Vida y valores (La parentela)

Cuando abrimos las páginas evangélicas, nos deparamos con Jesús Cristo en un momento muy peculiar, de entre los momentos peculiares de su vida. Me quiero referir a aquel en el cual algunos amigos llegaron para anunciarle que allá afuera estaban su madre y sus hermanos llamándolo. Jesús Cristo se dirigió al mensajero y respondió: ¿Quién es mi padre, quien es mi madre, quien son mis hermanos? Mi padre, mi madre, mis hermanos, son todos aquellos que cumplen la voluntad de mi Padre Celestial.

Esas palabras de Jesús Cristo, a lo largo del tiempo, han suscitado muchos comentarios, muchas querellas, muchas discusiones. Para algunos, Jesús Cristo estaba deshaciéndose de su familia, estaba tratando mal a su madre, estaba siendo ingrato. Para otros, él, que conocía a sus parientes, a sus familiares, sabia la razón porque estaba haciendo lo que decía. Pero, en realidad, bastando pensar en las demás enseñanzas que recogemos de Jesús de Nazaret, no podemos suponer que él tuviese cualquier dificultad en relación con su madre y con su padre. No podemos imaginar, siquiera, que él tuviese alguna contrariedad con sus hermanos.

Algunos afirman que Jesús Cristo tubo hermanos con sanguíneos, hijos otros de María de Nazaret, pero hay quien afirma que, en su tiempo, los primos en primer grado eran llamados de hermanos. Entonces, dicen que esos hermanos de Jesús no pasaban de primos de Jesús. No importando cual sea el motivo, de la realidad familiar, el hecho es que sabía porque estaba diciendo tal cosa. La lección que nos cabe retirar de esa palabra evangélica del Nazareno es que nuestra familia es la Humanidad. Todos aquellos que son parte de esta grey gigantesca son nuestros familiares, son nuestros padres, nuestras madres, nuestros hermanos. De esa manera, Jesús sacaba ese dominio da la familia nuclear, de nuestra mente, relativamente al progreso. Nosotros somos fieles a nuestra familia nuclear, es válido, pero no podemos fijarnos en esa familia nuclear para ignorar la macro-familia de la Humanidad.

Tenemos respeto con nuestro padre, con nuestra madre, con nuestros hermanos, pero encontramos, por ahí, tantas otras madres que nos aman, tantos otros padres que nos quieren bien, tantos hermanos que conviven con nosotros y se relacionan con nosotros, mejor de lo que muchos hermanos biológicos. ¿Quién son mis hermanos, quien es mi madre, quien es mi padre? Si hablamos en términos físicos, no tenemos duda, mi padre es tal, mi madre es Doña tal, y mis hermanos son tales. Con todo, la lección de Jesús Cristo no era para aquel momento, era para todos los tiempos. Mi padre, mi madre, mis hermanos, están en la Humanidad. De ahí, vemos que tenemos dos niveles de parentesco.

El Evangelio según el Espiritismo trata, en uno de sus notables capítulos traídos por Allan Kardec, a nuestro conocimiento, uno que habla exactamente sobre esto: La parentela corporal, la parentela espiritual. Ninguno de nosotros ignora que somos hijos de un grupo consanguíneo, de un grupo genético. Somos parecidos a nuestro padre, a nuestra madre, tenemos la estatura de ese, la estatura de aquel, los ojos parecidos con ese, la manera de ser, biológicamente, muy parecida con aquella. Estamos siempre unidos a nuestro padre y nuestra madre. Decimos: Él es alto como los abuelos fueron. Él es gordito porque toda su familia era así. Carga ese problema porque es genético, carga esa belleza porque es genética. Nuestra familia corporal nuestra familia biológica. Entretanto, nadie ignorara que existe una familia mucho mayor de los que están a nuestro alrededor o distante de nosotros, que es nuestra familia espiritual.

