Gozadores del Más Allá

Fue el punto culminante, en la exposición moderna. Un concurso de esculturas. Muchos candidatos. Aficionados y profesionales disputando el codiciado premio. Decenas de creaciones artísticas fueron sometidas a respetables críticos que, después de una demorada apreciación, eligieron la vencedora. Con un metro de altura, monolítica, formas arredondeadas, con reentradas y bajos relieves, era literalmente impenetrable para los no entendidos.

Nunca sabrían lo que pretendía el autor. En que ignoto socavón de la memoria buscó inspiración para aquella “cosa”. Pero agradó a los entendidos, que aplaudieron la ligereza del conjunto y la forma decorativa.

En la ceremonia para la entrega de trofeos, convocado el autor, este informó:

– Soy solo representante del escultor. Mejor dicho, de la escultora. No fue posible inscribir el trabajo en su nombre. La regulación no lo permite.

El maestro de ceremonias intervino de pronto:

– Hay un error. No hay discriminación de sexo en nuestra exposición. Tenemos varias esculturas inscritas.

El hombre explicó, reticente:

– No es bien eso… La escultora no es una mujer… Se trata de una vaca de mi propiedad.

La obra premiada fue hecha por ella en una piedra de sal que lamió durante meses, imprimiéndole su forma actual.

Un bloque moldeado por un animal, teniendo por cincel la lengua y por inspiración la necesidad de sal para el ganado, es sin duda, lo más primitivo que podríamos concebir como “arte”.
¿Dónde está la justificativa para el premio?

Es que muchos artistas, persiguiendo originalidad, inspirados por la vieja vanidad humana, se adentran en caminos de extravagancia y absurdo. A partir de ahí, se tornan víctimas de Espíritus burlones. Estos los fascinan con extrañas concepciones que, tomadas a cuenta de modernismo, solo reflejan la futilidad mediocre que reina en variados sectores artísticos en la actualidad. Las mismas motivaciones establecen la asociación de vocaciones musicales con las sombras, generando sonidos ruidosos que parecen más el resultado del asalto de simios a los instrumentos de una orquesta. Como la música, más que la palabra articulada, es un estímulo eficiente que responden las personas, de conformidad con sus tendencias, identificamos multitudes histéricas, fascinadas por músicos alborotadores y ruidosos que descubrieron como ganar dinero cultivando aberraciones sonoras. Particularmente los “conciertos” de rock, verdaderos desaciertos musicales, realizados en ambientes pesados, llenos de humo, oscuros y absurdamente ruidosos, parecen auténticas sucursales umbralinas.

El Umbral es una franja oscura, como densa niebla espiritual envolviendo la Tierra, formado por las vibraciones mentales de Espíritus encarnados y desencarnados en desequilibrio. Allí se encuentran aquellos que, libertándose del cuerpo físico por el fenómeno de la muerte, permanecen presos a los intereses y vicios humanos, sin la pureza necesaria para alzar vuelo a lugares más elevados.

Dispuestos a ejercer presión sobre los hombres, explotando sus debilidades, aprovechan esos espectáculos consagrados por la inmadurez de sus participantes. Allí, músicos y público en trance, bajo inducción del ambiente, con refuerzo del alcohol, del humo y de las drogas, es el ambiente ideal para ejercer la fascinación, en bases de “cuanto mayor la inconsecuencia mejor”. Más fácilmente podrán envolver a sus “pupilos”, y estos pagarán alto precio después, por el “éxtasis” de aquellos momentos fugaces, experimentando renitentes desajustes y perturbaciones.

Richard Simonetti

Del libro “¿Quién tiene miedo de la obsesión?
Traducido por R Bertolinni.

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