Campaña diferente

Esperaba por Usted justo aquí, para tratar de un asunto serio, – me dijo Capistrano, un viejo amigo que ahora está en el Plano Espiritual, al cual conocí ya mayor y próspero, en una pequeña tienda de Botafogo, en el tiempo en que todavía me estaba acomodando a la estructura enferma.

Alrededor nuestro, en la esquina de la calle Real Grandeza, grupos fraternos de amigos desencarnados alegremente se burlaban de los carros que colocaban flores para las conmemoraciones de los difuntos, junto al aristocrático cementerio São João Batista. Canastas y ramos, haciendo recordar joyas de primavera, se derramaban de las manos ricas y pobres, arrugadas y juveniles, en homenaje a los afectos queridos, que casi todos los visitantes suponían inmóviles para siempre ahí en el suelo.

– Supe mi amigo, – prosiguió Capistrano singularmente abatido, – que Usted todavía escribe para los vivos del mundo…

Y, apuntando hacia una respetable dama, acompañada de dos cargadores portando ricos floreros, continuó:

– Escriba una crónica, recomendando la extinción de semejantes excesos. Muestre la inconveniencia del orgullo en la casa de los muertos imaginarios de la Tierra, que hoy reconocemos que debe ser un recinto de silencio y oración. En todas partes, el progreso marca en el mundo admirables alteraciones. Las guerras modifican la geografía, apóstoles renuevan leyes, la civilización mejora, inventos surcan por el espacio, indicando la astronáutica del futuro, sin embargo, con raras excepciones de algunos países que están convirtiendo necrópolis en jardines, nuestros cementerios reposan estancados, haciéndonos recordar parques improductivos, en donde se enfilan primorosas plantas de piedra sobre montones de papas podridas. Órganos de fiscalización y sistemas de vigilancia controlan mercados y aduanas, protegiendo los intereses públicos y nadie detiene las inversiones inútiles en tanta riqueza muerta.

Capistrano nos miró fijamente, para constatar el efecto de las palabras que pronunció, y vehemente siguió adelante:

– Para que tenga una idea, también me equivoqué por falta de criterio. Tuve una única hija que

fue todo el encanto de mi dolorosa viudez. Marília, a los dieciocho eneros, era la luz de mi alma. La crie con toda la ternura de un jardinero que observa, absorto, el crecimiento de una flor predilecta. Sin embargo, mimada por mis caprichos paternos, mi inexperta niña no tomó en consideración todas mis precauciones. Se enamoró en la playa de un muchacho alocado, que realizaba ejercicios de pelota y sintiéndose menospreciada por él, tomó una fuerte dosis de corrosivo dejándome en la soledad. Al verla mientras agonizaba, no pudiendo mi amor arrebatarla de los dominios de la muerte, me entregué como un demente a la total desesperación. Nunca averigüé las razones que la llevaron a tomar esa actitud tan drástica y jamás busqué al joven anónimo que seguramente al abandonarla, no tendría la intención de hacerla infeliz. Entonces comencé como un loco, a adorarle la memoria. Gasté más de la mitad de mis escasas economías para erigirle un túmulo de precio alto… Y, por veinte años, adoré el inútil monumento, lavando frisos, colocando cirios, cambiando los arreglos, plantando flores. Envejecí llorando sobre la lápida, y cuando mis ojos miraban la costosa sepultura, con el tacto tocaba el relieve de las letras llorosas… Un día, llegó mi turno. El corazón paró, sacándome del rígido cuerpo. Sin embargo, aunque estaba desencarnado, me pegué al sepulcro que veneraba, quedándome en él. Si amigos conseguían alejarme para ese o aquel servicio, terminaba regresando al hermoso monstruo de mármol para lamentarme y clamar por la hija que no conseguía ver. Pasé cuatro años en esta dolorosa situación, cuando en una mañana, sentí algo inexplicable, como si la tierra helada se reavivara al calor del sol. Inexplicablemente contemplaba a Marília en la pantalla de la nostalgia, como si nuevamente fuera a recibir el beso de amor y luz, cuando un antiguo orientador me buscó, solícito, y bondadosamente me condujo a la calle General Polidoro, donde me señaló a un hombre sudoroso y cansado, cargando tiernamente en sus brazos, a una triste niña muda, paralítica y pobre… Al mirarle los ojos sin brillo de una criatura problemática, la realidad espiritual me aclaró la razón. Estaba viendo a Marília reencarnada, con grandes padecimientos expiatorios, supe más tarde que había renacido como hija del mismo hombre que había sido el motivo de tremendo gesto de deserción… ¡Desde esa hora, hui de las ilusiones que me ataban a pesadilla tan larga!… Desperté renovado, para respirar y vivir nuevamente, trabajar y servir…

Capistrano se limpió el llanto que salía copiosamente y con amargura añadió:

– Escriba, mi amigo, escriba a las criaturas humanas e informe, claramente, que los vivos de la espiritualidad agradecen el respeto y el cariño con que les dignifican los restos, pero ruegue para que se abstengan de estos cuadros fantásticos de vanidad ostentosa, con que se pretende honrar el nombre de los que partieron… Pida para que ayuden a los niños inadaptados y enfermos, abandonados e infelices con el dinero momificado en estos cofres de cenizas… Dígales que se compadezcan de los niños desamparados y que probablemente, muchas de aquellas criaturas inolvidables que buscan en los féretros de lujo, hoy están en crueles pruebas, en los institutos de corrección o en el lecho de los hospitales, en la ociosidad de las calles o en atiborrados barrios que el progreso olvidó… Hable de la reencarnación y explíqueles que muchos de los imaginados muertos que aún aman, yacen sepultados en cuerpos vivos, casi siempre, desnutridos y atormentados, suplicando alimento y remedio, refugio y consuelo…

Embargada por las lágrimas, la palabra del amigo hizo silencio y aquí me encuentro, atendiendo a la promesa de contar la historia en una simple página. Sin embargo, no tengo la pretensión de ser rápidamente comprendido, ya que si estuviera en la avenida Rio Branco o en la Plaza Mauá, vestido con una impecable ropa de tela inglesa, entre hombres todavía encarnados, yo diría también que este caso es un cuento de muertos para muertos, y que los muertos deben estar muertos sin molestar a nadie.

Espíritu Hermano X

Médium Francisco Cândido Xavier
Extraído del libro «Relatos de la vida»

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