Posesión demoníaca

Definiendo el tercer tipo de obsesión en “El libro de los Médiums”, dice Kardec; “La subyugación es una restricción que paraliza la voluntad del que la sufre y le hace obrar a pesar suyo.” En una palabra: el paciente está bajo un verdadero yugo.

Y explica:

“La subyugación puede ser moral o corporal. En el primer caso, el subyugado es solicitado a tomar determinaciones muchas veces absurdas y comprometidas, que por una especie de ilusión las cree sensatas; es una especie de fascinación. En el segundo caso el Espíritu obra sobre los órganos materiales y provoca los movimientos involuntarios.”

Más adelante, destaca el Codificador:

“La subyugación corporal va algunas veces más lejos; puede conducir a los actos más ridículos. Hemos conocido a un hombre que no era joven ni hermoso, que bajo el imperio de una obsesión de esta naturaleza se veía obligado por una fuerza irresistible a ponerse de rodillas ante una joven, con la cual no había tenido ninguna intención y pedirla en matrimonio. Otras veces sentía en las espaldas y en las piernas una presión enérgica, que los forzaba contra su voluntad a pesar de la resistencia que hacía al ponerse de rodillas y besar el suelo en los parajes públicos y en presencia de la multitud. Este hombre pasaba por loco entre sus relaciones; pero nosotros nos hemos convencido de que no lo era, porque tenía el pleno convencimiento del ridículo, de lo que hacía contra su voluntad, por lo que sufría horriblemente.”

Está consagrada por el uso la expresión “posesión”, para definir el dominio por Espíritus malhechores, cuando su influencia va hasta la alienación del libre albedrío de la víctima, que no ejercita más voluntad propia.

Kardec explica porque no le parece la más adecuada:

“Primero porque implica la creencia de seres creados para el mal entregados perpetuamente a él, mientras que solo hay seres más o menos imperfectos y que todos pueden mejorarse. La segunda, porque implica igualmente la idea de la toma de posesión de un cuerpo por un Espíritu extraño, de una especie de cohabitación, mientras que sólo hay un constreñimiento. La palabra subyugación expresa perfectamente el pensamiento. De este modo para nosotros no hay poseídos en el sentido vulgar de la palabra: sólo hay obsesos, subyugados y fascinados.”

La figura de demonio, ángel caído disputando permanentemente con Dios la posesión de las almas, es una aberración teológica. Inadmisible que, siendo omnisciente, Dios crease Espíritus que irían a crear un impasse universal, contraponiéndose eternamente a Sus leyes sabias y justas. Peor sería concebir a un Creador incapaz de modificar la disposición de sus criaturas desviadas, o que estas induzcan a hermanos suyos a desvíos que resulten tormentos irremisibles. Ante la omnipotencia divina, el demonio nunca constituirá amenaza al orden del Universo.

Podemos situarlo mucho más como un “pobre diablo”, no en el sentido peyorativo en que es empleada la expresión cuando menospreciamos a alguien. Simplemente porque se trata de un Espíritu rebelde, voluntariamente desviado, habilitándose, por eso, a una compulsoria rectificación, en penosas jornadas de rescate y reajuste que lo reconducirán a los caminos del Bien.

Hijos de Dios, creados a su imagen y semejanza, según la afirmación bíblica, somos intrínsecamente buenos. El mal en nosotros es una excrecencia nacida de nuestros desatinos, que el dolor se encarga de desbastar.

Richard Simonetti
Del libro “¿Quién tiene miedo de la obsesión?
Traducido por R Bertolinni.

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