Beneficencia y caridad

La beneficencia alivia la prueba.

La caridad extingue el mal.

La beneficencia auxilia.

La caridad soluciona.

Distribuirás a manos llenas algo del oro que se te derrama de la bolsa, entretanto, si en ese algo no pusieres la luz de tu amor, en forma de respeto y cariño, ante las llagas del semejante, no habrás construido en él la comprensión que lo hará reconciliarse consigo mismo.

Ofrecerás de tu inteligencia preciosos recursos a los que se desesperan en la ignorancia, pero, si hurtas a la lección la bendición de la simpatía, no extenderás al compañero que el sufrimiento enceguece la claridad precisa.

No es la dádiva de tu abundancia o el valor de tu cultura lo que importa en el servicio de elevación y perfeccionamiento del paisaje que te rodea. Es el modo con que pasas a expresarlos, cediendo de ti mismo en aquello que el Señor te prestó para distribuir, ya que la actitud es el factor de fijación de ese o de aquel sentimiento en el vasto camino humano.

Vale más el ejemplo vivo de compasión que la frase adornada de exaltación a la virtud pronunciada tan solo con la boca y, aparece con más belleza el gesto de fraternidad que la limosna reconfortante susceptible de ser esparcida por ti simplemente con el esfuerzo mecánico del brazo.

Ocurre eso, porque todos precisamos de renovación interior para el acceso a los tesoros del espíritu y, haciendo el bien, con el impulso de nuestras propias almas, valorizaremos la palabra con la que vayamos a emitirlo, edificando la vida en nosotros y junto a nosotros, con el prójimo y con nosotros, realizando siempre lo mejor.

Espíritu Emmanuel
Médium Francisco Cândido Xavier
Extraído del libro «Dinero»

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