La indulgencia

Espiritistas, hoy queremos hablaros de la indulgencia, de este sentimiento tan dulce, tan fraternal que todo hombre debe tener para con sus hermanos, pero que muy pocos practican. La indulgencia no ve los defectos de los otros, o si los ve se guarda de hablar de ellos o de divulgarlos; por el contrario, los oculta con el fin de que sólo él los conozca; y si la malevolencia los descubre, siempre tiene a mano una excusa para paliarlos, es decir, una excusa plausible, formal y nada tiene de aquellas que queriendo atenuar la falta, la hacen resaltar con pérfida maestría.

La indulgencia nunca se ocupa de los actos malos de los demás a menos que no sea para hacer un favor, y aun así tiene cuidado de atenuarlos tanto como le es posible. No hace observaciones que choquen; ni tiene reproches a mano, sino consejos, lo más a menudo disfrazados. Cuando criticáis, ¿qué consecuencias deben sacarse de vuestras palabras? Vosotros los que vituperáis, ¿no habréis hecho tal vez lo que reprocháis, valdréis, acaso, más que el culpable? ¡Oh, hombres! ¿cuándo juzgaréis por vuestros propios corazones, vuestros propios pensamientos, vuestros propios actos, sin ocuparos de lo que hacen vuestros hermanos? ¿Cuando no abriréis vuestros ojos severos sino para vosotros mismos?

Sed, pues, severos para con vosotros e indulgentes para con los demás. Pensad en el que juzga sin apelación que ve los pensamientos secretos de cada corazón y que por consiguiente, excusa muy a menudo las faltas que vosotros vituperáis, o condena lo que excusáis, porque conoce el móvil de todos los actos y porque vosotros, que gritáis tan alto ¡anatema!, quizás habéis cometido faltas más graves.

Sed indulgentes, amigos míos, porque la indulgencia atrae, calma, corrige; mientras que el rigor desalienta, aleja e irrita.

(José, espíritu protector, Bordeaux 1863).

Sed indulgentes para con las faltas de los otros, cualesquiera que sean; sólo debéis juzgar con severidad vuestras acciones, y el Señor usará de indulgencia con vosotros, así como vosotros la habréis usado para con los demás. Sostened a los fuertes animándoles a la perseverancia; fortificad a los débiles enseñándoles la bondad de Dios, que toma en cuenta el menor arrepentimiento; mostrad a todos el ángel del arrepentimiento extendiendo sus blancas alas sobre las faltas de los humanos, velándolas de este modo a los ojos de aquél que no puede ver lo que es impuro.

Comprended toda la misericordia infinita de vuestro Padre, y no os olvidéis jamás de decirle con vuestro pensamiento; y sobre todo con vuestros actos: “Perdonad nuestras ofensas así como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido”. Comprended bien el valor de esas sublimes palabras: no sólo su letra es admirable, sí que también la enseñanza que encierra. ¿Qué solicitáis del Señor cuando le pedís que os perdone? Es sólo el olvido de vuestras ofensas, olvido que os deja en la nada, porque Dios se contenta con olvidar vuestras faltas, no castiga, “pero tampoco recompensa”.

La recompensa no puede ser el precio del bien que no se ha hecho y aun menos del mal causado, aun cuando este mal fuese olvidado. Pidiéndole el perdón de vuestras infracciones, me pedís el favor de sus gracias para no volver a caer en la falta y la fuerza necesaria para entrar en el buen camino, camino de sumisión y de amor en el que podéis añadir la reparación al arrepentimiento.

Cuando perdonéis a vuestros hermanos, no os contentéis con correr el velo del olvido sobre sus faltas; este velo es a menudo muy transparente a vuestros ojos; cuando les perdonéis, ofrecedles al mismo tiempo vuestro amor; haced por ellos lo que quisiérais que vuestro Padre celeste hiciere por vosotros. Reemplazad la cólera que mancha por el amor que purifica. Predicad con vuestro ejemplo esa caridad activa, infatigable, que Jesús os ha enseñado: predicadla como Él mismo lo hizo todo el tiempo que vivió en la tierra visible a los ojos del cuerpo, y como la ha predicado también sin cesar desde que sólo es visible a los ojos del espíritu. Seguid a ese divino modelo; no os apartéis de sus pasos; ellos os conducirán al lugar de refugio en donde encontraréis el reposo después de la lucha. Cargáos, como él, con vuestra cruz, y subid penosamente, pero con ánimo, vuestro calvario; en la cumbre está la glorificación.

