Hijos Ingratos

La ingratitud, llaga pestilente que un día ha de desaparecer de la Tierra, tiene sus inicios en el egoísmo, que es el remanente más vil de la naturaleza animal, lamentablemente persistiendo en la Humanidad.

La ingratitud bajo cualquier forma considerada expresa el primitivismo espiritual de quien la carga, produciendo incoercible malestar donde se presenta.

El ingrato, esto es, aquel que retribuye el bien por el mal, la generosidad por la avaricia, la simpatía por la aversión, la aceptación por la repulsa, la bondad por la soberbia es siempre un atormentado que esparce insatisfacción, martirizando a cuantos lo acogen y socorren.

El hombre perjudicado por la ingratitud supone todo merecer y nada retribuir, falsamente creyendo ser acreedor de deberes del prójimo para consigo mismo, sin cualquier compensación por su parte.

Insensato, desprecia los beneficios recogidos a fin de exigir nuevas contribuciones que la propia insania desconsidera. Y arrogante y mezquino porque padece atrofia de los sentimientos, transitando en las franjas de la seminconsciencia y de la irresponsabilidad.
Siendo la ingratitud, en su sentido genérico, detestable mancha moral, la de los hijos para con los padres asume proporciones relevantes, desde que se observa hediondo acto de rebeldía contra la Creación Divina.

El hijo ingrato es dilacerador del corazón de los padres, impío verdugo que no se conmueve con las doloridas lágrimas maternas, ni con las angustias sumadas y penosas del sentimiento paterno.

Con la desagregación de la familia, que se observa generalizada en la actualidad, la ingratitud de los hijos se torna responsable por la presencia de varios canceres morales, en el debilitado organismo social, cuya terapia se presenta compleja y difícil.

Sin duda, muchos padres, sin preparación para el ministerio que enfrentan en relación con la familia, cometen errores graves, que influyen considerablemente en el comportamiento de los hijos, que, a su vez, luego pueden, se rebelan contra estos, crucificándolos en las palabras ásperas de la ingratitud, de la rebeldía y de la agresividad continua, culminando, no es raro, en escenas de pugilato y vergüenza.

Muchos padres, igualmente, inmaduros o versátiles, que transitan en el cuerpo afligido por el tormento de placeres incesantes, que los hacen olvidar las responsabilidades junto a los hijos para entregarlos a los siervos remunerados, mientras se corrompen en la liviandad, responden por el desequilibrio y desajuste de la familia, en la desenfrenada competición de la utopía y moderna sociedad. Sin embargo, hijos hay que recibieron de los padres las más prolíferas demostraciones y testimonios de sacrificio y cariño, aspirando a un clima de paz, de salud moral, de equilibrio doméstico, nutridos por el amor sin fraude y por la abnegación sin fingir, y se revelan, temprano, fríos, exigentes e ingratos.

Si delante de padres irresponsables la ingratitud de los hijos nunca se justifica o procede, la proporcionada por aquellos que todo reciben y todo niegan, solamente encuentran explicación en la reminiscencia de los desajustes pasados de los Espíritus, que, no obstante, reunidos otra vez para recuperarse, avivan las animosidades que rezuman del inconsciente y se corporifican en forma de antipatía y aversión, impeliéndolos a la ingratitud que los lanza a las rampas infelices del odio que corrompe.

La familia es bendecida escuela de educación moral y espiritual, taller santificante donde se perfeccionan caracteres, laboratorio superior en que se mezclan sentimientos, estructuran aspiraciones, refinan ideales, transforman antiguos defectos en posibilidades preciosas para la elaboración de menesteres edificantes.

El hogar, debido a eso, incluso cuando señalado por los dolores resultado del esfuerzo de las asperezas de los que lo constituyen, es forja purificadora donde se deben trabajar las bases seguras de la Humanidad de todos los tiempos.

Cuando el hogar pierde su color y la familia se desorganiza la Sociedad se debilita y agoniza. De noble significado, la familia no son solamente los que se aman, a través de los vínculos de la consanguinidad, sino, también, de la tolerancia y solidaridad que se deben donar los equilibrados y afables a los que constituyen los eslabones débiles, perturbadores y en perecimiento en el clan doméstico. A los padres caben siempre los deberes impostergables de amar y entender hasta el sacrificio a los hijos que les llegan por las vías sacrosantas de la reencarnación, educándolos y dejándoles en las almas las semillas fértiles de la fe, de las responsabilidades, instruyéndolos y en ellos inculcando la necesidad de la búsqueda de elevación y felicidad. Lo que ocurra será consecuencia del estado moral de cada uno, que no les cabe prever, temer o sufrir por anticipación pesimista.

A los hijos compete amar a los padres, incluso cuando negligentes o irresponsables dado que es del código Superior de la Vida, el impositivo: “Honrar padre y madre”, sin excluir los que lo son solamente por función biológica, así mismo, por cuyo intermedio la Excelsa Sabiduría programa necesarias pruebas redentoras y pungitivas expiaciones liberadoras.
Ante el hijo ingrato, sea cual sea la situación en que se encuentre, guarda piedad para con él y dale más amor…

Agresivo y forzado, exigente e impiedoso, transformado en enemigo insensible como odioso, ofrece, aun, paciencia y más amor…

Si te hablaran sobre la represión que él trae de la infancia, en complejos que proceden de esta o de aquella circunstancia, en efecto de la libido tormentosa con que los simplistas y descuidados pretenden excusarlo, culpándote, recuerda, en silencio, de que el Espíritu precede a la cuna, trayendo gravados en los tejidos sutiles de la propia estructura gravámenes y conquistas, elevación y delincuencia, pudiendo, entonces, mejor comprenderlo, más ayudarlo, discúlpalo con eficiencia y socórrelo con honradez prosiguiendo a su lado sin resentimiento y animado en el programa con la familia infeliz y los hijos ingratos, rescatando por el sufrimiento y amor tus propios errores, hasta el día en que, redimido, puedas reorganizar el hogar feliz a que espiras.

Joanna de Ângelis

Médium Divaldo Franco
Extraído del libro “S.O.S Familia”
Traducido por R Bertolinni.

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