Autocritica de un reformador

Guárdeos Dios, hermanos: Se me ha permitido venir a vosotros para referiros una fase de una vida mía, la cual dejó huella imperecedera entre la humanidad, porque los grandes acontecimientos de la tierra se perpetúan y se transmiten de generación en generación, cuando están basados en las verdades religiosas, científicas o artísticas. Sabéis que está decretado que el hombre muera y después sea juzgado, y yo pregunto: ¿Qué nos pasa a todos una o dos horas después de haber «muerto»? ¿Qué hace el espíritu? ¿Cómo se desenvuelve? ¿Cómo actúa para desembarazarse de la nebulosa que le envuelve y poder definirse a sí mismo? Vosotros y nosotros conocemos que esta situación varía en armonía con la conducta llevada a cabo en aquella encarnación. Os voy a contar la mía, si no os resulta insustancial y monótona.

—No, hermano, te oiremos con mucho gusto.

—Encarné en épocas turbulentas, confusiones políticas, enfrentamientos de ideas, anormalidades de gran volumen en las religiones. Predominaba por doquier la injusticia y la tiranía de los poderosos hacia los débiles. Cuando se decía la verdad se pecaba y cuando se faltaba a ella se festejaba y aceptaba como acontecimientos verdaderos. Para desenvolverse con alguna libertad y seguridad había que lanzarse a la religión, y unas veces por esta conveniencia, otras por la mayor facilidad de adquirir conocimientos y las menos por deseo de hacerse religiosos, se ingresaba en estas congregaciones. Entre estos últimos me encontraba yo. Durante mis estudios religiosos observaba que nuestros procedimientos, nuestra forma exterior de manifestarnos, nuestros consejos, predicaciones y todo estaban basados en un temple falso. Como la humanidad no tenía la suficiente libertad para estudiar y pensar se acogían a lo que les era más cómodo y seguro: cooperar hipócritamente con los que predicábamos lo que no sentíamos. Sin que yo me lo pudiera explicar, durante mis ratos de estudio y análisis notaba que mi pensamiento se marchaba y veía, sentía o recibía sensaciones muy extrañas ajenas a mi voluntad y muy superiores a mi conocimiento. A medida que pasaba el tiempo se afianzaba más en mí la convicción de que falseábamos la verdad con aquellas representaciones, aquellos lujos y aquella forma de llevar la fe de Cristo a los creyentes.

Sin exteriorizar mis pensamientos, en mis ratos de recogimiento me dedicaba a estudiar y analizar detenidamente los libros sagrados, impregnándome de los pensamientos de aquellas profundas enseñanzas y llegué a la conclusión de que yo no debía continuar haciendo prácticas y representaciones litúrgicas que estaban en contra de cuanto nos enseñaban aquellos libros tan inspirados. Debía y tenía que venir la luz a la humanidad, como Cristo proclamó. Debía y tenía que difundirse el verdadero sentido de aquellas enseñanzas. Para ello lo primero que hice fue renunciar a continuar practicando aquellas pantomimas ridículas que hacíamos con la religión. Comprendí que yo había sido preparado e inspirado para realizar la transformación que exigía la verdadera religión, explicando cuanto había de verdad, de inspiración y de mensaje en los libros sagrados para la evangelización de la humanidad, porque aquellos hombres que habían escrito aquellos libros sagrados debían haber tenido un contacto o comunicación con Dios para manifestar tanta verdad, tanto amor y tanta ciencia —entre ellos el Maestro Jesús—, pues eran revelaciones tan elevadas y tan rigurosamente ciertas que siempre estarán de actualidad.

Comprendí la superioridad de Jesús sobre todos los enviados que habían venido a la tierra, porque ninguno, por mucha grandeza y enseñanzas que nos hubieran proclamado, ninguno resucitó, y el resucitar Jesús solamente es por lo que se dio cuenta mi alma que era el enviado de Dios y que había que llevar a la práctica la esencia de su doctrina, modificando aquellos torcidos sistemas y diciendo a todos la verdad, costara lo que costara. Cuando se dice la verdad no hace falta el alimento físico; solamente hace falta la valentía de decirla, sostenerla y defenderla. Entonces, con argumentos firmes, propósitos nobles escudados por la protección Divina, y tomando los caminos rectos de la fe, iluminados con la verdad, proclamé mi Gran Reforma. Y todo esto viene a enteraros en lo que os he dicho al principio: ¿Qué pasará una o dos horas después de la «muerte»? Yo me creí que la mía sería muy dichosa porque a la muerte no le temía y esperaba una luz muy distinta, una trayectoria más breve y una situación desembarazada con gran alegría por la libertad del alma cuando deja el cuerpo. Pues no fue así, porque toda esa grandeza de mi obra, toda esa valentía y especificación de los libros sagrados, que dio lugar a esa evangelización para los tiempos constituyó en mi alma un defecto imborrable: un orgullo inmenso, una creencia de que únicamente mi talento y mi solo esfuerzo habían conseguido aquella magna y grandiosa obra de la reforma tan necesaria. Y como a otros muchos espíritus esclarecidos, que no cumplieron con exactitud la misión divina que Dios les encomendó y se creyeron infalibles y lo merecían todo por haberse distinguido entre la humanidad, al dejar el mundo material, ese engreimiento, vanidad u orgullo, dificultó grandemente mi desprendimiento o tránsito.

Es por esto que vuestros hermanos guías, con mucha razón, siempre os recomiendan que seáis sencillos, humildes y que jamás deis cabida a la vanidad u orgullo, porque estos defectos nos retrasan y difieren en nuestro progreso espiritual. Es muy difícil, hermanos míos, cumplir con exactitud lo que hemos pedido y pagar lo que dejamos por saldar en anteriores reencarnaciones. Cuando el espíritu es dueño de su libertad y observa a esas grandes entidades espirituales, esos mentores que dirigen mundos, como el Maestro Jesús (que los vemos a la manera que se pueden ver), y a otros de menor elevación, pero con mucha luz, cómo trabajan y cómo cooperan al engrandecimiento universal, el deseo de llegar pronto a su altura nos hace que pidamos trabajos, esfuerzos, dolores, lágrimas y enfermedades que luego no somos capaces de cumplir. Y ese defecto, esa falta de cumplimiento en lo pedido y concedido nos hace que esa separación de la materia a que hemos hecho referencia sea más o menos breve, penosa, difusa o lumínica. Saber también que los lazos que más atan al mundo terrenal son los que se crean por la ansiedad del poder del dinero, de la posesión de bienes, pues cuando introducimos el oro en el cofre introducimos también nuestro corazón, nuestros sentimientos y la libertad de nuestra alma. Nada más, queridos hermanos.

—Hermano: ¿tienes la bondad de decirnos cómo te llamaste en esa existencia?

—Ya habréis comprendido cuál fue mi nombre, tan ligado a la gran reforma: Martin Lutero.

—Buenas noches y que Dios nos bendiga.

Extraído del libro “Desde la otra vida”

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