(Juan, obispo de Bordeaux, 1862).

Queridos amigos, sed severos para con vosotros mismos e indulgentes para con las debilidades de los otros; también esto es una práctica de la santa caridad que muy pocas personas observan. Todos vosotros tenéis malas inclinaciones que vencer, defectos que corregir, costumbres que modificar, todos vosotros tenéis una carga más o menos pesada que depositar para subir a la cumbre de la montaña del progreso. ¿Por qué, pues, veis tanto para el prójimo, y sois tan ciegos para vosotros mismos? Cuándo, pues, cesaréis de advertir en el ojo de vuestro hermano una arista de paja que le hiere, sin mirar en el vuestro la viga que os ciega, y os hace marchar de precipicio en precipicio? Creed en vuestros hermanos los espíritus: Todo hombre bastante orgulloso para creerse superior en virtud y en mérito a sus hermanos encarnados es insensato y culpable, y Dios le castigará en el día de su justicia.

El verdadero carácter de la caridad, es la modestia y la humildad que consiste en no ver superficialmente los defectos para dedicarse a hacer volver lo que hay en el bueno y virtuoso; porque si el corazón humano es un abismo de corrupción, existe siempre en algunos de sus pliegues más escondidos, el germen de buenos sentimientos, chispa brillante de la esencia espiritual.

¡Espiritismo, doctrina consoladora y bendita; felices los que te conocen y se aprovechan de las saludables enseñanzas de los espíritus del Señor! Para ellos el camino es claro, y durante todo el viaje pueden leer estas palabras que les indican el medio de llegar al fin: caridad práctica, caridad de corazón, caridad para el prójimo como para sí mismo, en una palabra, caridad para todos y amor de Dios sobre todas las cosas, porque el amor de Dios resume todos los deberes y porque realmente es imposible amar a Dios sin practicar la caridad, de la que hace una ley para con todas sus criaturas.

(Dufétre, obispo de Nevers, Bordeaux).

“Si nadie es perfecto, ¿se sigue de esto que nadie tiene el derecho de corregir a su vecino?” Seguramente que no, puesto que cada uno de vosotros debe trabajar para el progreso de todos, y sobre todo de aquellos cuya tutela se os ha confiado; pero hay una razón para hacerlo con moderación, con un fin útil, y no como se hace la mayor parte de las veces por el placer de denigrar. En este último caso la censura es una maldad; en el primero es un deber que la caridad manda cumplir con toda prudencia posible, y aun la censura que se quiere hacer a otro, debe uno hacérsela a sí mismo al propio tiempo y preguntarse si también la merece.

(San Luis. París, 1860).

“¿Es uno reprensible por observar las imperfecciones de los otros cuando no puede resultar ningún provecho para ellos, aun cuando no las divulgue?” Todo depende de la intención; ciertamente no está prohibido ver el mal cuando el mal existe, y aun habría inconveniente en ver por todas partes el bien; esta ilusión perjudicaría al progreso. Lo malo es hacer recaer esta observación en detrimento del prójimo, desacreditándole, sin necesidad, en la opinión.

Sería también reprensible haciéndolo para complacerse a sí mismo en sus sentimientos de malevolencia y de alegría al encontrar a los otros en falta. Lo contrario sucede cuando echando un velo sobre el mal para el público, se limita uno a observarlo para su provecho personal, es decir, para estudiarse y evitar lo que se censura en los otros. Por lo demás, esta observación, ¿no es acaso, útil, al moralista? ¿Cómo pintaría los males de la humanidad si no estudiase los modelos?

(San Luis, París, 1860).

“¿Hay casos en que sea útil el descubrir el mal de otro?”

Esta pregunta es muy delicada, y aquí es cuando debe recurrirse a la caridad bien comprendida. Si las imperfecciones de una persona sólo dañan a ella misma, nunca hay utilidad en hacerlas conocer; pero si pueden ocasionar perjuicio a otro es menester preferir el interés del mayor número al interés de uno solo. Según las circunstancias, descubrir la hipocresía y la mentira, puede ser un deber, porque vale más que un hombre caiga que no que muchos vengan a ser su ludibrio y sus víctimas. En tal caso, se han de pesar las ventajas y los inconvenientes.

(San Luis. París, 1860).

Extraído de: “El Evangelio según el Espiritismo”
Allan Kardec

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