¡Salvación!

Pensando estaba en mi amiga Clotilde, cuando ésta entró en mi aposento pálida y triste, envuelta en negros crespones.

-¿Por quién llevas luto?, -le pregunté afanosa.

-Por mi padre político.

-Pues, mucho lo debes haber sentido, porque te encuentro pálida y marchita, se ven en tu semblante las huellas del dolor.

-Efectivamente. He tenido un mes de prueba; figúrate estaba en San Sebastián con mi esposo, muy tranquila y contenta, porque había realizado uno de mis sueños, que era estar en San Sebastián disfrutando de las encantos que tiene aquella ciudad en el verano, cuando recibimos un ama de mi cuñado diciendo que inmediatamente nos trasladáramos a Madrid, porque nuestro padre estaba agonizando, y con lo puesto, sin entretenernos en hacer el equipaje subimos al tren y llegamos para recibir el último suspiro del venerable anciano que, rodeado de todos sus hijos y nietos, murió sonriendo como deben sonreír los justos.

-¿Era muy viejo?

-Tenía noventa y nueve años.

-Pues, hija, una muerte así es de esperar y no hay motivo para trastornarse tanto… por más que tu suegro tenía fama de bueno.

-Ya lo creo que lo era; pero es que mi pena no es producida por su muerte, porque, como tú dices muy bien, el morir o es una ley, y aunque siempre se siente la ausencia de un ser querido, ante lo justo hay que doblar la cabeza y decir: cúmplase la voluntad de Dios; pero es el caso, que junto al lecho mortuorio de mi padre conocí a una muchacha de unos dieciséis años que tenía todas las virtudes de una santa, todos los encantos de una mujer y toda la gracia y la travesura de una niña. Guillermina era hija única de un matrimonio acomodado que veía el cielo en los ojos de su hija, y ella era tan expresiva, tan atractiva, tan cariñosa, tan amable, tan agraciada, que se hacía querer de todo el mundo; mi padre la quería como si fuese algo suyo, y Guillermina le acariciaba y le mimaba como si en realidad fuera su abuelo. Yo puedo decirte que verla y quererla fue todo uno, y ella correspondió a mi cariño con sus cuidados, con sus atenciones, con sus desvelos. Guillermina era como el sol, la luz de su bondad irradiaba en torno suyo y daba calor y vida a cuantos la rodeaban. Como yo me impresioné muchísimo con la muerte de mi padre ella hizo todo cuanto estuvo en su mano para consolarme. ¡Razonaba tan bien! Parecía una vieja muy cansada de la vida yo me encontraba tan pequeña a su lado, y al mismo tiempo tan contenta, que, como el niño busca el regazo de su madre, yo la buscaba y reclinaba mi cabeza en su pecho para tranquilizarme y bendecir la voluntad de Dios. No te digo más que hice el propósito de quedarme a vivir en Madrid, y que mi esposo pidiera su traslado a la Corte, para no separarme de Guillermina…, cuando una noche la hermosa niña palideció y me dijo:

-Ven, que te he de confiar un secreto.

No sé por qué me asusté, nos retiramos a su cuarto me dijo:

-Tengo que pedirte un gran favor.

-¿Cuál?

-Que consueles a mis padres, porque van a recibir un golpe muy doloroso.

– ¿Muy doloroso?

-Sí, dolorosísimo; van a perderme.

-¿Qué dices?

-Que mañana me moriré, me he visto en sueños amortajada, cubierta de flores, y mis sueños son avisos del cielo.

-Tú deliras.

