Terreno fértil

Cuando obsesores de sagaz inteligencia pretenden apartar lideres religiosos de sus tareas, nunca descartan la fascinación afectiva, explotando sus tendencias.

En el medio espirita vemos respetables jefes de familia, con responsabilidad en la dirección de instituciones, involucrándose en perturbadoras experiencias pasionales patrocinadas por agentes de las sombras.

Desertan de compromisos conyugales y espirituales creyendo atender al glorioso llamamiento del amor, al lado de “almas gemelas”. Aprenden a costa de penosas frustraciones que el amor legítimo nunca comete el desatino de sobreponerse al deber.

Cuando no encuentran receptividad en aquellos que pretenden desviar, los obsesores les imponen problemas involucrando gente cercana. Ejemplo destacado en este sentido ocurrió con el apóstol Pablo, narrado por el Espíritu Emmanuel, en el libro “Pablo y Esteban”, psicografía de Francisco Cándido Xavier.

En uno de sus viajes misionarios Pablo estuvo en Iconio, ciudad de Asia Menor, donde con su palabra vibrante y esclarecedora, a parte de las curas que realizaba, hizo muchos adeptos. Allí fundó una iglesia cristiana, a pesar de la resistencia de una rica comunidad judaica, intransigente en la defensa de Moisés.

El trabajo seguía firme y productivo cuando una joven novia, dócil a la influencia de obsesores que combatían el cristianismo, se tomó de amores por él, con eso se apartó del novio, que veía con extrañeza e irritación aquella situación.

Cierta vez la joven le pidió una entrevista reservada y, con gran sorpresa del apostolado, le habló de su pasión. Pablo intentó explicarle, inútilmente, que era un simple servidor de Cristo, empeñado en la diseminación de sus principios, un hombre frágil y falible que no poseía ningún encanto para ella.

En dado momento surge el novio que, exaltado y sintiéndose traicionado, entró en discusión con la joven. Malhumorada ella reiteraba sus propósitos de unirse afectivamente al servidor del Cristo.

El apóstol intentó explicar:

“-Amigo, no te desanimes ni te exaltes, frente a los sucesos que se originan de profundas incomprensiones. Tu novia está simplemente enferma. Estamos anunciando al Cristo, pero el Salvador tiene sus enemigos ocultos en todas partes, como la luz tiene por enemiga la oscuridad permanente. Pero la luz vence a la oscuridad de cualquier naturaleza. Iniciamos la labor misionaria en esta ciudad, sin gran obstáculo.

Los judíos nos ridiculizan y, sin embargo, nada encontrarán en nuestros actos que justifique la persecución declarada. Los gentiles nos abrazan con amor. Nuestro esfuerzo se desarrolla pacíficamente y nada nos induce al desánimo. Los adversarios invisibles, de la verdad y del bien, en verdad que se recordarán de influenciar a esta pobre muchacha, para hacerla instrumento perturbador de nuestra tarea. Es posible que no me comprendas de pronto, sin embargo, la realidad no es otra.”

De nada valen las ponderaciones de Pablo. El novio, trastornado, pasa a insultarlo, situándolo como mistificador y seductor de jóvenes ingenuas.

El caso asumió proporciones de gran escándalo. Las autoridades religiosas de Iconio usaron aquel pretexto para dar prisión a Pablo, imponiéndole el suplicio de los treinta y nueve azotes.

La siembra fue hecha y florecerá en corazones sensibles, pero el gran servidor del Cristo fue obligado a dejar la ciudad, ante la presión ejercida por las sombras, que se utilizaron de una joven desprevenida, envuelta en las telas de la fascinación afectiva.

Richard Simonetti
Del libro “¿Quién tiene miedo de la obsesión?
Traducido por R Bertolinni.

Deja un comentario

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.