El perdón

Hasta hace poco tiempo, hablar de perdón cabía de forma exclusiva a los religiosos. Decir a alguien que le sería mejor perdonar, conforme enseñó Jesús, parecía propio de quien vive fuera de la realidad. No obstante, en la actualidad, perdonar se ha vuelto una medida de buen sentido. Personas no religiosas han descubierto que perdonar es terapéutico.

El Dr. Fred Luskin, director del proyecto perdón, de la Universidad de Stanford, en su libro “El poder del perdón”, afirma que cargar el bagaje de la amargura es muy tóxico. En los estudios que realizó con voluntarios, constató que la acción de perdonar les mejoró los niveles de energía, de humor, la calidad del sueño y la vitalidad física general. Eso ocurre, explica, porque somos programados para lidiar con la tensión. Puede ser una alarma de incendio, una crisis, una discusión más acalorada. En esas ocasiones, el cuerpo libera las hormonas del estrés – adrenalina y cortisol – acelerando el corazón, la respiración y haciendo que la mente se dispare. Al mismo tiempo, la liberación de azúcar estimula los músculos y los factores de coagulación aumentan en la sangre. Si eso fuera breve, como por ejemplo un sobresalto en la calle por un casi accidente, es inofensivo. Con todo, la rabia y el remordimiento son como accidentes que no tienen fin. Transforman en toxinas las hormonas que deberían salvarnos. El efecto depresor del cortisol en el sistema inmunológico está relacionado a dolencias graves. Él agota el cerebro, causando atrofia celular y pérdida de memoria. Aún más, provoca dolencias cardíacas por elevar la presión sanguínea, los niveles de azúcar en sangre, endureciendo las arterias. He ahí donde entra el perdón, que parece interrumpir la circulación de esas hormonas. Veamos algunas informaciones para encontrar la paz, a través del perdón, mejorando nuestra calidad de vida.

Primera – concéntrese en los hechos de la ofensa. Casi siempre cuando nos sentimos ofendidos, nuestra tendencia es aumentar lo que de hecho ocurrió. Aumentamos nuestros sentimientos y todo toma un volumen mucho mayor.

Segunda – intente entender lo que ocasionó la ofensa. A veces, somos nosotros mismos los promotores de ella, por algo que hayamos dicho o hecho. Incluso que no haya sido nuestra intención herir a otro, la forma como decimos o una actitud que tomemos en un momento delicado, puede llevar a la criatura a reaccionar mal, agrediendo.

Tercera – localice la naturaleza humana del agresor, no sólo su actitud. Piense en que nosotros mismos, en el trato personal, en momentos de estrés, de cansancio, decimos cosas que constituyen un desahogo más. Así puede ocurrir con el otro, porque en la tierra somos todos aun seres muy imperfectos.

Cuarta – perdone sólo para sí mismo. Nadie más. Perdone en su corazón. No es indispensable que usted comunique el hecho al agresor.

En fin, recuerde que perdonar de forma alguna significa que usted esté de acuerdo con la ofensa. Y mucho menos que usted deba permitir que lo traten injustamente.

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La sabiduría de Jesús recomendó, hace más de 2000 años: “amad a vuestros enemigos. Haced el bien a los que os odian. Orad por los que os persiguen y calumnian. Perdonad a los hombres las faltas que cometieron contra vosotros.” Y acentuó que nunca se debería guardar amargura. Si en un momento de ofrenda de nuestro corazón al padre, recordémonos de que alguien tiene algo contra nosotros, prescribió Jesús que deberíamos, antes, reconciliarnos con el adversario. El Maestro del amor y de la sensibilidad sabía porque decía esas cosas. Los estudiosos de hoy están probando que él tenía toda la razón.

Equipo de Redacción del Momento Espírita, con base en el artículo El poder del perdón, de Lisa Collier Cool, de la Revista Selecciones do Reader’s Digest, junio/2004, y en el Evangelio de Mateo, cap. V: 43 a 47 y cap. VI: 15 y 15. João Cabral. Mensaje traducido por Isabel Porras-España

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