¡Qué solos iban!

Yendo una mañana en el tranvía, éste quedó detenido largo rato, por hallar obstáculos en su camino, y todos los pasajeros se entretenían en mirar y averiguar qué era lo que pasaba entre cocheros, carreteros y descargadores, que interrumpían el tráfico público. Un joven obrero que iba sentado frente a mí, observé que miraba con suma fijeza en dirección opuesta a la que llevábamos; miré yo también y vi que avanzaba lentamente un coche fúnebre conduciendo un modestísimo ataúd, al que nadie seguía.

Mi compañero de viaje siguió con la mirada puesta en el coche fúnebre, hasta que lo perdió de vista, y cuando volvió la cabeza, noté con asombro que se limpiaba disimuladamente los ojos con la manga de su vieja pero limpia blusa, y mirándome con tristeza murmuró con acento conmovido:

-¡Qué solo va!… ¡Pobrecillo! ¡Nadie le sigue!… ¡Nadie le acompaña! ¿No es verdad que causa pena ver una cosa así? Ese muerto, o no tiene familia, o nadie le quiere: ¡Qué solo va!…

Las palabras del sensible hijo del pueblo no hallaron eco entre los demás pasajeros: los unos se encogieron de hombros, y los otros hicieron ademanes de impaciencia por el tiempo que perdían con la forzosa detención; sólo el conductor y yo le contestamos que tenía razón; que siempre era muy triste la soledad, pero que en el acto del entierro, causaba más dolorosa impresión.

Llegamos al término de nuestro viaje, y el joven obrero siguió por mi camino, andando lentamente, como todo aquel que está profundamente preocupado. A los pocos momentos tuvimos que pararnos para dejar el paso franco a una numerosa comitiva, compuesta de niñas, de niños y de ancianos de los asilos benéficos, llevando cada uno un cirio encendido; a éstos seguían gran número de sacerdotes, algunos de ellos con capa pluvial, acompañando a un cadáver que iba encerrado en un lujosísimo ataúd forrado de terciopelo negro con anchas franjas de galón de oro, del cual pendían ocho cintas negras de muaré, llevadas por graves caballeros vestidos de rigurosa etiqueta, e iba detrás cuanto de notable encierra la ciudad condal, presidiendo el duelo uno de esos tipos especiales que sirven admirablemente para esta clase de ceremonias teatrales; uno de esos parientes lejanos que no sirven a su familia sino para llenar huecos, lo mismo en una boda o bautizo, que en un entierro; visten con decencia; saben presentarse, saludar gravemente, son figuras decorativas de gran aparato hierático y no hay que pedirles más.

El joven obrero estaba a mi lado contemplando atentamente el fúnebre cortejo: Me llamó la atención lo expresivo de su escrutadora mirada, y le dije, sonriéndome:

-¿Qué le parece, eh? ¡Qué diferencia entre aquel muerto y este muerto!…

-Pues mire usted, en eso estaba reflexionando, y sin saber por qué… quizá se ría usted de mí, pero, vaya, le diré lo que pensaba: que éste va tan solo como el otro.

-¿Quiere usted decir? -repliqué, aparentando sorpresa, para que diera rienda suelta a su pensamiento.

-Sí, señora, sí; he estado observando y no he visto una cara triste, ni en los que van porque los pagan, ni en los que acompañan por compromiso. He escuchado atentamente, por si oía alguna conversación sobre el difunto, y… ¡quía!… sólo he oído palabras sueltas sobre la bolsa, y empréstitos, y consolidados y deudas perpetuas y tesoro de Cuba, y… el que preside el duelo tiene trazas de no haber llorado en toda su vida.

-Entonces, según su opinión, podremos decir, recordando los dos entierros: ¡Qué solos iban!

-Sí, señora, sí: eso podremos decir sin temor de equivocarnos: ¡Qué solos iban! Me alegrara que usted hubiera presenciado el entierro de mi madre: no asistió ningún cura, porque mi padre no quiso, ni tampoco la enterraron en sagrado, pero todo el pueblo la acompañó; todos se disputaban llevarla sobre sus hombros. Aquello sí que era sentimiento de veras; pero esto que hemos visto no es más que una mojiganga de circo. Una fortuna repartida a los curas y a las casas de beneficencia por ostentación y vanidad y orgullo. Bien, señora, buenos días.

Y el obrero aceleró el paso, perdiéndose entre la multitud, marchándose a su trabajo. Yo le seguí con la vista cuanto pude, y al llegar a la casa de una amiga, le conté todo lo que acabo de narrar, concluyendo por decir

-¡Aquel modesto trabajador es un profundo filósofo!

-Un filósofo de blusa -replicó mi amiga con cierto tonillo de desdén.

-Un filósofo de gran entendimiento y un admirable observador que sabe distinguir el oro del oropel; déjate de simplezas de si llevaba blusa o vestía toga; la cuestión es que ha dicho una gran verdad: que tan solo iba el infeliz al que nadie acompañaba, como el magnate seguido de centenares de individuos que iban, por el estipendio los unos, y los otros por ser vistos: igualmente solos el rico y el pobre: ningún afecto les seguía.

-Pues entre las dos soledades, prefiero la del rico.

-Yo no.

-¿Por qué?

-Porque odio la hipocresía, y prefiero la exclamación compasiva del obrero, a toda la pompa que rodeaba el féretro del rico.

-Reciba uno el agasajo, sea cual sea la procedencia.

-¡Ah; no, no; la mentira siempre es mentira; y como yo creo que nada pasa inadvertido para el espíritu, ha de serle mucho más doloroso sorprender la falsedad de un afecto, que vivir aislado sin el halago de mentidas amistades.

Han pasado algunos meses, y sin embargo, recuerdo frecuentemente los dos entierros que tanto me impresionaron, y al recordarlos, murmuro con tristeza: ¡Qué solos iban! ¿Me habrá unido algún lazo de simpatía con ellos?… ¡Quién sabe! ¿Habremos peregrinado juntos en anteriores existencias? Todo puede ser. Lo cierto es que dejaron en mi ánimo honda huella de tristeza, así la soledad del uno, como el fausto del séquito que acompañaba al otro. Hay indudablemente simpatías misteriosas, y ésta es una de ellas; simpatía que se extiende al joven obrero que tan bien supo apreciar el valor de los afectos que seguían a aquellos dos seres al ser llevados a su último refugio igualitario de los cementerios. ¿Si se encontrarán tan solos en el espacio?

Amalia Domingo Soler
Extraído del libro “Cuentos espiritistas”

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