A costa de las propias lágrimas

Bondadoso Lupercio – reclamaba Eulalia al mentor espiritual en una reunión mediúmnica – ¿por qué esa enfermedad insidiosa que obliga a mi hijo estar en la cama desde hace más de cinco años?

– Es su karma, una expiación programada por la Justicia Divina.

– ¿No sería más fácil pagar sus deudas disfrutando de la plenitud de movimientos, participando en trabajos asistenciales en el Centro?

– El problema es que, envuelto en un proceso de fascinación, él, más allá de comprometerse en el crimen, desarrolló tendencias viciosas que fatalmente resurgirán si experimenta libertad de movimiento. La prisión en la cama es un precioso recurso educativo en su beneficio.

– ¿Y en cuanto al obsesor? ¿No responde por la influencia nefasta que ejerció sobre él?

– Sin duda. (*) Un escritor famoso afirmó en una de sus obras que somos responsables por aquello que capturamos. De cierta forma los obsesores capturan a sus víctimas, en la medida en que las seducen con sus sugestiones, llevándolas a las iniciativas que desean. Son co-responsables, por tanto, en sus desatinos.

(*) – Saint-Exupéry, en “El pequeño Príncipe”

– ¿Si así acontece, no sería justo que el obsesor estuviese junto a mi hijo, con el compromiso de ayudarlo?

– Es lo que viene haciendo, con intensa dedicación.

– ¿Podríamos evocarlo en esta reunión?

– ¿Imposible?

– ¿No está cerca?

– Está entre nosotros.

– Por qué, entonces, no se puede.

– El obsesor es usted.

Si tuviésemos el don de conocer el pasado e identificar con espantosa frecuencia los fascinados de ayer en dolorosas experiencias de hoy. Enfrentan problemas mentales, limitaciones físicas, carencias y dificultades, relacionadas con la siembra de males que hicieron a partir del momento en que vivenciaron las fantasías sugeridas por los obsesores. Estos, a su vez, también sometidos a las sanciones divinas, resurgen en la Tierra, no es raro, en la condición de angustiados enfermeros de sus ex -víctimas.

Aprenden todos, a costa de las propias lágrimas, una lección fundamental: La facultad de discernir – la razón – y la facultad de escoger – el libre albedrío – que otorgan al Hombre la condición de hijo de Dios, dotado de sus potencialidades creadoras, implican necesariamente en observación plena de los principios de Justicia y Amor que rigen el Universo.

Se sitúan ambos como ideales a ser alcanzados. Ideales que nunca serán negados impunemente. Ideales que, representando la voluntad de Dios, significa, encima de todo, lo mejor para nosotros.

Richard Simonetti
Del libro “¿Quién tiene miedo de la obsesión?
Traducido por R Bertolinni.

1 comentario sobre “A costa de las propias lágrimas

  1. Responder
    oscar benitez - 3 octubre, 2018

    Que equilibrio maravilloso,leyes divinas aplicadas con sabiduría, somos tan necios con nuestros destinos pidamos y deseemos luz, siempre para nuestros espíritus. Así sea

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