Inmortalidad y religión

“Al llegar Jesús a la región de Cesárea de Filipo, preguntó a sus discípulos: ¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre? Ellos le dijeron: Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o uno de los profetas. Él les dijo: Vosotros, ¿quién decís que soy yo? Simón tomó la palabra y dijo: Tú eres el Mesías, el hijo del Dios vivo. Jesús le respondió: Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque eso no te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta pierda edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del Reino de Dios, y lo que ates en la Tierra quedará desatado en los Cielos. Entonces ordenó a sus discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.” (Mateo, XVI, 13-20).

La Religión está para la inmortalidad como el cuerpo para el alma. No hay cuerpo sin alma, ni puede haber Religión sin Inmortalidad; por eso todas las “religiones” en vez de animar, agreden y niegan los fenómenos, los hechos de la Inmortalidad, no pasan de ser espectros, de fantasmas cubiertos con el manto de la Religión, pero que, en verdad, son sombras de misticismo que se desvanecen a los primeros rayos de la Verdad.

Un cuerpo sin alma está muerto; una religión sin Inmortalidad es un cadáver embalsamado, que hoy o mañana será inhumado. La Religión es un cuerpo vivo de acción permanente en que el cerebro y el corazón proclaman las grandezas de la Inmortalidad. La Religión es la gran reveladora de la Vida en la Eternidad. La Religión es la reveladora; la Inmortalidad es la revelación. Nacidas a la misma vez, una complementa a la otra.

La Revelación es la Piedra sobre la cual edificó Cristo su Iglesia: super hanc petram edificado ecclesiam meam; la Inmortalidad es la revelación. La Religión de Jesús en tiempo alguno será destruida, porque dijo el Maestro y Señor: Mi palabra no pasará”. Mateo, V, 18: Donec transeat coelum et terra, iota unum, aut unus apex non praeteribit a lege, donec ovni fiant. (Vulgata). La Religión de Jesús tiene su fundamento en la inmortalidad; su Palabra es de Vida Eterna. Las “religiones” del mundo son productos de los concilios y propiedades de los sacerdotes. La Religión de Jesucristo nació de la Revelación, se creó en la Revelación, vive y vivirá animada por los influjos vivificantes de la Revelación; la Revelación es su luz, su calor, su vida; por eso ella ha permanecido y permanecerá por todos los siglos de los siglos. No hay Religión sin Inmortalidad, ni Inmortalidad sin Religión.

La verdadera Religión tiene la obligación de demostrar la Inmortalidad, porque la Inmortalidad es su base inalterable. Así como el cuerpo exterioriza y proclama la existencia del alma que le da vida; así como las “sombras” se manifiestan en los ares y los “dioses” descienden a la Tierra para responder a las llamadas de la Inmortalidad, que les hacen los hombres, la Religión ha de aceptar, ha de refrendar, ha de inculcar, ha de propagar la verdad de las manifestaciones de los Espíritus que son los Reveladores de la Revelación.

La Religión de Jesús tiene por base la Revelación. Cuando Simón Pedro dijo, respondiendo a Jesús, “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios Vivo”, Jesús lo llamó bienaventurado porque MI PADRE QUE ESTÁ EN LOS CIELOS TE LO REVELÓ”, y añadió: super hanc petram edificabo ecclesiam meam, es decir, sobre la Revelación edificaré mi Iglesia (*). La Religión de Cristo es la sublime escalinata que une la vida de la Tierra a la vida del Cielo. A su luz deben caminar todas las almas, porque sólo ella es el Cielo de nuestras cariñosas esperanzas, y la esperanza de nuestra felicidad eterna.

(*) Ver: El Diablo y la Iglesia.

Cairbar Schutel
Extraído del libro “Parábola y Enseñanza de Jesús “

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