Madre Adoptiva

La mente repasa los acontecimientos felices de nuestra vida, y envuelto en ternura la memoria de nuestra convivencia.

Esta mujer extraordinaria, de quien me acuerdo, hizo todo cuanto el amor podría lograr, a fin de ampararme, ocultando mi procedencia oscura y anónima.

Me rodeó de cariño y me protegió, para que nada me afectase.

Me infundió la fuerza de su dedicación, que era el hálito poderoso de su amor, en emoción cargada de bendiciones, en la palabra sublime que es: ¡mamá!

Nunca me dejó percibir las lágrimas que vertió antes de yo llegar y siempre me demostró la felicidad que mi presencia le causaba. Sin embargo, en su inocencia, pensaba que todas las personas serian benignas y gentiles como ella siempre lo fue.

Así, no tardó mucho para que, en plena adolescencia, su secreto me fuese desvelado de manera cruel, por medio de un corazón imprudente que, pensando que nos iría a destruir, me llamó hija de nadie.

Impresionada, casi caí ante el golpe insano. Sin embargo, la transparencia de su mirada y la dedicación de su afecto me hicieron silenciar el acontecimiento en el interior del alma.

No me fue fácil, ni tampoco difícil enfrentar la nueva circunstancia y en esa coyuntura descubrí, en júbilo, la grandeza del amor de madre adoptiva. Las otras, las madres carnales, a veces, son obligadas por el cuerpo a amar a los hijos que tienen, pero ustedes y todas las madres de adopción, aman por el espíritu, eligiendo quien les va a recibir devoción, dedicación.

¡Y no son menos madres!

Sufren más, ciertamente.

Cuando revelan al hijo las circunstancias de su origen, temen entristecerlo, y, cuando no lo dicen, viven siempre temiendo perderlo, cuando son descubiertas.

Su querer es dulce como la claridad de la luna y fuerte como solamente el amor abnegado puede volverse.

Son ángeles anónimos y bendecidos en la multitud.

Homenajeándola, madre adoptiva, deseo decir a otras que le son iguales que, desde el día en que piensen recibir a un hijo que no les proceda de su vientre, consideren también, la necesidad de decirle, sin recelo, demostrando que el amor es Dios y de Él todo procede, para Él retornando, no siendo, persona alguna, propiedad de otro, sino, todos hijos de Su amor, nutridos por el Amor, para la gloria del Eterno Amor.

Amélia Rodrigues

Médium Divaldo Franco
Extraído del libro “S.O.S Familia”
Traducido por R Bertolinni.

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