La cura propia

“Predicando el Evangelio del Reino y curando todas las enfermedades” (Mateo, 9:35.)

Cura la catarata y la conjuntivitis, pero corrige la visión espiritual de tus ojos.

Defiéndete contra la sordera; entretanto rectifica tu modo de escuchar las voces y solicitaciones variadas que te buscan.

Medica la arritmia y la disnea; con todo no entregues el corazón a la impulsividad arrasadora.

Combate la neurastenia y el agotamiento; sin embargo, cuida de reajustar las emociones y tendencias.

Persigue la gastralgia, pero educa tus apetitos en la mesa.

Mejora las condiciones de la sangre; sin embargo, no la sobrecargues con los residuos de placeres inferiores.

Lucha la hepatitis; entretanto libra al hígado de los excesos en que te complaces.

Aparta los peligros de la uremia; con todo no sofoques a los riñones con venenos de copas brillantes.

Desplaza el reumatismo de los miembros, reparando, pues, lo que haces con tus pies, brazos y manos.

Sana los desaciertos cerebrales que te amenazan; sin embargo, aprende a guardar la mente en el idealismo superior y en los actos nobles.

Conságrate a la propia cura, pero no olvides la predicación del reino divino a tus órganos, ellos son vivos y educables.

Sin que tu pensamiento se purifique y sin que tu voluntad gobierne el barco del organismo para el bien, la intervención de los remedios humanos no pasará de medida en tránsito para la inutilidad.

Espíritu Emmanuel
Médium Francisco Cándido Xavier
Del libro ¡Sígueme!

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