Terapia mosaica

Situar la Medicina como bendecido instrumento en favor de la salud humana es, como resaltaría Nelson Rodrigues, el controvertido dramaturgo brasileño, el “obvio ululante”

La gran dificultad es que los médicos, con raras excepciones, se vinculan al materialismo. Se muestran, por eso, incapaces de diagnósticos, pronósticos y terapias más acertadas. Ignoran que muchos males de los pacientes tienen origen espiritual, relacionándose con desajustes de vidas pasadas y presiones obsesivas de la vida presente.

Según la óptica sarcástica de Voltaire, “Recetan medicinas que saben poco para enfermos que saben aun menos, a personas que no saben nada.”

Principalmente en el campo psíquico se multiplican escuelas psicológicas y psicoanalíticas, lideradas por profesionales respetables que teorizan a partir de especulaciones. Les falta una visión amplia del universo interior del ser humano, con sus experiencias milenarias, contaminadas, no es raro, por desastrosos compromisos con el vicio y la rebeldía, la agresividad y el crimen.

Divagaban los científicos cuando pensaban en las razones por las cuales los objetos caen cuando pierden la sustentación, hasta que Newton anunció la Ley de la Gravitación Universal.

Divagan los médicos cuando intentan definir porque las personas “caen”, en los abismos de las enfermedades mentales, por desconocer leyes anunciadas por Allan Kardec, como Causa y Efecto, Reencarnación, Sintonía Mediúmnica, que instruyen nuestra evolución.

Lo más lamentable es que cada terapeuta tiende a interpretarlo a su manera, por la óptica de sus limitaciones y desajustes, determinados principios de la escuela a que se afilian, con la orientación dudosa y comprometedora.

Un paciente se sometió durante algunos meses a sesiones semanales de análisis. El psicoterapeuta enfatizaba:

Emoción reprimida produce enfermedad. Es preciso “explotar” para fuera para no “implosionar” por dentro. Si lo ofenden, responda con la misma moneda. Grite con quien levante la voz. No lleve insolencias para casa, no se incline nunca a los maleducados.

A título de ilustración voy a contarle una experiencia de carácter personal. Cierta vez encargué muebles a un fabricante. Pagué una entrada de un veinte por ciento. Había un plazo para la entrega. No fue cumplido. Atraso de más de tres meses. Desistí de la compra y pedí la devolución del dinero. El fabricante lo rechazó y quería reajustar el precio. Discutimos. Casi nos atracamos. Me contuve, prometiéndome a mí mismo que pagaría por los inconvenientes.

A la mañana siguiente pasé por la fábrica. En frente había un “exposición” con una amplia vitrina. Pregunté al joven que atendía.

– ¿El jefe está?

– No señor.

– ¿No hay nadie?

– Solo yo.

Era lo que yo esperaba. Me acerqué y con la punta del paraguas apliqué un violento golpe en la vitrina, que se hizo pedazos.

– Diga al jefe que estuve aquí. Acabo de cobrar parte de su deuda.

Pasadas algunas semanas. Volví. Me recibió la misma trabajadora. Estaba aterrorizada.

– Cálmate. Solo quiero solucionar un negocio con tu jefe.

– Él no está.

– ¡Bien!

Repetí la “operación”. La vitrina se rompió.

– Diga a aquel descarado que el resto de la deuda fue cobrado.

¡Increíble! Un “psicoanálisis mosaico”: ojo por ojo, diente por diente. Mucha gente hace periodos indeseados en las prisiones por resolver así sus problemas. Hay un gran paso a ser dado por las ciencias psicológicas, sin lo que nunca sobrepasarán estrechos límites, encaminando, no es raro, por tortuosos caminos.

Se trata de reconocer la existencia de una personalidad inmortal, el Espíritu, en jornada de progreso a través de múltiples existencias en la carne, en una gigantesca batalla contra sus propias imperfecciones. Esa realidad está admirablemente sintetizada en la máxima atribuida a Allan Kardec:

“Nacer, vivir, morir, renacer aún y progresar siempre, tal es la ley”

Prodigios serán realizados en favor de la salud humana cuando la comunidad médica descubra el Espíritu.

Richard Simonetti
Del libro “¿Quién tiene miedo de la obsesión?
Traducido por R Bertolinni.

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