El adolescente delante de la familia

Incontestablemente, el hogar es la mejor escuela, la más eficiente, porque las lecciones ahí administradas son vivas e impresionables, cargadas de emoción y fuerza. La familia, por eso mismo, es el conjunto de seres que se unen por la consanguineidad para un emprendimiento superior, en el cual son investidos valores, inestimables que se conjugan en pro de los resultados felices que deben ser conseguidos a lo largo de los años, gracias al relacionamiento entre padres e hijos, hermanos y parientes.

No siempre, pues, la familia es constituida por Espíritus afines, afectivos, comprensivos y fraternos. En la mayoría de las veces, la familia es formada para ayudar a los equivocados a recuperarse de los errores morales, a reparar daños que fueron causados en otras tentativas en las cuales frustraron. Así, pues, hay familias-bendición y familias-probación. Las primeras son aquellas que reúnen a los Espíritus que se identifican en los ideales del hogar, en la comprensión de los deberes, en la búsqueda del crecimiento moral, beneficiándose por la armonía frecuente y por la fraternidad habitual. Las otras son caracterizadas por los conflictos que se presentan desde temprano, en las animosidades entre sus miembros, en las disputas alucinadas, en los conflictos continuos, en las rebeldías sin descanso.

Amantes que se corrompieron, y se abandonaron, renacen en las condiciones de padres e hijos, a fin de alterar el comportamiento afectivo y sublimar las aspiraciones; enemigos que se tiraron en duelos políticos, religiosos, afectivos, esgrimiendo armas e hiriéndose, matándose, retornan casi siempre en la misma consanguinidad, a fin de superar las antipatías que renacen; traidores de ayer ahora se refugian al lado de las víctimas para conseguir su perdón, vistiendo la indumentaria del parentesco cercano, porque nadie huye de sus actos. Donde sea, se enfrenta con su realidad, que se puede presentar alterada, pero, en su interior, es él mismo.

La familia, de ese modo, es el laboratorio moral para las experiencias de la evolución, que caldea los sentimientos y trabaja las emociones, proporcionando oportunidad de equilibrio, desde que el amor sea aceptado como la gran ecuación de los desafíos y de las dificultades.

Invariablemente, por falta de estructura espiritual y desconocimiento de la Ley de las reencarnaciones, las personas que se reencuentran en la familia, casi siempre, dan salida a sus sentimientos y, en vez de rectificar los negativos, más los fijan en los cuadros del inconsciente, generando nuevas aversiones que complican el cuadro del relacionamiento fraternal. A veces, la afectividad como la animosidad son detectadas desde el periodo de la gestación, predisponiendo a los padres a la aceptación o al rechazo del ser en formación, que oyen sus expresiones de cariño o sienten sus vibraciones inamistosas, que se irán a convertir en conflictos psicológicos en la infancia y en la adolescencia, generando disturbios para toda la existencia futura. Se renace, por tanto, en el hogar, en la familia de que se tiene necesidad, y no siempre en aquella que se gustaría o que se merece, a fin de progresar y limar las imperfecciones con el buril de la fraternidad que la convivencia proporciona y dignifica. Debido a eso, el adolescente experimenta en la familia esos choques emocionales o se siente atraído por las vibraciones positivas, de acuerdo con los vínculos anteriores que mantiene con el grupo en el cual se encuentra comprometido. Esa aceptación o repulsión irá a afectar de manera muy significativa en su comportamiento actual, exigiendo, cuando negativa, terapia especializada y gran esfuerzo del paciente, a fin de ajustarse a la sociedad, que le parecerá siempre un reflejo de lo que vivió en el nido doméstico.

