El adolescente y su proyecto de vida

A partir de Freud el concepto de sexo sufrió una casi radical transformación. El eminente padre de la Psicoanálisis procuró demostrar que la sexualidad es algo mayor de lo que se le atribuía hasta entonces, cuando es reducida solamente a la función sexual. Quedó establecido que la misma tiene mucho más con el órgano genital, ejerciendo una fuerte influencia en la personalidad del ser. Naturalmente, hubo exceso en la propuesta en pauta, en sus inicios, llegándose incluso al radicalismo, que pretendía ser la vida una función totalmente sexual, por tanto, perturbadora y conflictiva.

Siempre se tuvo como fundamental que la vida sexual tenía origen en la pubertad, sin embargo, siempre también se constataron casos de manifestaciones prematuras del sexo, debido a la madurez precoz de las glándulas genésicas.

A Freud cupo la tarea desafiadora de demostrar la diferencia existente en la glándula genital, responsable de la función procreadora, y la de naturaleza sexual, que se encuentra ínsita en el niño desde su nacimiento, experimentando las naturales transformaciones que culminarían en la sexualidad del ser adulto. Aun, para Freud, la función de naturaleza sexual es resultado de la aglutinación de diversos instintos, herencias naturales del tránsito del ser por las fases primarias de la vida, en las cuales hubo predominancia de naturaleza animal, por tanto, instintiva que se van transformando, igualmente unida a aquel periodo inicial de la evolución de los seres en la Tierra. En el transcurso de ese desarrollo de los denominados instintos parciales, muchos factores ocurren naturalmente, siendo asfixiados, transferidos psicológicamente, alterados, dando nacimiento a innúmeros conflictos de la personalidad.

La personalidad, de ese modo, es el resultado de todas esas alteraciones que suceden en las franjas primarias de la vida y que son modificadas, transformadas y orientadas de forma para construir el ser equilibrado. Se trata, por tanto, de una fuerza interior que se desarrolla en el ser humano y casi lo domina por entero, estableciendo norma de conducta y de actividad, que lo hacen feliz o desventurado, saludable o enfermo. Para entender ese mecanismo es indispensable remontar a las reencarnaciones anteriores por donde deambuló el Espíritu, que se torna heredero del patrimonio de sus acciones, ahora actuantes, como deseos, tendencias, manifestaciones sexuales impulsivas o controladas.

Si hubiese, el eminente vienense, retrocedido a la ancestralidad del ser inmortal, superando el preconcepto que le hipertrofiaba la visión científica, reduciéndola, apenas, a la materia, y habría conseguido pensar de forma más segura los problemas del sexo y de la sexualidad. No obstante, esa fuerza poderosa es, de cierta forma, influencia a la vida, en el campo de las sensaciones, llevando a resultados emocionales que se establecen en el psiquismo y comandan la existencia humana que, mal orientada, poco difiere del animal. Ese en ese periodo, en la adolescencia que se determinan los programas, los proyectos de vida que se tornarán realidad, o no, de acuerdo con el estado emocional del joven.

Se estipuló que esos programas existenciales deben ser estructurados en la visión aun inmediatista, esto es, en la acumulación de una fortuna, en el disfrutar del confort material, en el adquirir bienes, en el tener seguridad en el trabajo, en a la libertad afectiva, en el placer… Muchos programas han sido establecidos dentro de esos límites, que parecían dar acierto en el pasado, pero frustraron personas que se debilitaron en la amargura, en el desánimo moral, en la ansiedad mal contenida.

El ser humano se destina a niveles más elevados de aquellos que nortean el pensamiento materialista, cuales sean, el equilibrio interior, el dominio de si mismo, el idealismo, la armonía personal, la buena estructuración psicológica, y, naturalmente, los recursos materiales para hacer esos propósitos realizables. Para tanto, el propósito de vida del joven debe centrarse en la búsqueda del conocimiento, en la vivencia de las disciplinas morales, a fin de prepararse para las luchas no siempre fáciles del proceso evolutivo, en la reflexión, también en la alegría de vivir, en los placeres éticos, en la recreación, en los cuales encuentra resistencia y renovación para los deberes que son parte integrante de su proceso de crecimiento personal.

