Adolescencia. Fase de transición y de conflictos

La adolescencia es el periodo propio del desarrollo físico y psicológico, que se inicia aproximadamente a los catorce años para los chicos y a los doce años para las chicas, prolongándose, hasta los veinte y dieciocho años, respetivamente, en los países de clima frio, siendo que en los trópicos hay una variación para más temprano. Es esa fase, hay un desarrollo de los órganos secundarios del sexo, dando surgimiento a los factores que favorecen la reproducción, como son el espermatozoide en el fluido seminal y la menstruación.

Los chicos experimentan alteraciones en la voz, mientras las chicas presentan un desarrollo de los huesos pelvis, de los senos, lo que ocurre con cierta rapidez, normalmente acompañados por el surgimiento de la afectividad, del interés sexual y de los conflictos en el área del comportamiento, como inseguridad, ansiedad, timidez, inestabilidad, angustia, facultando el espacio para desarrollo y definición de la personalidad, surgimiento de las tendencias y de las vocaciones.

Completando la reencarnación, el adolescente pasa a vivir la experiencia nueva, definiendo los rumbos del comportamiento que el tiempo madurará a través de la vivencia de los nuevos desafíos.
Inadaptado al nuevo medio social en el cual se moverá, sufre el conflicto de no ser más niño, encontrándose, sin embargo, sin estructura organizada para los juegos de la edad adulta. Es, por tanto, el periodo intermediario entre las dos fases importantes de la existencia terrena, que se encarga de preparar al ser para las actividades existenciales más profundas.

Inseguro, en cuanto a los rumbos del futuro, el joven enfrenta el mundo que le parece hostil, refugiándose en la timidez o expandiendo el temperamento, conforme sean las circunstancias en las cuales se presenten las propuestas de vida.

Las bases de sustentación familiar, religiosa y social, siente sus embates de los desafíos que enfrenta, pues relaciona todo cuanto aprendió con lo que encuentra por delante.

No poseyendo la madurez del discernimiento, y fascinado por las oportunidades encantadoras que le surgen de uno para otro momento, se tira con ansiedad a los placeres nuevos sin darse cuenta de los compromisos que pasa a firmar, entregándose a las sensaciones que toman todo su cuerpo. Otras veces, perjudicado por conflictos naturales que surgen de la incerteza de como comportarse, se refugia en el medio de asumir responsabilidades consecuentes de las actitudes y hace cuadros psicopatológicos, como depresión, melancolía, irritabilidad, escamoteando el miedo que lo asalta y lo intimida.

En los días actuales las libertades morales son muy agresivas, convidando al joven, aun inadecuado para los juegos veloces del placer, a las dificultades audaces en el área del sexo, que parece constituirle la meta prioritaria en que se enreda hasta el cansancio, dando surgimiento al uso de recursos escapistas, que no atienden a las necesidades presentes, antes más lo perturban, comprometiéndolo de manera lamentable. En ese periodo, el cuerpo adolescente es un laboratorio de hormonas que trabajan en favor de las definiciones orgánicas, al tiempo en que el psiquismo se adapta a las nuevas formulaciones, pasando un periodo de ajuste que debe facultar la madurez de los valores éticos y de comportamiento.

Como es comprensible, la escala de valorización de la vida se modifica ante el mundo extraño y atrayente que él descubre, contestando todo cuando antes le constituía seguridad y estabilidad. Los nuevos cuadros le presentan colores deslumbrantes, y no encontrando conveniente orientación, educación consistente, firmadas en el entendimiento de sus necesidades, contesta y agrede los valores convencionales, elaborando un cuadro compatible con su concepto, en el cual pasa a complacerse, ignorando los cánones y paradigmas en los cuales se basan los grupos sociales, que pierden, para él, momentáneamente, el significado.

La velocidad de la telecomunicación, la disminución de las distancias a través de los recursos de los medios, de la computación, de los viajes aéreos, amedrentan los caracteres más frágiles, en cuanto estimulan los más audaces, proponiéndoles el descubrimiento del mundo y el beber de todos los placeres casi que de un solo trago.

Los deportes, que se pierden en un incontable numero de propuestas, lo llaman, y los otros deberes, aquellos al respecto de la cultura intelectual, de la vivencia religiosa, al comportamiento ético-moral, porque exigen sacrificios más tardíos y respuestas más lentas, quedan al margen, casi siempre despreciados, en favor de los esfuerzos que gratifican de inmediato, ensoberbeciendo el ego y exhibiendo la personalidad.

El culto del cuerpo, en los campeonatos de glorificación de las formas, agrada, elaborando programas, a veces de sacrificio inútil, debido a la propia fragilidad de que se reviste la materia en su transitoriedad orgánica y su constitución.

La música alucinante y los bailes de exaltación de la sensualidad lo llevan al ardor sexual, sin que tenga resistencia para los embates del gozo, que exige nuevas y diferentes formas de placer en constante exaltación de los sentidos.

La moderación cede lugar al exceso y al equilibrio pasa a un plano secundario, porque el joven, en ese sentido, recela perder las facilidades que se multiplican y lo agotan, sin darse cuenta de las finalidades reales de la existencia física.

El Espiritismo ofrece al joven un proyecto ideal de vida, explicándole el objeto verdadero de la existencia en la cual se encuentra sumergido, ahora viviendo en el cuerpo y, después, fuera de él, como un todo que no puede ser disociado solamente porque se presente en etapas diferentes. Le explica que el Espíritu es inmortal y el viaje orgánico le constituye recurso precioso de valorización del proceso iluminativo, liberador y placentero.

Elucidándolo, en cuanto al esfuerzo que a todos es exigido, lo despierta para la siembra por intermedio del estudio, del ejercicio de aprendizaje, del equilibrio moral por la disciplina mental y acción correcta, a fin de poder coger por largos, sino todos los años de la jornada carnal, los resultados hermosos, que son consecuentes del empeño por la propia dignificación.

Los padres y los educadores son convidados, en esa fase de la vida juvenil, a caminando al lado del alumno, dialogando y comprendiendo sus aspiraciones, pero ejerciendo una postura moral que infunda respeto e intimidad, al mismo tiempo fortaleciendo el valor y ayudando en los desafíos que son propuestos, para que lo mismo se sienta con confianza para proseguir avanzando con seguridad en el rumbo del futuro. Son muy importantes esas conductas de los adultos, que incluso sin desearlo, sirven de modelos para los aprendices que transitan en la adolescencia, ya que los hábitos que se arraiguen permanecerán como definidores del comportamiento para toda la existencia física.

El amor, en su amplitud total, será siempre el gran educador, que posee los mejores métodos para atender la búsqueda del joven, ofreciéndole los seguros mecanismos que facilitan el éxito en los emprendimientos iniciados, así como los del futuro.

Continencia moral, ponderación de actitudes constituyen preparativos indispensables para la formación de la personalidad y del carácter del joven, en ese periodo de claro-oscuro discernimiento, para el triunfo sobre si mismo y sobre las dificultades que enfrentan todas las criaturas, durante la marcha física en la Tierra.

Espíritu Joanna de Angelis
Médium Divaldo Franco
Adolescencia y Vida
Traducido por R Bertolinni

Deja un comentario

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.