Combate interior

“Teniendo el mismo combate que ya habéis visto en mí y ahora oís que hay en mí.” — Pablo (Filipenses, 1.30)

En plena juventud, Pablo terció armas contra las circunstancias comunes, para consolidar posiciones e imponerse en el futuro de la raza.

Peleó por sobrepujar la inteligencia de muchos jóvenes que fueron contemporáneos, dejó colegas y compañeros distanciados.

Discutió con doctores de la Ley y los venció.

Se entregó a la conquista de una situación material envidiable y la consiguió.

Combatió por evidenciarse en el tribunal más alto de Jerusalén y se sobrepuso a viejos orientadores del pueblo escogido.

Resolvió perseguir aquellos que interpretaba como enemigos del orden establecido y multiplicó adversarios en todas partes.

Hirió, atormentó, complicó situaciones de amigos respetables, sentenció a personas inocentes a inquietudes innominables, guerreó a pecadores y santos, justos e injustos…

Con todo, surgió, un momento en que el Señor le convoca el espíritu a otro género de batalla el combate consigo mismo. Llegada esa hora, Pablo de Tarso se calla y escucha…

Quiébrasela la espada en las manos para siempre. No tiene brazos para hostilizar y sí para ayudar y servir. Camina, modificado, en sentido inverso.

En vez de humillar a los demás, dobla su propia cerviz. Sufre y se perfecciona en el silencio, con la misma disposición de trabajo que lo caracteriza en los tiempos de ceguera.

Es apedreado, azotado, preso, incomprendido muchas veces, pero prosigue siempre, al encuentro de la Divina Renovación.

Si aún no combates contigo mismo, día vendrá en que serás llamado a semejante servicio. Hora y vigila, prepárate y adapta el corazón a la humildad y a la paciencia. Recuérdate, mi hermano, que ni aun Pablo, agraciado por la visita personal de Jesús, consiguió escapar.

Espíritu Emmanuel

Médium Francisco Cândido Xavier
Extraído del libro “Pan nuestro”

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