La familia equilibrada, esto es, estructurada con respeto y amor, es fundamental para una sociedad justa y feliz. Sin embargo, la familia comienza cuando la pareja decide unirse sexualmente, amparados o no por el beneplácito de las Leyes que rigen las Naciones, respetándose mutuamente y comprendiendo que, a partir del momento en que nacen los hijos, una gran, profunda y significativa modificación se deberá dar en la estructura del relacionamiento, que ahora tendrá meta la armonía y felicidad del grupo, lejos del egoísmo y del interés inmediatista de cada cual. Infelizmente, no es lo que ocurre, y de eso resulta una sociedad juvenil desorganizada, revuelta, agresiva, desinteresada, cínica o depresiva, deambulando por los rumbos torpes de las drogas, de la violencia, del crimen, del desvarío sexual…

Los padres deben unirse, incluso cuando en dificultades en el relacionamiento personal, a fin de ofrecer seguridad psicológica y física a la descendencia. Esa tarea desafiadora es de gran valía para el conjunto social, pero no ha sido ejercida con la elevación que exige, debido a la inmadurez de los individuos que se buscan para los placeres, en los cuales hay una predominancia destacada de egoísmo, con altas dosis de insensatez, desamor y apatía de uno por el otro ser con quien vive, cuando las ocurrencias no les parecen agradables o interesantes.

Los divorcios y las separaciones, legales o no, se multiplican en altas estadísticas de indiferencia por la familia, produciendo las tristes generaciones de los huérfanos de padres vivos y desinteresados, agravando la economía moral de la sociedad, que les sufre el daño del desequilibrio creciente.

El adolescente, en un hogar desajustado, naturalmente experimenta las consecuencias nefastas de los fenómenos de agresividad y lucha que allí tienen lugar, escondiendo las propias emociones o dándoles largas en los vicios, a fin de sobrevivir, cargado de amargura y asfixiado por el desamor.

A pesar de esa situación, cabe al adolescente en formación de la personalidad, comprender la coyuntura en la cual se encuentra localizado, aceptando el desafío y compadeciéndose de los padres y demás familiares envueltos en la lucha infeliz, como siendo seres enfermos, que están lejos de la cura o se niegan a la terapia de la transformación moral. Es, sin duda, el más pesado desafío que enfrenta el joven, pagar esa elevada carga, que es entender a aquellos que deberían hacerlo, ayudar a aquellos que, más viejos y, por tanto, con más experiencia, tengan por tarea comprenderlo y orientarlo.

El hogar es el gran formador del carácter del alumno. Muchas veces, sin embargo, hogares infelices, en los cuales las luchas por poca cosa se hacen cruentas y constantes, no llegan a perturbar a adolescentes equilibrados, porque son Espíritus saludables y allí se encuentran para rescatar, pero también para educar a los padres, servir de ejemplo para los hermanos y demás familiares. No sea, pues, de extrañar, los ejemplos históricos de hombres y mujeres notables que nacieron en hogares modestos, en medios agresivos; en familias degeneradas, y superaron los límites, las dificultades impuestas, consiguiendo alcanzar las metas para las cuales reencarnaron.

Cuando el espíritu de dignidad humana vigorice en los adultos, que se facultarán madurecer emocionalmente antes de asumir los compromisos de la paternidad, habrá un cambio radical en los cuadros de la familia, iniciándose la época de la verdadera fraternidad.

Cuando el sexo sea ejercido con responsabilidad y no agresivamente; cuando los individuos comprendan que el placer cobra un precio, y este, en la unión sexual, incluso con los cuidados de los preservativos, es la fecundación, habrá un cambio real en el comportamiento general, abriendo espacio para la adolescencia bien orientada en la familia en equilibrio.

Sea, pues, cual sea el hogar en el cual se encuentre el adolescente, tendrá campo para la comprensión de la fragilidad de los padres y de los hermanos, para evaluación de sus méritos. Si no es comprendido o amado, esfuércese para amar y comprender, teniendo en vista que es deudor de los padres, que podrían haber interrumpido el embarazo y, sin embargo, no lo hicieron.

Así, el adolescente tiene, para con la familia, una deuda de cariño, incluso cuando esa no se dé cuenta del inmenso débito que tiene para con el joven en formación. En ese intento, el de comprender y disculpar, orando, el adolescente contará con la ayuda divina que nunca falta y la protección de sus Guías Espirituales, que son responsables de su nueva experiencia reencarnatória.

Espíritu Joanna de Angelis
Médium Divaldo Franco
Adolescencia y Vida
Traducido por R Bertolinni

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