Indeseable inquilino

En la obsesión simple el obsediado permanece en pleno uso de sus facultades mentales, conservando el discernimiento.

Reconoce que su conducta es irregular, no es raro, ridícula, como lavar repetidamente las manos o comprobar hasta la extenuación si cerró la puerta o desenchufó un aparato eléctrico.

La fascinación es más envolvente. Desarrollada por hábiles obsesores, estos no se limitan al bombardeo de ideas infelices. Actuando con sutileza e inteligencia, tratan de convencer al obsediado de las fantasías que le sugieren. Es como si le colocasen gafas con lentes desajustadas, confundiéndole la visión. Eso establece una diferencia fundamental entre los dos tipos de envolvimiento: En la obsesión simple el obsediado sabe que está equivocado en los absurdos en que incurre.

En la fascinación él no tiene ninguna duda de que está absolutamente en lo cierto. Una comparación con la terminología médica: La victima de la obsesión simple se sitúa en una neurosis.

Neurótico es aquel ciudadano dominado por insuperables preocupaciones. Sabe que dos más dos son cuatro. Sin embargo, se duda sobre la posibilidad de no ser ese el resultado.

– ¿Y si fuera cinco?

Perderá mucho tiempo en esa “transcendente” cuestión.

Psicótico es aquel individuo que no guarda ninguna duda en cuanto al resultado de aquella operación:

– ¡Dos más dos hacen cinco!

Se apartó de la realidad.

Desenchufó el desconfiómetro.

Dice Jerome Lawrenee, dramaturgo norteamericano:

El neurótico construye un castillo en el aire.

El psicótico vive en él.

Y acentúa, mordaz, refiriéndose a las sesiones terapéuticas:

El psiquiatra cobra el alquiler.

En las dos formas de envolvimiento espiritual el obsesor se sitúa como funesto arrendatario de nuestra casa mental. Nos paga indeseable alquiler de inquietudes y desajustes.

Richard Simonetti
Del libro “¿Quién tiene miedo de la obsesión?
Traducido por R Bertolinni.

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