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Vale la pena preguntarnos: ¿Quién es que compone nuestra familia espiritual? ¿Quién es parte de nuestra familia espiritual? Tenemos, siendo parte de ella, muchas criaturas que fueron parte de nuestro pasado, de otras vida nuestras. Es muy común identificarnos de tal manera con alguien que, aunque no sea adepto de la tesis reencarnacionista, admitimos que ya vinimos antes, que estuvimos juntos antes, que convivimos en otras ocasiones, tamaño es el eslabón entre nosotros. Existen afinidades de almas, que nos remiten al pasado. No hay otra salida: tenemos que haber vivido juntos. Muchas veces tenemos revelaciones espontaneas, intuiciones, inspiraciones que nos llevan a creer que convivimos en el pasado.

Hay otros relacionamientos de esa familia espiritual que no viene de nuestro pasado, de otras vidas. Son de esta misma vida. Son almas que encontramos, pero ellas están muy próximas de nuestra frecuencia interior, son almas afines, nos unimos por afinidades, no obligatoriamente porque hayamos vivido en el pasado, sino porque tenemos ideales similares, ideales semejantes, porque tenemos los mismos gustos para las cosas y los mismos disgustos. Las mismas opiniones son compartidas por nosotros. Cuando uno tiene una idea, el otro la tiene. A veces, hablamos juntos una misma cosa. Son Espíritus afines formando nuestra familia espiritual.

Cuando hablamos de la familia espiritual es bueno que se entienda que no siempre esos grupos son formados por personas de bien. Muchas veces encontramos almas afines, en el error, en el mal. Un grupo de delincuentes que se reúna con afinidades en que uno sabe lo que encontramos compañeros, que solo los encontramos en los bares. Ellos solo frecuentan aquel lugar. Otros solo en el club, otros solo en el trabajo, y vamos formando grupos, de mi trabajo, del bar que yo frecuento, del club en que estoy, de la iglesia. Tenemos varios grupos. Muchos de esos, con los cuales tenemos afinidad, son de bien, otros pueden no serlo. De esos grupos, muchos frecuentan nuestra casa, visitan nuestra casa, se sientan a la mesa con nosotros y hay otros grupos que nunca convidamos para visitar nuestra casa. Eso va definiendo el nivel de ese parentesco espiritual. ¿Hasta dónde confiamos? ¿Hasta dónde nos abrimos, hasta donde conseguimos convivir?

Vale la pena prestar buena atención a las personas con los cuales tenemos afinidad. Hay de hecho situaciones en que personas de bien no se sienten afines con personas dedicadas al mal. No significa que haya odio entre ellas. Un alma bondadosa no siente odio por nadie, pero siente una desafinación de propósitos, siente que no es la persona que vibra en su sintonía. Imaginemos un hombre, una mujer de bien, que usted es, teniendo que convivir con alguien habituado a cometer hurtos o a robar. Por más que usted le guste esa persona, no concordará con sus prácticas lesivas a terceros. Por más que usted conviva y le guste esa persona, si usted es abstemia y esa persona alcohólica, no existe afinidad en ese particular. Alguien que es fumador y usted detesta el tabaco, humo, olor, naturalmente no habrá afinidad en se campo. De modo que, afinidad no implica en desamor, no implica odio. Implica en falta de sintonía.

Todas las veces que tenemos sintonía con las personas, ellas son parte de nuestra familia espiritual, más o menos profundamente a igual de aquella familia en cuyo seno, en cuyos brazos renacemos, nuestros padres, nuestras madres, nuestros hermanos, nuestros familiares afines. De este modo, vamos a trabajar para cumplir el objetivo de Dios, que es volviéndonos una sola familia para saber quién es mi padre, mi madre, mis hermanos…

Raúl Teixeira

Transcrição do Programa Vida e Valores, de número 210, apresentado por Raul Teixeira, sob coordenação da Federação Espírita do Paraná. Programa gravado em agosto de 2009. Exibido pela NET, Canal 20, Curitiba, no dia 10.10.2010. Em 03.01.2011. Traducido por Jacob.

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