Recuerdo de los vivos – Luz Espiritual

Recuerdo de los vivos

La visita a la tumba ¿da al Espíritu mayor satisfacción que una plegaria íntima?

– La visita a la tumba constituye un modo de demostrar que se piensa en el Espíritu ausente. Es la imagen de él. Ya os dije que la oración santifica el acto del recuerdo. Poco importa el lugar en que se pronuncie, si se lo hace con el corazón.

Pregunta 323

Los Espíritus revelan con frecuencia pleno conocimiento de lo que piensan y hacen los familiares reencarnados.

Inconcebible que estén permanentemente a nuestro lado, como desocupados del Más Allá o relegados a la fastidiosa función de “damas de compañía”.

Sabemos que no es así. Ellos desarrollan actividades relacionadas con su condición de habitantes del mundo invisible, no es raro que a distancia del contacto humano. Pero tienen un eficiente vehículo de información: el pensamiento, que es el lenguaje universal.

Cuando encarnados, nos revestimos de una densa armadura, el cuerpo físico, que inhibe nuestras percepciones, limitándolas a las posibilidades de estrechas “ventanitas”: los cinco sentidos. Así, el pensamiento, como medio de comunicación, queda perjudicado. Dígase de paso que el médium, que se habilita a captar el flujo mental de los Espíritus, convirtiéndolo en palabras, es simplemente alguien con una disposición orgánica adecuada a ese contacto, como si fuese una ventana amplia y especial en la coraza carnal.

Ocurre que la inhibición receptora no se extiende a la capacidad transmisora. No captamos objetivamente los pensamientos de los desencarnados, pero no estamos impedidos de emitirlos, esparciéndose por el cosmos, donde serán captados por Espíritus afines.

Cuando pensamos intensamente en un familiar o amigo desencarnado, él captará nuestra vibración mental, con la carga de sentimientos y emociones que transporta. Fácil percibir, así, el cuidado que debemos tener cuando fallece alguien unido a nuestro corazón, evitando sentimientos exacerbados de desespero, rebeldía, inconformidad. Esto porque ellos repercutirán en el desencarnado, imponiéndole penosas impresiones.

Se nota claramente ese problema en las manifestaciones mediúmnicas de un recién desencarnado. A parte de la emoción por la oportunidad de contacto con sus amados, piden, les piden encarecidamente que cambien sus disposiciones negativas, cultivando confianza en Dios. Así como hay los que matan por amor, inspirados en el exclusivismo enfermizo, hay los que queman por amor, ahogan por amor, dilaceran por amor, inspirados en mórbidas reminiscencias relacionadas con la tragedia que victimó afectos queridos a su corazón. Esto porque sus pensamientos desajustados, fijados indeleblemente en las circunstancias que determinaron el funesto acontecimiento, repercuten en el desencarnado, haciéndolo revivir impresiones y emociones que le son penosas.

– Mamá – dice el Espíritu de una joven fallecida en un incendio-, cada vez que me ves así, me siento arder…

– Querida mía -dice el ahogado a la esposa en desespero-, cesa las preguntas, imaginando que podría haber sido diferente. El amor que nos une armoniza nuestras vibraciones y pensamientos. Me torturas con tu resentimiento, tu inconformidad.

Y todos son unánimes al implorar a los familiares que modifiquen sus disposiciones retornando a la normalidad y reencontrando la alegría de vivir. Esto no significa que nos eximamos de sufrimientos delante del ser amado que parte. Pero es importante no parar en el desespero o en el desaliento, dificultando su jornada en el más allá del túmulo.

Comprendiendo que nuestros muertos queridos se unen a nosotros por lazos de afectividad, recogen nuestras vibraciones, captan nuestros pensamientos, podemos percibir como es despropositada nuestra presencia en el cementerio para homenajearlos.

Al final, allí reposan apenas sus despojos. Más allá de eso hay lugares más apreciables para evocaciones deseadas.

Si un hijo se muda para una ciudad distante y decide visitarnos, será de mal gusto marcar un encuentro con él en el cementerio. Mejor, más lógico, más agradable esperarlo en nuestra propia casa, donde convivimos por largos años, donde cultivamos afectividad y que continúa siendo una extensión de su nuevo hogar.

