Alucinógenos, toxicomanía y locura

De entre las obligaciones infelices que desorganizan la economía social y moral de la Tierra actual, las drogas alucinógenas ocupan lugar destacado, considerando la facilidad con que dominan a las generaciones nuevas, estrangulando las esperanzas humanas en relación con el futuro.

Paisaje humano triste, sombrío y avasallador, por los miasmas venenosos que destilan los grupos vencidos por el uso desreglado de los tóxicos, constituye evidencia del engaño a que se permitirán los educadores del pasado: padres y maestros, sociólogos o éticos, filósofos o religiosos.

Cultivando y difundiendo el hábito de los estupefacientes entre pueblos debilitados por la miseria económica y moral, fue adoptado por la Civilización Occidental cuando el éxito de las conquistas tecnológicas no consiguió llenar las lagunas habidas en las aspiraciones humanas, más amplia y profunda integración en los objetivos nobles de la vida.

Más preocupado con el cuerpo que con el espíritu, el hombre moderno se dejó sumergirse por la comodidad y placer, deparando, inesperadamente, el vacío interior que le resulta amarga decepción, después de las secundarias conquistas externas.

Acostumbrado a las sensaciones fuertes, pasó a experimentar dificultad para adaptarse a las sutilezas de la percepción psíquica, de lo que resultarían adquisiciones relevantes promotoras de plenitud íntima y realización transcendente.

Encuadrados, no obstante, programados por comparación externa de valores objetivos, se preocuparon poco los encargados de la Educación en penetrar la problemática intrínseca de los seres, a fin de, identificando los inicios de las inquietudes en el espíritu inmortal, son olvidados los efectos dañinos y atormentadores que se exteriorizan como desespero y angustia.

Estimulado por el recelo de enfrentar dificultades, o motivado por la curiosidad consecuencia de la falta de madurez emocional, se inicia el hombre en uso de estimulantes, siempre de efectos tóxicos, a que se entrega, inerme, dejándose arrastrar desde entonces, vencido y desdichado.

No bastasen la liviandad e intemperancia de la mayoría de las víctimas potenciales de la toxicomanía, se propagan los traficantes infelices que se encargan de reunir victimas que se les someten al comercio nefando, aumentando, cada hora, los índices de los que sucumben irrecuperables.

La mala prensa, orientada casi siempre de manera perturbadora, por personas atormentadas, colocada para esclarecer el problema, gracias a la falta de valor y de mayor conocimiento de la cuestión por no cubrirse sus responsables de la necesaria seguridad moral, han contribuido más para tornarlo natural que para liberar los esclavizados que no son alcanzados por los “slogans” retumbantes, vacíos de los mensajes, sin efecto positivo.

El cine, la televisión, el periodismo dan destaque innecesario a las tragedias, aumentan la carga de las informaciones que llegan voraces a las mentes débiles, desorientándolas sin confortarlas, empujándolas para las fugas espectaculares a través de enredos de los tóxicos y de otros procesos corruptibles ahora en boga…

Líderes de la comunicación, ases del arte, de la cultura, de los deportes no se avergüenzan de revelar que usan estimulantes que los mantienen en el ápice de la fama, y, cuando caen, en estúpidas escenas de autodestrucción consciente o inconsciente, son transformados en modelos dignos de imitados, lanzados como prototipos de la nueva era, vendiendo las imágenes que enriquecen los que sobreviven, de cierto modo causadores de su desgracia…

No pequeño número, incapaz de proseguir, apaga las luces de la gloria mentirosa en las cavernas inmundas para donde huye: presidios, manicomios, cunetas, allí expiando, alucinado, la liviandad que lo mortificó…

Las mentes jóvenes sin preparación para las realidades de la guerra que estremece en todo lugar, en los países distantes y en las playas próximas, como en los intrincados dominios del hogar donde se desarrolla la violencia, la falta de respeto, el desamor se lanza, voluptuosas, insaciables, al placer huidizo, a la dicha de un minuto en detrimento, afirman, de la angustiosa expectativa demorada de una felicidad que tal vez no disfrutan…

