El bien que no fue hecho

“¿De qué sirve, hermanos míos, si alguien dice que tiene fe, pero no tiene obras? ¿Acaso puede esa fe salvarlo?” (Santiago, 2:14)

Extraña la norma del hombre cuando cree poseer las llaves de la Vida Superior simplemente por mantener la fe, como si bastase solo convicción para que se realice un trabajo determinado.

Comparemos fe y obras con la planta y las construcciones.

Sin plano adecuado no se levanta un edificio en líneas correctas.

Se nota, pues, que la deformación arquitectónica, improvisada sin plano, aun sirve, en cualquier parte, para albergar a los que viajan sin rumbo, y el proyecto más noble, sin concretización que le corresponda, no pasa de preciosidad geométrica sentenciada al archivo.

Un viajante transportará consigo vasta colección de croquis en los cuales se levantará toda una ciudad, pero si no dispone de una tienda para que se cobije durante el aguacero, de cierto que los diseños, a pesar de ser respetables, no impedirán que la lluvia le encharque los huesos.

Poseer una fe será retener una creencia religiosa, sin embargo, cultivar la fe significa observar seguridad y puntualidad en la ejecución de un compromiso.

Nadie rescata una deuda únicamente por elogiar al acreedor. En vista de eso, no nos iludamos. Asegurémonos de que no nos faltará la Bondad Divina, pero construyamos en nosotros la humana bondad. Por muy alta que sea la confianza de alguien en el Poder Mayor del Universo, eso, por sí solo, no le confiere el derecho de reclamar el bien que no hizo.

Espíritu Emmanuel
Médium Francisco Cándido Xavier
Del libro ¡Sígueme!

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