Fatalidad y destino

Fatalidad y destino son dos términos que se emplean, a menudo, para expresar la fuerza determinante e irrevocable de los acontecimientos de la vida, así como el arrastre irresistible del hombre para tales sucesos, independientes a su voluntad.  ¿Estaríamos nosotros, realmente, a merced de esa fuerza y de ese arrastre? Razonemos: Si todas las cosas estuviesen previamente determinadas y nada se pudiese hacer para impedirlas o modificar su curso, la criatura humana sería una simple máquina, sin libertad y enteramente irresponsable.

En consecuencia, los conceptos del Bien y del Mal quedarían sin base, anulando todo y cualquier principio dictado por la Moral. Ahora, es evidente que, casi siempre, nuestras decepciones, fracasos y tristezas ocurren, no por nuestra “mala estrella”, como creen los supersticiosos, sino pura y simplemente por nuestra manera errónea de proceder, de nuestra falta de aptitud para conseguir lo que ambicionamos, o por una expectativa exageradamente optimista sobre lo que este mundo nos pueda ofrecer. Debemos reconocer, entretanto, que, aunque gran parte de aquello que nos ocurre sean consecuencias naturales de hechos conscientes o inconscientes practicados por nosotros, o por otros, con o sin la intención de alcanzarnos, existen vicisitudes, disgustos y aflicciones que nos alcanzan sin que podamos atribuirles una causa inteligente, dentro de los cuadros de nuestra existencia actual.

Sírvannos de ejemplo ciertos accidentes personales, determinadas enfermedades y lesiones, desastres financieros absolutamente imprevisibles, que ninguna providencia nuestra o de quien quiera que sea hubiera podido evitar, o el caso de personas duramente heridas en sus afectos o cuyos crueles reveses no dependieron de su inteligencia, ni de sus esfuerzos.

Las doctrinas que niegan la pluralidad de las existencias, imposibilitadas de presentar una explicación satisfactoria para esa importante cuestión, se limitan a decir que los designios de Dios son inescrutables, o recomiendan paciencia y resignación a los desgraciados, como si eso fuese suficiente para saciar la sed de las mentes investigadoras y tranquilizar los corazones heridos por el dolor. La Doctrina Espírita, al contrario, con la clave de la reencarnación, nos hace comprender claramente el por qué de todos los problemas relacionados con nuestra supuesta “mala suerte”.

Los acontecimientos que nos hieren y amargan, en el cuerpo o en el alma, sin causa inmediata y remota en esta vida, lejos de constituirse azares de la fatalidad o caprichos de un destino ciego, son efectos de la Ley de Retorno, por la cual cada uno recibe de vuelta aquello que ha dado. En anterior (es) existencia (s), tuvimos la facultad de escoger entre el amor y el odio, entre virtud y vicio, entre la justicia y la iniquidad; ahora, sin embargo, tenemos que sufrir, inexorablemente, el resultado de nuestras decisiones, porque “la siembra es libre, pero la cosecha es obligatoria”. Cuando no es así, las dificultades y los sufrimientos por los que pasamos forman parte de las pruebas escogidas por nosotros mismos, antes de reencarnarnos, con el objetivo de desarrollar cualquier buena cualidad de la que aún nos resentimos, activando, de ese modo, nuestro perfeccionamiento, a fin de merecer el acceso a planos más felices donde la paz y la armonía reinan soberanamente.

En resumen, algunas circunstancias graves, capaces de proporcionar nuestro progreso espiritual, pueden, sí, ser fatales; pero ya vimos que somos nosotros mismos, en el ejercicio del libre albedrío, que generamos sus causas determinantes. Nuestro presente no es más, por tanto, que el resultado de nuestro pasado, así como nuestro futuro está siendo construido ahora, por los pensamientos, palabras y acciones de cada momento. Tratemos, entonces, de dignificar nuestra presencia en la faz de la Tierra, actuando siempre de conformidad con las leyes divinas, para que nuestras amarguras de hoy se transformen, mañana, solamente en bendiciones y alegrías, bienestar y tranquilidad.

(Cap. X, preg. 851 y siguientes)

Rodolfo Calligaris
Extraído del libro “Según la filosofía Espírita”

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