A la moda de la casa

Encontramos frecuentemente la fascinación en las reuniones mediúmnicas, donde es ejercitado el intercambio con el Más Allá. Inteligentes obsesores, encontrando médiums receptivos a su influencia, hacen de ellos instrumentos para sembrar la confusión. No es raro que estos mistificadores usurpen el nombre de personalidades ilustres, a fin de más fácilmente alcanzar sus objetivos.

Médium ideal para ellos: el personalista. Elogiando su vanidad fácilmente lo seducen.

A titulo de curiosidad literaria, tengo en mi biblioteca un libro psicografiado, atribuido a Allan Kardec.

El más ligero examen revela tratarse de una obra apócrifa, dictada por un mistificador que envolvió al médium y a aquellos que lo asistían. Las ideas allí presentadas están lejos de expresar la lucidez, claridad y objetividad del codificador de la Doctrina Espirita.

En “El libro de los Médiums”, capitulo XXXI, Kardec nos ofrece varios ejemplos sobre esto, transcribiendo manifestaciones apócrifas atribuidas a grandes personajes de la Humanidad, como Jesús, Vicente de Paul y Napoleón. Y comenta:

“De hecho, la facilidad con que algunas personas aceptan todo lo que viene del mundo, de lo invisible bajo la apariencia de un gran nombre, es lo que anima a los Espíritus embusteros. Para frustrar sus embustes todos deben consagrar máxima atención; pero, a tanto nadie puede llegar, sino con la ayuda de la experiencia adquirida por medio de un estudio serio. De ahí repetirnos incesantemente: Estudiad, antes de practicar, ya que es ese el único medio de no adquirir experiencia a vuestra propia costa.”

Oportuno destacar que la influencia de los Espíritus mistificadores, envolviendo actividades religiosas y particularmente, el ejercicio mediúmnico no es novedad.

En su epístola primera (4:1), el apóstol y evangelista Juan proclama, taxativo:

“Amados, no creáis en todos los Espíritus, pero comprobad si los Espíritus proceden de Dios, porque muchos falsos profetas han salido por el mundo,”

Infelizmente, pocos vienen observando esa orientación. Habría un espanto universal si, en un momento de plena lucidez, las personas percibiesen los errores doctrinarios incorporadas a la religión que profesan, a partir del envolvimiento de los teólogos con mistificadores del Más Allá, engañándolos con extravagantes ideas.

Médiums sensibles, dotados de razonables facultades, pero vanidosos y personalistas, se irritan cuando son advertidos en cuanto a la necesidad de la disciplina, de la humildad y del estudio en el intercambio. Se creen eternos incomprendidos. Peor: se convencen de que la incomprensión ajena es el emblema de grandiosas misiones que deben desempeñar.

Indiferentes al buen sentido, comprometen humildes tareas que deberían abrazar en la siembra espirita, prisioneros de la fascinación. Amargos les será el despertar en la Vida Espiritual, cuando sepan la extensión de sus engaños y el desastroso fracaso. El problema de la fascinación en los Centros Espiritas se sustenta en la tendencia a la sacralización de los Espíritus que se manifiestan con el propósito de orientar.

Situándolos por representantes de la sabiduría divina, los participantes de las reuniones pierden el sentido crítico y aceptan todo pasivamente; – Es el guía, murmuran, subordinados. Ese comportamiento es contrario a los principios codificados por Kardec, destacando aquel siempre citado, del Espíritu Erasto, en “El libro de los Médiums”, capitulo XX: “Más vale rechazar diez verdades que admitir una única mentira, una única teoría falsa”

Grupos que ignoran esa “regla de oro”, como dice Herculano Pires, acaban por hacer un Espiritismo “a la moda de la casa”, recusándose al intercambio de ideas y a la participación en el movimiento de unificación promovido por órganos federativos.

Destáquese que unificación no es uniformización de procedimientos, sino defensa de la pureza doctrinaria, sustentando la integridad del movimiento espirita. Solamente así será posible resistir al asedio de las sombras, que siempre tienen acceso fácil a los grupos cerrados, dominados por dirigentes autosuficientes.

Richard Simonetti
Del libro “¿Quién tiene miedo de la obsesión?
Traducido por R Bertolinni.

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