Donde el reposo

“Jesús extendió la mano y le tocó, diciendo: Quiero; sé limpio…” (Mateo, 8:3)

¡Manos extendidas!…

Cuando estés meditando y orando, recuerda que todas las grandes ideas se derramaron, a través de los brazos, para concretizar las buenas obras.

Ciudades que honran la civilización, industrias que sustentan al pueblo, casa que alberga la familia, tierra que produce son garantizadas por el esfuerzo de las manos.

Médicos ofrecen largo tiempo en estudio para la conquista del título que les da el derecho de orientar al enfermo; sin embargo, viven extendiendo las manos en el amparo a los enfermos.

Educadores se sumergen varios lustros en la corriente de las letras adquiriendo la ciencia de manejarlas, con todo gastan parte de la existencia extendiendo las manos en el trabajo de la escritura.

Cada reencarnación de nuestro espíritu exige brazos abiertos del regazo maternal que nos acoge.

Toda comida, para surgir, pide brazo en movimiento.

Cultivemos la reflexión para que se nos aclare el ideal, sin abandonar el trabajo que en él lo realiza.

Jesús, aunque pudiese representarse por millones de mensajeros, escogió venir él mismo hasta nosotros, colocando manos en el trabajo, de preferencia en dirección a los menos felices.

Pensemos en Él, el Señor.

Y toda vez que nos sentimos cansados, suspirando por reposo indebido, recordemos que las manos del Cristo, después de socorrernos y levantarnos, lejos de encontrar apoyo para reposar, fueron clavadas en el tronco del sacrificio, de lo cual, a pesar de escarnecidas y golpeadas, aun se despidieron de nosotros, entre la palabra del perdón y la serenidad de la bendición.

Espíritu Emmanuel
Médium Francisco Cándido Xavier
Del libro ¡Sígueme!

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