La existencia del alma

Todas las religiones son acordes en cuanto al principio de la existencia del alma, sin que, no obstante, lo demuestren. No lo son, a pesar de eso, ni en cuanto a su origen, ni con relación a su pasado y a su futuro ni, principalmente, y eso es lo esencial, en cuanto a las condiciones de que depende su suerte venidera.

En su mayoría, ellas presentan, del futuro del alma, y lo imponen a la creencia de sus adeptos, un cuadro que solamente la fe ciega puede aceptar, visto que no soporta examen serio. Unido a sus dogmas, a las ideas que en los tiempos primitivos se hacían del mundo material y del mecanismo del Universo, el destino que ellas atribuyen al alma no se concilia con el estado actual de los conocimientos. No pudiendo, pues, sino perder con el examen y la discusión, las religiones creen más simple proscribir una y otra. De esas divergencias en lo tocante al futuro del hombre nacieron la duda y la incredulidad. Pero, la incredulidad da lugar a un penoso vacío.

El hombre encara con ansiedad lo desconocido en el que tiene fatalmente que penetrar. Lo hiela la idea de la nada. Le dice la conciencia que alguna cosa le está reservada para más allá del presente. ¿Qué será? Su razón, con el desarrollo que alcanzó, ya no le permite admitir las historias con que lo abrigaron en la infancia, ni aceptar como realidad la alegoría. ¿Cuál es el sentido de esa alegoría? La Ciencia le rasgó un canto del velo; no le reveló, no obstante, lo que más le importa saber.

Él interroga en vano, nada le responde ella de manera decisiva y apropiada para calmarle las aprensiones. Por todas partes se depara con la afirmación de chocarse con la negación, sin que ni de un lado o de otro se presenten pruebas positivas. De ahí la incertidumbre y la incertidumbre sobre lo que concierne a la vida futura, hace con que el hombre se tire, tomado de una especie de frenesí, para las cosas de la vida material. Ese es el inevitable efecto de las épocas de transición: se desmorona el edificio del pasado, sin que todavía el del futuro esté construido. El hombre se semeja al adolescente que, ya no habiendo la creencia ingenua de sus primeros años, todavía no posee los conocimientos propios de la madurez. Apenas siente vagas aspiraciones, que no sabe definir.

Del Libro: “Génesis” – Capítulo IV – Ítems 13 y 14
Allan Kardec

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