Solamente quien se dispone a administrar los desafíos, consigue planear encima de las vicisitudes, que pasan a tener el significado de gozo y de disfrutar de todas las comodidades juveniles, antes de equiparse de valores morales y de seguridad psicológica por la madurez de las experiencias y vivencias, inevitablemente el sufrimiento, la insatisfacción, la angustia sustituyen los júbilos momentáneos y vanos.

El adolescente actual, es un Espíritu envejecido, acostumbrado a realizaciones, no siempre loables, lo que le produce anhelos y disgustos aparentemente inexplicables, inseguridad y miedo sin justificativa, que son restos de su consciencia de culpa, en razón de los actos practicados, que ahora vino a reparar, superando los límites y avanzando con otra dirección por el camino de la iluminación interior, que es el esencial objetivo de la vida.

El proyecto de una vida familiar, de prestigio en la sociedad, de realizaciones en el campo de actividades artísticas o profesionales, religiosas o filosóficas, es acreedor de cariño y de esfuerzo, porque debe ser fijado en los cuadros de la mente como desafío a vencer y no como diversión a disfrutar.

Todo el esfuerzo, en continuo ejercicio de hacer y rehacer tareas; la decisión de no abandonar el propósito en pantalla, cuando las circunstancias no sean favorables; el control de los impulsos que pasarán a ser orientados por la razón, en vez de encontrar campo en la agresividad, en la violencia, en el abuso juvenil, constituyen los mejores instrumentos para que se concretice la aspiración y se torne realidad el programa de existencia terrena.

El adolescente está en formación y, naturalmente, poseyendo fuerzas que deben ser canalizadas con equilibrio para que no lo trastornen, necesita de apoyo y de discernimiento, de orientación familiar, porque le falta la experiencia que mejor enseña los rumbos a seguir en cualquier intento de vida. En ese periodo, muchos conflictos perturban al adolescente, cuando tiene en mira su proyecto de vida aun no definido. Le surgen dudas atroces en el área profesional, en relación con lo que siente y a lo que da ganancia, a lo que aspira y a lo que se encuentra de moda, a aquello que le gustaría de realizar y al aspecto social, de escoger financieramente…

Indispensable tener en mente que los valores inmediatos siempre son sobrepasados por las inevitables ocurrencias indirectas, que llegarán, sorprendiendo al ser con lo que él es, y no solo con relación a lo que él tiene. Se caracteriza aquí la necesidad de autorrealización en detrimento de lo inmediato poseer, que no siempre satisface interiormente.

Hay muchas personas que tienen todo cuanto la vida ofrece a los triunfadores materiales, y, sin embargo, no se encuentran de bien con ellas mismas. Otros así, poseen tesoros que cambiarían por la salud; disponen de posesiones que donarían para tener paz; desfilan en los coches de oro de los aplausos y preferirían las caminatas afectivas entre cariño y seguridad emocional… De ese modo, el proyecto existencial del adolescente no puede prescindir de la visión espiritual de la vida; de la realidad transpersonal de él mismo; de las aspiraciones de lo noble, de lo bueno, de lo bello, que serán las realizaciones permanentes en su interior, guiando sus pasos para la felicidad.

Las posesiones llegan y se van, son adquiridos o perdidos, pero, lo que se es, permanece como directriz de seguridad y mecanismo de paz, que nada consigue perturbar o modificar. Para ese cometido, la buena orientación sexual se hace indispensable en la fase de afirmación de la personalidad del adolescente, como ocurre en los más diferentes periodos de la vida física.

Espíritu Joanna de Angelis
Médium Divaldo Franco
Adolescencia y Vida
Traducido por R Bertolinni

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