Frutos de delincuencia

El delincuente debe siempre ser considerado un espíritu enfermo, padeciendo imposiciones alienantes que lo llevan al delito.

No obstante, cumple a la sociedad el deber de permitirle la reeducación y el tratamiento, cuando cogido en los enredos de la Ley.

Apartarlo de la convivencia social, trabajando por su rehabilitación, a fin de que se transforme en ciudadano útil, que contribuya para el progreso de la Humanidad, como a la propia evolución moral, es deber impostergable de cuantos modelan la vida por los códigos de ética y de dignidad.

Evitarse aplicar en el infractor los mismos procesos violentos de que él usa para alcanzar sus objetivos malsanos, constituye una actitud de civismo y cultura superiores.

Impedirse el uso de técnicas de la agresividad o de la corrupción, o los métodos de castigo físico, de la coerción moral, del lavado cerebral, significa utilización de la justicia que se propone alzar al infeliz, aunque implícitamente aplicándole las penalidades que funcionan, como terapia rectificadora y edificante.

El delincuente no siempre se origina de los sórdidos guetos y favelas, donde fermenta el caldo de cultura de la desagregación de la personalidad, lugares de fomento al crimen debido a los factores socio-morales y económicos que aprietan y alucinan los que allí se encuentran, sino de muchas otras comunidades y hogares dignamente constituidos.

Crimines repulsivos y hediondos, agresiones indignas y homicidios dantescos, hurtos y robos acompañados de violaciones y lamentables perversidades, luchas físicas y chantajes impiedosos, lenocinios y vicios toxicómanos presentan altas y alarmantes tasas de delincuencia, que ahora asolan a la Tierra y destruyen multitudes en desespero…

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Delante, no obstante, de delincuentes de tal índole, intenta el amor fraternal, respondiéndoles la impiedad con la onda positiva de que el amor se hace portador.

No obstante, si el amor aun no domina tus sentimientos, al punto de facultarte la reacción no agresiva, ungiéndote de compasión, y la piedad diluirá la violencia que te asoma, alcanzando al infractor que te hiere, apagando las marcas de resentimientos, que persiste en esculpir en tu interior como deseo de venganza.

No son, pues delincuentes, solamente, aquellos que se arman de agresividad, y, locos, diseminan el miedo, el crimen brutal, insensatamente.

Delinquen, también, los que explotan la ingenuidad de los jóvenes, arrojándolos en los antros de perdición; los que usurpan las parcas monedas del pueblo, en el comercio abusivo de mercaderías de primera necesidad; los profesionales liberales, que anestesian la dignidad, falseando el juramento que hicieron de prometer servir y honrar al sacerdocio que abrazan, indiferentes, pues, a los problemas de los clientes, postergando sus soluciones a costa de largas sumas con que construyen sólidas fortunas, a pesar de transitorias; los que esparcen olas de inquietud, urdiendo tramas que inducen a otros partidarios de emoción afectada; los que traen los afectos que les dedican confianza y respeto; los malos administradores, que malversan los valores públicos y de ellos se utilizan a beneficio propio, de sus competidores e iguales; los que conspiran, disimuladamente, contra las obras beneméritas y de amor, y muchos, muchos otros que son colocados como dignos de buen concepto y que, ciertamente, no caerán incursos en las legislaciones humanas, porque disfrazados de hombres justos, bien aceptados y acatados…

Ellos, sin embargo, saben de las propias culpas, que disimulan con habilidad.

La consciencia despertará, por más que tarde en convivencia con la mala aplicación de los recursos de la inteligencia y de la salud de que son dotados.

No lograrán huir de sí mismos, ni se liberarán de los conflictos que se les instalarán en el alma.

Resguárdate del contagio de la delincuencia, preservando tus valores morales, incluso que sean de pequeña monta; tu posición social, aunque no tenga destaque público; tu situación económica, a pesar de caracterizada por la pobreza; tus aspiraciones, incluso que de pequeño porte, uniéndote en pensamiento, al compromiso del bien, que se irradia del Cristo, que programó para el hombre y la Tierra, en nombre del Padre, la felicidad y la armonía, a través de métodos de dignificación, únicos además, que compensan en profundidad y permanencia.

Los frutos de la delincuencia son la locura de largo porte, el sufrimiento sin comodidad, el suicidio, la muerte violenta, nefasta.

Vive, de ese modo, las directrices del Evangelio y nunca te olvides que, al enfrentar a un delincuente, sea en cualquier circunstancia, será mucho mejor ser su víctima que su verdugo, conforme el propio Maestro nos enseñó con el ejemplo en la Cruz.

Joanna de Ângelis

Médium Divaldo Franco
Extraído del libro “S.O.S Familia”
Traducido por R Bertolinni.

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