¿Alma gemela o esposas?

¿Las almas que deben unirse están, desde sus orígenes, predestinadas a esa unión y cada uno de nosotros tiene, en alguna parte del Universo, su mitad, a que fatalmente un día se reunirá?

No; no hay unión particular y fatal, de dos almas. La unión que hay es la de todos los Espíritus, pero en grados diversos, según la categoría que ocupan, esto es, según la perfección que hayan adquirido. Cuanto más perfectos, tanto más unidos. De la discordia nacen todos los males de los humanos; de la concordia resulta la completa felicidad.

Pregunta 298, de El libro de los Espíritus.

En uno de sus célebres diálogos, El Banquete, Platón narra una curiosa alegoría referente al amor.

En los inicios del Mundo, aquí vivían insólitos seres andróginos, de dos caras y dos pares de brazos y piernas. Por haber derrumbado a los dioses, fueron divididos por la mitad.

Desde entonces, estas dos mitades, una femenina, otra masculina, buscan, ansiosas, la unidad perdida.

Desde el punto de vista emocional y psicológico, diríamos que el hombre y la mujer, con sus características propias, eminentemente masculinas o femeninas, son, realmente, dos parres que se completan:

El cerebro y el corazón.

La razón y el sentimiento.

La fuerza y la sensibilidad.

La energía y la dulzura.

Este encaje idealizado recuerda la teoría de las almas gemelas, destinadas a la unión eterna. De ahí tal vez, la expresión media naranja, usada en el relacionamiento conyugal. O naranja y media, cuando el marido se refiere jocosamente a los gastos excesivos de la esposa.

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Principalmente los jóvenes, iniciantes en el arte de amar, sueñan encontrar esa mitad, alimentando tiernos anhelos de una convivencia perfecta, de un afecto sin fin, marcados por una inmensa ternura e imperecedera ventura. Casi todos encuentran su mitad. Raros concretizan sus sueños, ya que la Tierra es un planeta de expiación y pruebas, donde la mayoría de los matrimonios representan el cumplimiento de compromisos de reajuste asumidos ante la Espiritualidad. Por eso, pasadas las primeras emociones, cuando los cónyuges enfrentan las realidades del día a día, los problemas relacionados con la educación de los hijos, las dificultades financieras y, sobre todo, el bienestar de dos personalidades distintas, con sus limitaciones, ansiedades, vicios, angustias y desajustes, no tardan en desconfiar que la supuesta alma gemela sea solamente unas esposas, limitados que se sienten en su libertad, frustrados en sus aspiraciones.

Muchos se casan arrebatados de amor, que luego se disipa en el remolino de los roces y dificultades del matrimonio. Creyendo que erraron en escoger, alimentan un secreto deseo de un nuevo encuentro, en la eterna búsqueda del alma afín. No es raro, rompen los compromisos conyugales y parten, decididos, reiniciando la búsqueda. Y encuentran nuevas esposas, eternizando sus angustias y generando problemas que se suceden, envolviendo principalmente a los hijos, victimas indefensas de esas uniones efímeras.

El éxito en el matrimonio implica comprender que no hay mitades eternas que se buscan para completarse, como en la alegoría platónica. Hay, esto sí, Espíritus que sustentan una convivencia fraterna, con el empeño por ajustarse a las Leyes Divinas, superando sus desajustes íntimos, sus deficiencias y fragilidades.

Un corazón amargado, un carácter agresivo, una vocación para el resentimiento, un comportamiento impertinente – todo eso complica el matrimonio. Existe un engaño de perspectiva, un equívoco generalizado. Las personas están esperando que el matrimonio sea acertado para que sean felices, cuando es necesario ser felices para que el matrimonio sea acertado.

La felicidad, a su vez, no reposa en alguien, en lo que pueda ofrecernos o hacer, sino, esencialmente, en los valores que conseguimos desarrollar en nosotros mismos, en nuestro universo interior. Solamente así podremos contribuir de forma decisiva para un matrimonio bien exitoso.

Fundamental, en este particular, que nos detengamos en la definición del amor, el principal agente de las uniones conyugales.

El amor legitimo no es una flecha de Cupido que nos alcanza. No es una fuente que brota burbujeante. No es una mera llama arrebatadora, como destaca la bella, pero equivocada, imagen poética de Vinícius de Morais:

Que no sea inmortal, puesto que es llama, pero que sea infinito mientras dure. Mucho más que llama de atracción efímera, el amor pide los valores de la convivencia para que se desarrolle y consolide.

Cónyuges que se quieren bien, que se aman de verdad, son aquellos que atraviesan juntos las tempestades de la existencia, perdonando uno al otro los fallos, cultivando comprensión, respeto y buena voluntad. Así, las esposas de hoy podrá ser el alma gemela del mañana, incluso porque el objetivo mayor del matrimonio es la armonización de los Espíritus que se unen para experiencias en la Tierra. Hoy sacados, tal vez hasta adversarios de otras existencias. ¡Mañana amigos, amantes de verdad!

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Es lamentable cuando el matrimonio se separa, posponiendo la propia edificación. Lo mismo podemos decir cuando alguien proclama que soporta al cónyuge por fidelidad a la religión o a los hijos.

En la evaluación de nuestras experiencias terrestres, cuando regresemos al Plano Espiritual, una de las medidas ponderables, ver si aprovechamos la experiencia humana, al respecto de la convivencia con las personas, principalmente en el hogar.

¿Retornamos al Más allá llevando rencores, odios, amarguras, resentimientos?

¿Dejamos enemigos y enemistades?

Perdemos el tiempo, complicando el futuro.

¿Nos armonizamos con los familiares? ¿Edificamos la fraternidad legitima?

¿Construimos las bases de un entendimiento cristiano con el semejante?

Perfecto. Habremos realmente valorizado la jornada terrestre, habilitándonos a estadios en regiones felices, habitadas por almas afines, gemelas en la virtud, en la sabiduría, en el esfuerzo por cumplir las Leyes de Dios.

Richard Simonetti.
Extraído del libro “Quien tiene miedo de los Espíritus”

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