fin de dirigirse, por algunos momentos, a la gran asamblea de compañeros que se aproximan a nuestro recinto, suspirando por el retorno al templo de lucha en la materia más densa. De ese modo, cedamos la palabra a nuestro amigo y que Jesús nos bendiga.

Emmanuel

Ya después, el hermano Cornelio Mylward, que fue generoso médico en Minas Gerais y que frecuentemente nos asiste con su dedicación fraterna, tomó el campo mediúmnico y, en voz grave y pausada, dirigió a los desencarnados presentes el siguiente llamamiento:

Sí, disputáis nuevos recursos de esclarecimiento y redención en el precioso santuario de la carne… Muchos de vosotros esperáis pronto esa dádiva, a través de peticiones que no nos es lícito examinar. Indudablemente, la mayoría de las veces, nuestro regreso al trabajo en el mundo físico expresa verdadero premio de luz… Para que obtengamos tal concesión, ahora, es indispensable nuestro concurso con la Ley Divina, siguiendo sus reglas que definen el Bien Infinito, en todas sus manifestaciones.

Es preciso modificar nuestros «clichés» mentales para que nuestra vuelta a la escuela terrestre signifique recomposición y renovación. Esa transformación, sin embargo, no será llevada a efecto sólo a fuerza de oraciones, meditaciones y conclusiones alrededor del pasado. Se hace imprescindible la dinámica de la acción. El servicio será siempre el gran renovador de nuestra conciencia, habilitándonos a la experiencia reconstructiva, bajo la inspiración de nuestro Divino Maestro y Señor.

No conquistaremos el ropaje carnal entre los hombres sin la adquisición de simpatía entre ellos. Es necesario generar en el espíritu de aquellos socios del pretérito que se encuentran en el instituto humano, la actitud favorable a la solución de nuestros problemas. Templos religiosos, establecimientos hospitalarios, círculos de asistencia moral, domicilios angustiados, cárceles de sufrimiento, escenarios de tortura expiatoria… ¡he ahí nuestro vasto sector de auxilio fraterno! En esas esferas de regeneración y corrección, compañeros encarnados y desencarnados, enfermos y afligidos, expresan el material de nuestra preparación. A fin de olvidar viejas pruebas, aliviemos las pruebas ajenas.

Para desobstruir el camino de nuestra conciencia culpable, debemos favorecer la liberación de los que soportan fardos más pesados que los nuestros, porque ayudando a nuestros semejantes atraeremos el auxilio de ellos, haciéndonos, a la vez, merecedores de amparo de aquellos Hermanos Mayores que nos extienden próvidos brazos de la Vida Superior. Pacifiquemos el espíritu, ofreciendo manos amigas a los que peregrinan con nosotros, y construiremos la senda de acceso a la preciosa lucha de que carecemos en nuestra propia rehabilitación. Solamente la actividad en socorro al prójimo conseguirá renovar nuestra fuente del pensamiento, trazándonos seguras directrices, pues bajo la mano férrea de nuestros recuerdos constringentes el esfuerzo de la reencarnación se tornará impracticable, una vez que nuestras reminiscencias infelices son factores desequilibrantes de nuestro mundo vibratorio, impidiéndonos la formación del nuevo instrumento fisiológico susceptible de conducirnos a la reorganización del destino.

Expurguemos la mente, borrando recuerdos indeseables y elevando el nivel de nuestras esperanzas, porque en realidad somos arquitectos de nuestra ascensión. Solamente al precio de una voluntad vigorosa y pertinaz, situada en el bien común, es como lograremos conquistar el interés de los Grandes Instructores en pro de la concreción de nuestras aspiraciones más nobles. Regenerando la química de nuestros sentimientos, lo que ciertamente nos costará renunciación y sacrificio, alcanzaremos más clara visión para reencontrar los lazos de nuestro pasado, y, entonces, según los dispositivos hereditarios que traducen parentesco de inclinaciones y compromisos, seremos requeridos por las criaturas que se afinan con nosotros, en tanto en cuanto ellas, desde ahora, están siendo requeridas por nuestras ansias.

Acerquémonos así a cuantos se armonizan con la experiencia en que permanecemos, y, sumándonos a su existencia, seremos enfrentados por las pruebas convenientes a nuestra naturaleza inferior, comulgando su pan de lucha, indispensable a la recuperación de nuestra felicidad. Pero si nos acercamos a nuestros futuros padres y a nuestros futuros hogares, envueltos en la tempestad de la incomprensión y de la indisciplina, sólo esparciremos alrededor nuestro desarmonía y frustración, ya que en verdad nuestro camino en la vida será siempre la proyección de nosotros mismos.

¡Purifiquémonos por dentro cuanto sea posible, olvidando todo el mal! Lanzar sobre los elementos genésicos la energía viciada de los lamentables engaños que nos habían precipitado a la sombra, será perjudicar el cuerpo que la herencia terrena nos reserva, reduciendo nuestras posibilidades de victoria en el combate de mañana. Por lo tanto, sólo existe para nosotros un remedio eficaz:

-El trabajo digno con que podamos elevar el espíritu al plano superior que en el presente buscamos. Trabajo que nos corrija y nos aproxime a Dios.

Cornélio Mylward
Dictado por Diversos Espíritus
Medium Francisco Cândido Xavier
Extraído del libro “Instrucciones Psicofónicas”

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