Fascinación amorosa

Solo pensaba en ella.

Cerebro en circuito cerrado.

La joven querida, de deslumbrante belleza, le ocupaba todos los espacios mentales.

Último recuerdo al dormir.

El primero al despertar.

Se levantaba con ella, pasaba el día pensando en ella, por ella suspiraba.

En sus fantasías se imaginaba tenerla en sus brazos, aspirando su perfume, cubriéndola de caricias, fundiéndose ambos en un ardiente abrazo. A veces se desconectaba. Eran momentos huidizos, como breves intervalos separando músicas en un disco.

Luego recuperaba su imagen, asustado como quien hubiese sufrido la pérdida de la respiración por momentos. Contaba los días y las horas que los separaban. A su lado pedía a Dios que parase el reloj del tiempo, a fin de que pudiese disfrutar indefinidamente la alegría de su presencia.

Siempre ocurría lo contrario: Juntos, las horas pasaban rápidas. Separados, fluían con lentitud de las tortugas. Con incontables variaciones, encontramos en la literatura universal aventuras pasionales semejantes.

Un paraíso, cuando todo corre bien.

Un infierno, si surgen problemas.

Semejantes experiencias se sitúan en los dominios de la fascinación cuando, a partir de la atracción física, se instala el deseo irrefrenable de la comunión carnal, en paroxismos pasionales.

George Bernard Shaw, dramaturgo inglés, decía refiriéndose al casamiento, que una de las paradojas de la sociedad humana es, que personas apasionadas son obligadas a jurar que continuarán en aquel estado excitado, anormal y loco hasta que la muerte los separe. Muchas uniones efímeras ocurren a partir de aventuras pasionales, principalmente entre jóvenes, emocionados por recíproca fascinación, cuando se rinden al dominio de las hormonas.

Justamente por inspirarse en los instintos, la fascinación amorosa es la más frecuente, responsable por casamientos precipitados, adulterios, separaciones, crímenes y tragedias sin fin.

Proclama la sabiduría popular que la pasión es ciega, lo que expresa una realidad. Pasión y buen sentido raramente siguen juntos. Por eso los Espíritus obsesores estiman envolver a las personas pasionales, torturándolas con aspiraciones amorosas irrealizables o usándolas para ejercer su acción nefasta, creando extrañas y peligrosas situaciones.

Richard Simonetti
Del libro “¿Quién tiene miedo de la obsesión?
Traducido por R Bertolinni.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Volver arriba