Fijándose en las estructuras muy sutiles del periespíritu, en proceso vigoroso, los estupefacientes desagregan la personalidad, ya que producen en la memoria anterior la liberación del subconsciente que invade la consciencia actual con las imágenes torpes y deletéreas de las vidas pasadas, que la misericordia de la reencarnación hace yacer adormecidas…

De incursión en incursión en el conturbado mundo interior, se desorganizan los comandos de la consciencia, arrojando al viciado en las oscuras trampas de la locura que los absorbe, desarticulando los centros del equilibrio, de la salud, de la voluntad, sin posibilidad reversible, por la dependencia que el propio organismo físico y mental pasa a sufrir, irresistiblemente…

Se hace la apología de unos alucinógenos en detrimento de otros, y se explica, que pueblos primitivos de ayer y restantes de hoy utilizan y usan algunos vegetales portadores de estimulantes, para experiencias paranormales de incursión en el mundo espiritual, olvidándose que el ejercicio psíquico por la concentración consciente, meditación profunda y oración llevan a resultados superiores, sin las consecuencias dañinas de los recursos alucinatorios.

La casi totalidad que busca desarrollar la percepción extrasensorial, a través del uso de estupefacientes, encuentra en sí mismo la “esencia” del pasado espiritual que se transforma en fantasmas, cuyas reminiscencias asoman y persisten, pasada la experiencia, imponiéndose poco a poco, mirando a la desarmonización mental del neófito irresponsable.

Vale, aun, recordar, adversarios desencarnados, que se demoran acechando a sus víctimas, utilizándose de los sueños y viajes para surgir en la mente del viciado, en el aspecto perverso en que se encuentran, causando pavor y fijando matrices psíquicas para las futuras obsesiones en que se llenarán emocionalmente, familias de la infelicidad en que se transforman.

La educación moral a la luz del Evangelio sin disfraces ni distorsiones; la concientización espiritual sin alardes; la libertad y la orientación con bases en la responsabilidad; las disciplinas morales desde temprano; la vigilancia cariñosa de los padres y maestros cautelosos; la asistencia social y médica en contribución fraternal constituyen antídotos eficaces para el aberrante problema de los tóxicos, autoflagelo que la humanidad está sufriendo, por haber cambiado los valores verdaderos del amor y de la verdad por los comportamientos irrelevantes como insensatos de la frivolidad.

El problema, por tanto, es de educación en la familia cristianizada, en la escuela ennoblecida, en la comunidad honrada y no de represión policial…

Si eres joven, no te engañes, contaminándote, frente a la suposición de que la cura se da fácilmente.

Si atraviesas la edad adulta, no te concedas sueños y vivencias que pertenecen a la infancia ya pasada, ansiando por placeres que terminan ante la fuga y engañosa durabilidad del cuerpo.

Si eres maestro, orienta con elevación abordando la temática sin preconcepto, pero con seriedad.

Si eres padre o madre no pienses que tu hogar se pueda librar. Observa el comportamiento de los hijos, mantente, atento, cuida de ellos desde antes de la intromisión y del comportamiento en los balanceos de los estupefacientes y alucinógenos, en cuya oportunidad puedes ayudarlos y preservarlos.

Si, pues, te sorprendieras con el drama que se adentró en el hogar, no huyas de él, procurando ignorarlo en convivencia de ingenuidad, ni te rebeles, asumiendo actitud hostil.

Conversa, esclarece, orienta y asiste a los que se hayan tornado víctimas, procurando los recursos competentes de la Medicina como de la Doctrina Espirita, a fin de conseguir la reeducación y la felicidad de aquellos que la Ley Divina te confió para la tuya y la felicidad de ellos.

Joanna de Ângelis
Médium Divaldo Franco
Extraído del libro “S.O.S Familia”
Traducido por R Bertolinni.

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