Simientes

Aquel hombre temerario se dispuso a realizar portentosa hazaña: Medir la circunferencia de la Tierra, por el Ecuador. Obviamente, impracticable usar una cinta métrica. Y no contaba con conocimientos científicos avanzados, ni aparatos sofisticados o cualquier otro recurso tecnológico. No obstante, consiguió, con relativa facilidad, realizar la proeza.

En pleno solsticio de verano, en la ciudad de Alejandría, comprobó que al medio día el Sol estaba en lo más alto. Un mástil de algunos metros de altura, no proyectaba ninguna sombra. En aquel horario, en la ciudad de Siena, que está en el mismo meridiano, constató que el Sol estaba ligeramente perpendicular. El mástil proyectaba una sombra correspondiente al pequeño desvío: nueve grados. A partir de ahí, con la elemental regla de tres, mató la charada.

Si para una distancia de mil kilómetros, que separa las dos ciudades, hay un desvío de nueve grados en la incidencia solar, ¿a qué distancia correspondería los trescientos sesenta grados de la circunferencia terrestre? Resultado: Cuarenta mil kilómetros. ¡Muy simple!

Asombroso, si consideramos que el autor de la proeza, Erastótenes (276-194- a.C), matemático y geólogo griego, vivió hace cerca de dos mil trescientos años, en una época en que las personas ni siquiera imaginaban que nuestro mundo es una esfera que gira.

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Antes de él, hijos de la misma Grecia realizaban prodigios de inteligencia y habilidad, acumulando espantosos conocimientos:

Tales de Mileto (625-546 a.C.), definió el mecanismo de las mareas y de los eclipses.

Anaximandro de Mileto (610-546 a.C.), anticipó a Darwin (1809-1882), con su teoría de las mutaciones de las especies.

Pitágoras (580-500 a.C.), descubrió que la Tierra era esférica y también su movimiento de traslación.

Platón (428-348 a.C.), Aristóteles (384-322 a.C.), y Sócrates (470-399 a.C.), establecieron las bases de la Ciencia y de la Filosofía.

Misteriosamente, en el espacio de algunas generaciones, los griegos parecen haber perdido la fórmula para el nacimiento de hombres geniales. Tan avanzado fue el conocimiento acumulado en aquellos siglos de esplendor intelectual, que sus sucesores no consiguieron asimilarlo, como niños impotentes delante de un tratado de física. La esplendorosa civilización enflaqueció y murió.

Es un desafío para los antropólogos definir las causas determinantes de aquel vuelo breve de genialidad, que marcó para siempre la cultura helénica. Factores climáticos, políticos, geográficos, étnicos y otros son evocados. Esfuerzo inútil, ya que situaciones semejantes ocurrieron en otros países, sin que fuesen alcanzadas las cimas de la civilización griega.

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Cabria a la Doctrina Espirita descifrar el enigma, explicándonos que reencarnaron en su seno Espíritus dotados de grandes potencialidades intelectuales. Se situaron muy por delante de sus contemporáneos. Superaron las limitaciones de su época y dejaron aquel legado cultural que nos espanta. Hubiesen vivido en la más remota provincia africana y, aun así, habrían de enseñar. La cultura griega permaneció latente, como siembra en suelo inculto. Solamente la partir del siglo XVIII, cuando la Humanidad alcanzó un desarrollo intelectual compatible, se creó condiciones para desvelar el legado griego, con sus frutos prodigiosos de conocimiento.

Freud (1856-1939), Darwin (1809-1882) y Marx (1818-1883), que hicieron grandes transformaciones sociales y científicas, bebieron en la cultura griega.

En El Evangelio Según el Espiritismo, Allan Kardec sitúa a Sócrates y Platón como precursores del Espiritismo. Mucho de lo que la Doctrina Espirita explica hoy estaba en el pensamiento de esos dos gigantes de la Filosofía, envolviendo principios básicos como la pluralidad de la existencia, la inmortalidad del alma, la interferencia del plano espiritual, la existencia de Espíritus protectores, los mecanismos de la evolución…

En la abertura -Prolegómenos- , en el Libro de los Espíritus, Kardec destaca algunas orientaciones que recibió de Espíritus luminosos que participaron en la Codificación. De entre ellos, Sócrates y Platón. ¡Cuidaban para que sus simientes fuesen aprovechadas adecuadamente!

Del libro “Luces en el camino”
Richard Simonetti
Traducido por Jacob.

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