-No, no deliro, me voy porque es preciso que me vaya; mis padres me adoran, pero su cariño todo es para mí, y es necesario que amen a la humanidad. Yo he venido junto a ellos para despertar sus sentimientos; han sido felices con mi cariño, con mis caricias, pero su felicidad los ha vuelto avaros, y por atesorar para mí una gran dote han negado un pedazo de pan a los pobres. Yo muchas veces he hablado en sueños con un viejecito que parece un santo, que me decía: «Despierta el sentimiento de tus padres, diles que aprovechen el tiempo, que sean agradecidos a la Providencia que les ha concedido el tener un ángel a su lado, que hagan obras buenas en tu nombre, porque si no las hacen de grado luego las harán por fuerza»; y yo todo esto se lo decía a mis padres, y mi madre me decía:

-Déjate de tonterías, ¿No te acuerdas de lo que decía Calderón? ¡Que los sueños, sueños son! Y anoche volví a ver al viejecito, quien me dijo: «Al que se le da la luz y no lucre verla, se le deja sumergido en las tinieblas Yo soy el sol de mis padres y mañana llegaré a mi ocaso ¡Pobrecitos! Qué solos se quedarán! …

Y Guillermina se arrojó en mis brazos y lloró con el mayor desconsuelo. Yo no sé lo que pasó por mí, pero también me deshice en llanto, y debí gritar, porque vinieron los padres de ella muy alarmados y al ver a su hija llorando amargamente creyeron que el mundo se hundía sobre ellos.

¡Qué noche, Amalia! ¡Qué noche! … Guillermina pálida, desencajada, se levantó y habló con tono profético aconsejando a sus padres que se despertaran, que abrieran los ojos a la realidad, que se iba para bien de los, que les dejaba por herencia el despertador, y que ese despertador era el inmenso dolor de su partida. Yo no sé cómo brotaban las palabras de su boca, parecía un oráculo. Y al fin… enmudeció, alargó los brazos y sus padres y yo nos abrazamos a ella… No sé cuánto tiempo estuvimos abrazados. Yo fui la primera que comprendí que Guillermina había muerto, porque sus brazos cayeron inertes, todo había concluido. ¡Todo, menos nuestra desesperación!, porque sus padres y yo acusamos a Dios de injusto, de cruel, qué sé yo cuántas blasfemias pronunciamos…

Asistimos los tres a su entierro; hicimos verdaderas locuras, mi esposo tomó cartas en el asunto y, quisiéralo o no, me hizo salir de Madrid y aquí me tienes, más muerta que viva.

-¿Y los padres de Guillermina?

-Creo que están locos de remate, porque el padre se encierra en su cuarto, escribe largo y tendido y sale después muy contento, diciendo:

-Escuchad lo que me dice Guillermina.

Y lee unas comunicaciones preciosas mientras la madre llora. Luego los dos se van a visitar enfermos pobres y se pasan horas y horas en el hospital haciendo compañía a los enfermos más abandonados, y ahí están, y como la locura es contagiosa, yo también quise comunicarme con Guillermina, y escribió “tú no necesitas despertador”.

Mi marido al leer esto puso el grito en el cielo y a Barcelona falta gente, y aquí me tiene dudando y creyendo a la vez que los muertos viven.

-Sí, Clotilde, viven, y muchos de ellos sirven de despertador a la humanidad.

-Entonces, ¿Guillermina no soñaba?

-No soñaba, no; le hablaba un Espíritu y la preparaba para su desencarnación.

-Entonces, ¿su muerte ha sido provechosa?

-Ya lo creo, con su ausencia sus padres se han despertado y han entrado en el camino de su regeneración; les dieron flores para ver si sabían aspirar su delicado aroma, y viendo que no apreciaban el tesoro que tenían, les han dado espinas, y el dolor ha sido el despertador de esos Espíritus aletargados en su egoísmo y en su pequeñez. Dios, en los encantos de la
Naturaleza, ¿da a unos más que a otros? No, el Sol brilla para todos. Pues así tiene que ser el amor de los Espíritus, y cuando no se sabe amar, el despertador nos sirve de maestro, y por el dolor se llora y luego… se ama.

Amalia Domingo Soler
Extraído del libro “Hechos que prueban”

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