El adolescente en la búsqueda de la identidad y del idealismo

El florecer de la adolescencia, a semejanza de lo que ocurre con el capullo de la rosa que se abre ante la caricia del Sol, desvela su intimidad que se encuentra adormecida, y despierta, suavemente, aspirando la vida, exteriorizando aroma y ofreciendo polen para la fertilización y resurgimiento en nuevas y maravillosas expresiones.

La plenitud de la vida, en la fase de la adolescencia, se agita y se exterioriza, dejando que todos los contenidos archivados en el inconsciente del ser pasen a revelarse, en forma de tendencias, aptitudes, anhelos y tentativas de realización. No siempre ese despertar es tranquilo, pudiendo, a veces, ser una erupción volcánica de energías retenidas que estallaron, produciendo daños.
En otras ocasiones puede expresarse como sufrimiento íntimo, caracterizado por fobias de apariencia inexplicables, pero que proceden de los registros periespirituales, sumergidos en el inconsciente, que surgen como conflictos, consciencia de culpa, pudor exacerbado, misticismo, en mecanismos bien elaborados de fuga de la realidad.

Reencarnándose, para reparar los errores y edificar el bien en si mismo, el Espíritu alcanza la adolescencia orgánica, vivenciando el transformar de energías y hormonas sutiles como poderosas, que lo despiertan para las manifestaciones del sexo, pero también para las aspiraciones idealistas, desarrollando la búsqueda de la propia identidad.

Cargando la suma de las personalidades vividas en otras reencarnaciones, su identificación con el mundo actual demanda tiempo y madurez, mediante los cuales puede valorar quien realmente es y lo que legítimamente desea. No teniendo el discernimiento aun para elegir lo que es mejor, casi siempre se entrega a la búsqueda de lo más inmediato, porque es más fácil, procurando acomodarse a las manifestaciones fisiológicas del comer, dormir, practicar sexo, vencer el tiempo sin gran esfuerzo. Se trata de un atavismo pernicioso, que debe ser mejor dirigido, a fin de que sea descubierta la finalidad de la existencia y como alcanzar ese nivel que lo aguarda.

Si el hogar ofrece seguridad afectiva y comprensión, el adolescente tiene facilidad para seleccionar los valores y aceptar a aquellos que le son más favorables para el progreso. Sin embargo, si el grupo familiar es traumatizante, huye para comportamientos oportunistas, que parecen ahuyentar los resentimientos y libertarlo de la cárcel doméstica.

La influencia de los padres es decisiva en la elaboración y desarrollo del idealismo, en la afirmación de la propia identidad, sin que haya presión o autoritarismo de los padres, antes ofrecimiento de medios para el diálogo esclarecedor, sin la sujeción a los consejos castradores e impositivos, siempre de malos resultados.

Hay una tendencia en el joven para huir a los programas elaborados, a las experiencias vividas por otros, al aprovechamiento de la sabiduría de los más antiguos. Cada ser es una realidad especial, que necesita vivenciar sus propias aspiraciones, muchas veces equivocándose para mejor comprender el camino por donde debe seguir. Debido a esto, experiencia es una conquista personal, que cada cual aprende por el propio esfuerzo, no es raro, a través de errores que son corregidos y fracasos que se hacen anticuado por el éxito.

Cuando alguien desea imponer su punto de vista, transfiere una realización no lograda, para que el otro la consiga, así alegrando a aquel que se le torna mentor. La educación propone y el alumno aprende mediante el ejercicio, la reflexión, la madurez.

Los modelos deben ser silenciosos, hablando más por los ejemplos, por la alegría de vivir, por los valores comprobados, en vez de las palabras sonoras, pero cuyas prácticas demuestran lo contrario.

Cuando alguien convive con un adolescente se encuentra bajo la mirada de su cuidadosa observación. Él compara las actitudes con las palabras, el comportamiento cotidiano con los contenidos filosóficos, no creyendo sino en aquello que es demostrado, nunca en lo que es propuesto por el verbo.

