La avaricia de cien siglos

Por muy acostumbrados que estemos a ver a hombres cuyas rarezas y excentricidades llaman poderosamente la atención, siempre sorprende ver a un desdichado víctima indudablemente de sí mismo, ya que como dicen muy bien los Espíritus, el papel de verdugo no tiene que hacerlo nadie para castigar las faltas de otro; cada uno es verdugo de sí mismo, pues en la eterna justicia de Dios cada cual recoge la cosecha de su siembra.

Leyendo los periódicos encontré un suelto y al leerlo juré: ¿Qué causa habrá dado este efecto?

«¡La avaricia de cien siglos! …», dijo una voz. El suelto decía así: Un avaro

En la calle de la Paloma, número 22, se encontró días pasados a un casero moribundo con un ataque de hambre. Llevado al hospital, falleció. Ese hombre vivía en la mayor miseria, durmiendo en un camastro con trapos en un rincón de la habitación. Ayer, al presentarse el juez en la habitación donde vivió el avaro, encontró debajo del camastro 31.000 pesetas en valores de banco.

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“Sí, repitió la voz de un Espíritu. La avaricia de cien siglos que ha dado a ese infeliz el tormento que ha sufrido en esta existencia, en la que ha tenido todas las torturas que produce el hambre. Siendo dueño de una mediana fortuna que le ponía a cubierto de todas las necesidades materiales, pues tenía lo suficiente para vivir ni envidiado ni envidioso, no ha tenido más remedio que comenzar el saldo de sus cuentas, para lo cual está muy dispuesto ese pobre Espíritu, pues al fin se ha convencido que las riquezas de la Tierra con toda su corte de grandezas y fastuosidades, no representan en la eterna vida del Espíritu más que la sombra, el aislamiento y la más completa soledad.

El hombre que hoy ha muerto de hambre ha sido durante cien siglos el rey del oro; ha tenido el talento suficiente para emprender siempre negocios lucrativos: las arenas de los desiertos se han convertido en sus manos en polvo aurífero y los guijarros valor alguno en piedras preciosas, en piedras de Oriente incalculable valía. Ha sido el hijo mimado de la fortuna como decís en la Tierra; en todas las empresas que él toma parte la suerte le sonreía; pero nunca se saciaba su sed de riquezas: mientras más oro atesoraba, más oro quería atesorar. Pero el oro en sus manos se convertía en infecunda arena, porque nunca le sirvieron sus tesoros para consolar a un desconsolado.

Jamás vistió a un huérfano, nunca escucho los lamentos de un anciano desvalido ni de una viuda atribulada; él sí, disfrutaba de sus riquezas, vivía con la magnificencia de los soberanos de Oriente, satisfacía sus menores caprichos; pero las sobras de su mesa no las aprovecha ningún pobre; sus perros, hartos, no las consumían; pero servidumbre no podía dar ni un pedazo de pan sobrante ¡Ay del criado que se atreviera a ser compasivo!, enseguida era despedido por su desobediencia. Y así vivió cien siglos hasta que al fin escuchó la voz de su guía que le dijo: ¡Infeliz! … ¿No estás cansado de vivir en las sombras? Tú no has manchado tus manos con la sangre de tus semejantes pero … has dado el peor ejemplo que puede dar un hombre no siendo asesino: has tenido agua abundante en las fuentes de tus propiedades y le has negado el agua a los peregrinos hambrientos; se han podrido los frutos en los árboles de huertos antes que dar a los pequeñuelos que te pedían con sus miradas ansiosas; no has derramado una gota de sangre de tus semejantes, pero para aumentar tus fabulosas riquezas has acaparado los productos alimenticios, por lo que han muerto centenares de niños y de ancianos en inanición, de hambre, y este proceder ¿qué te ha dado?  Oro en la Tierra y sombra en el Espacio, y si has visto algún rayo de luz, ha sido de los incendios que han producido las multitudes alocadas por la desesperación del hambre, y si has oído alguna voz, esa voz ha dicho: ¡Maldito seas, verdugo avariento! ¡Maldito seas! Vuelve en ti, desdichado, vuelve en ti; atesora virtudes y no monedas.  Y el infeliz avaro escuchó la voz de su guía y pidió sufrir la angustia de la pobreza. Por eso en su última existencia no pudo resistir a su antiguo vicio de atesorar, pero su tesoro no le proporcionó placer alguno. Ha sido fuerte para resistir la tentación de los goces terrenales, ha dado un gran paso respetando sus propósitos de enmienda. Cuando vuelva comenzará a ser generoso, dando agua al sediento y pan al hambriento; y cuando veáis esos cuadros de miseria, de sufrimiento, y contempléis un montón de oro oculto entre sucios harapos, no digáis: ¡qué hombre tan imbécil! ¡Cuánto puede la avaricia y la estupidez! No, inclinaos con respeto ante un Espíritu que con un arranque de enérgica voluntad ha dicho: ¡Quiero ver la luz! ¡Quiero regenerarme! ¡Quiero dar el primer paso en la senda del sacrificio! ¡No más egoísmo, no más exclusivismo, no más miseria espiritual! Respetad a esos pobres Espíritus que dan el primer paso para engrandecerse, porque dado el primer paso se sigue avanzando hasta llegar a ser un modelo de abnegación y generosidad. Adiós».

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Mucho me satisface la comunicación que he obtenido, porque es una buena lección para no criticar ni hacer cálculos feos sobre las acciones y el procedimiento de los demás. Cada Ser es un capítulo de la historia de la vida, y cada ser desarrolla sus sentimientos, sus aspiraciones y sus propósitos en la medida de sus conocimientos adquiridos en sus pasadas encarnaciones. No debemos juzgar la conducta de nadie diciendo si nos parece un imbécil o un sabio, porque como desconocemos sus existencias anteriores, no podemos hacer un juicio exacto de su modo de ser.

Yo agradezco muchísimo a los Espíritus las enseñanzas que me dan, pues por ellas iré aprendiendo a no juzgar por las apariencias, las que son el antifaz que se ponen los hombres en el gran baile de máscaras que se celebra durante el carnaval de nuestra vida.

Amalia Domingo Soler
Extraído del libro «Hechos que prueban»

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