Cementerio es deposito de cadáveres. No tiene nada que ver con el ser amado, que esta vivísimo, más bien vivo que nosotros, sepultados en la carne. Y está vivo, nunca muerto, que podremos sentirlo junto a nosotros, en el hogar adornado con flores de afectividad y perfume de nostalgias, diciéndonos, en el interior de nuestra consciencia, con mucha fuerza y emoción de lo que es la más auténtica manifestación mediúmnica:

– ¡Estoy aquí!

***

Pocos experimentan ese glorioso contacto, no es porque nos falte sensibilidad psíquica. Nos falta, eso sí, el cultivo de ella y el empeño por superar determinados condicionamientos que la impiden.

El problema tal vez esté relacionado con la precariedad de nuestras convicciones. Católicos, budistas, evangélicos, espiritas, mahometanos, judíos, somos todos espiritualistas, esto es, creemos en la existencia y sobrevivencia del Espíritu. Ocurre que esta realidad es para nosotros algo huido, distante, en que no nos detenemos debidamente, buscando conocimiento y comprensión. Los religiosos en general, incluso entre los espiritas, acostumbran a localizar el intercambio con el Más Allá en los dominios de lo sobrenatural. La ignorancia sobre el asunto inspira la idea de que el contacto ostensivo con los Espíritus, en las llamadas apariciones, principalmente cuando estamos a solas, es algo profundamente amenazador.

Hay, sobre esto, la historia del joven que, aunque habituado a las oraciones y prácticas religiosas, tenía mucho miedo a los Espíritus. Dotado de alguna sensibilidad, presentía, no es raro, la presencia de su padre desencarnado. Se asustaba.
Un amigo espirita le dijo:

– No tengas miedo. Es tu padre.

– Puede serlo, pero es un fantasma.

– Es tu padre.

– ¡Dios me libre! ¡Que nunca lo vea!…

Él residía cerca de un cementerio, por donde era obligatorio pasar para llegar a su casa. Y lo hacia tenso, temeroso, principalmente por la noche, cuando el manto del misterio hacia recrudecer todos sus temores.

Cierta vez dejó una fiesta alrededor de media noche. En las cercanías del camposanto el miedo lo paralizó. Jamás se atrevería a pasar solo por el desgraciado trecho, en una hora tan tardía cuando, según sus convicciones, las almas andan sueltas…

Amparándose en un poste de luz se quedó a la espera de un salvador, alguien que fuese en la misma dirección. En pocos momentos pasó un simpático viejecito.

– ¡Buenas noches!

– ¡Buenas noches, joven

– ¿Puede parecerle raro, pero puedo acompañarlo hasta el otro lado del cementerio?

– Aunque yo no sea ninguna gentil doncella, todo bien. Me gusta conversar.
Siguieron juntos, hablando de trivialidades. Al pasar junto al pesado portón que daba acceso al cementerio, el joven explicó:

– Le debo una explicación. Pedí su compañía porque tengo mucho miedo de los muertos…

El viejito sonrió con benevolencia.

– Comprendo bien lo que es eso, joven. Yo también tenía mucho miedo de los muertos cuando estaba vivo.

La historia no dice si nuestro héroe cayó al suelo, desencarnó del susto o simplemente huyó a una velocidad récord. De cualquier forma, fue una reacción lamentable. Él enriquecería mucho su existencia si pudiese desarrollar y usar adecuadamente su sensibilidad, superando milenarios temores que impiden nuestras posibilidades de gratificantes experiencias personales, en el intercambio con el más allá.

“La poca familiaridad con el asunto hace a las personas temer a los Espíritus, sin atender a su propia condición de seres espirituales encarnados. Tratando del origen y destinación de los Espíritus, con los temas que les son consecuentes, el autor contribuye para la superación de ese atávico temor. Fiel a la orientación contenida en “El libro de los Espíritus”, discurre sobre los objetivos de la jornada humana, resaltando las oportunidades de edificación que ella ofrece”.

Richard Simonetti.
Extraído del libro “Quien tiene miedo de los Espíritus”

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