Debido a eso, surgen los conflictos domésticos, en los cuales los padres se dicen incomprendidos y no seguidos, olvidándose que son los responsables, hasta cierto punto, por el fracaso de sus proposiciones.

La identidad de cada uno tiene sus características personales, y esas no pueden, ni deben ser clones, en los cuales se pierde la individualidad. La búsqueda de la identidad en el adolescente es demorada, como ocurre con el individuo en sí mismo, prolongándose por el periodo de la razón, madurez y vejez. Por eso mismo, no siempre la avanzada edad biológica es sinónimo de sabiduría, de equilibrio. Jóvenes hay, maduros, mientras mayores existen que permanecen aprisionados en niños caprichosos y renitente de la infancia no sobrepasada.

El idealismo brota del fondo del ser y debe ser cultivado por los padres, que estimularán las tendencias positivas del hijo, ofreciéndoles los recursos emocionales y afectivos para que él pueda materializar la aspiración del mundo íntimo.

Cuando se revela la tendencia para el idealismo perverso, el desequilibrio firmado en el egoísmo, en el capricho, en los desajustes morales, es necesario enseñarle la técnica de como canalizar las energías para el lado mejor de la vida, proponiendo ideales prácticos y más inmediatos, que sean compensadores psicológicamente, de forma que la elección se opere con naturalidad, por medio de la sustitución de aquellos que son perturbadores por esos otros que son satisfactorios.

En vez de las luchas continuas, que se hacen imposiciones inoportunas, enriquecidas de quejas y lamentaciones por el esfuerzo dirigido al hijo, quien se informa no saber aprovechar todo cuanto recibe, es justo que todas las propuestas sean presentadas de forma edificante, sin acusaciones ni rechazos, sino con espíritu de tolerancia y comprensión, hasta que el discernimiento del adolescente acepte como fenómeno natural la contribución, teniendo en mente que la decisión fue propia y que eso es bueno para él, no porque otros así lo quieran, sino porque más le conforta y le agrada.

La adolescencia es aún fase de amoldamiento, de adaptación, al mismo tiempo de transformaciones, que merecen y exige paciencia y habilidad psicológica. De un lado, existe el interés familiar, que trabaja para lo mejor del alumno, pero por otra parte se encuentra el grupo social, no siempre equilibrado, en la Escuela, en el Club, en la calle, en el trabajo, conspirando contra las actitudes saludables que se desea ofrecer y que naturalmente atraen al adolescente, porque le gusta ser igual a los demás, no llamar la atención, o cuando, en conflicto, quiere destacarse, exhibirse, exactamente porque vive inseguro, experimenta dramas, que oculta bajo la desfachatez, el cinismo aparente…

Con el tranquilizar del flujo sexual, mediante la reflexión y el trabajo, a través del estudio y de las aspiraciones superiores que se deben administrar con cuidado, él pasa a identificarse con el mundo, con las personas y por fin con él mismo. Esa autoidentificación es más demorada, porque es más profunda, prolongándose por toda la existencia bien orientada por el deber y por las aspiraciones ennoblecidas.

El idealismo se le torna un alimento que debe ser ingerido con frecuencia, a fin de que no haya carencia emocional y pérdida de identidad en el tumulto de las propuestas sociales, económicas y artísticas…

Invariablemente el Espíritu reencarna para dar continuidad a tareas que quedaron interrumpidas, y resurgen en los cuadros mentales como aspiraciones y tendencias más acentuadas. Otras veces, sin embargo, debe comenzar a experimentar actividades nuevas, mediante las cuales progresará en el rumbo de la vida y de Dios.

En la fase de inseguridad por la adolescencia, toda la vigilancia es necesaria, de modo a ayudar al joven a encontrarse y a definir su ideal de vida, entregándosele confinante y rico de perseverancia hasta conseguir la meta ambicionada.

Espíritu Joanna de Angelis
Médium Divaldo Franco
Adolescencia y Vida
Traducido por R Bertolinni

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