Estudio y trabajo

“Espíritas, amaos; este es el primer mandamiento. Instruíos, este es el segundo…”

La Espiritualidad Superior viene insistiendo, a través de consecutivos mensajes, sobre la necesidad del estudio y del trabajo, en las columnas renovadoras del Espiritismo.

Amor e instrucción han sido, en verdad, la palabra de orden de los Mensajeros del Cristo. Los trabajadores encarnados, identificándose con el pensamiento y la orientación de quienes los acompañan desde lo Más Alto, en la sorprendente e irresistible marcha de la Doctrina, se sienten naturalmente, con el deber de secundarles la recomendación. Por lo demás, no es de ahora que los espíritus exhortan a los hombres al estudio y a la instrucción; a la cultura, en tanto que no envanezca esta al hombre, sino que lo torne humilde, sinceramente modesto. Humilde desde adentro hacia fuera.

Cuando se lanzaban en Francia, los fundamentos del Espiritismo, las iluminadas entidades que organizaban la Codificación, utilizando la personalidad misionera de Allan Kardec, ya despertaban a los obreros de la primera hora hacia el imperativo de la instrucción. El Espíritu de Verdad, cuyas palabras dejan indiscutiblemente entrever una trascendente autoridad, comunicándose en París en 1860, exhortaba, incisivo: “Espíritas, amaos; este es el primer mandamiento, instruíos, este es el segundo.”

El Amor es el Trabajo, la Acción y el Servicio. La Instrucción es la lectura, el Estudio, el Conocimiento. Amor e Instrucción constituyen, por consiguiente, dos palancas, dos herramientas que deben estar, día y noche, en las manos de los espíritas. A través del Amor, ejercemos la solidaridad. Nos identificamos con el sufrimiento del prójimo. Visitaremos al enfermo y al encarcelado. Despertaremos, en fin, en la esencia de nuestra individualidad eterna, la centella de bondad que existe, potencialmente en cada ser. A través del estudio, aprenderemos a discernir el error de la verdad; la claridad de la sombra y la sinceridad de la hipocresía.

El Espiritismo, como acentúa Allan Kardec, no es una doctrina que induzca a sus adeptos a extrañas y extravagantes singularidades. Ni estudio sin amor; ni amor sin estudio. En suma: ni bondad desprovista de conocimiento, ni conocimiento con ausencia de bondad. Amor sin estudio es comportamiento unilateral, favoreciendo tan solo al sentimiento, pero retardando la ascensión hacia Dios. Estudio sin amor constituye, casi siempre, una experiencia simplemente intelectual, pudiéndonos llevar a la presunción y la vanidad, amenazando así al aprendiz a la caída y el fracaso. Es que, por regla general, consonante a la advertencia de Pablo de Tarso: “El conocimiento envanece, pero el amor edifica.”

Emmanuel, hablándonos al corazón, exhorta también: “Recuerda que en Doctrina Espírita, es preciso estudiar y aprender, entender y aplicar.” Aconseja también, la divulgación del “estudio noble”. Con todo, reconociendo la fragilidad humana, destaca la necesidad de que el espírita, a través del amor “fundamente las palabras en el ejemplo.”

Observando el empeño de los Instructores Espirituales, en la incesante recomendación al estudio, no debemos olvidar a León Denis preocupado, ciertamente con el problema de la ignorancia, que lleva al fanatismo, asegurando a su vez: “El Espiritismo será aquello que de él, los hombres hagan.”

¿Que rumbo tomaría la Doctrina Espírita si nos encastillásemos en la pereza mental, y despreciando a los libros, nos embriagásemos con los mensajes que descienden de los cielos en cataratas interminables e incesantes? ¿A donde iríamos a parar, si los libros permaneciesen cerrados en los estantes de las editoras y librerías? ¿Qué sería del Espiritismo – que es Ciencia, Filosofía y Religión –dentro de solo algunas decenas de años?

La Doctrina Espírita es, sobre todo y esencialmente, la Doctrina del equilibrio y del buen sentido: Amor y Sabiduría, constituyen las alas de que se valdrá el Espíritu Humano en su vuelo hacia el Infinito. Trabajo e instrucción, con el fin de que el equilibrio sea una constante en la vida del aprendiz y en la expansión doctrinaria. Debemos, por eso mismo, preguntar también: ¿Qué rumbo tomaría también nuestro bendecido movimiento, si, solamente estudiando, olvidásemos a los necesitados del camino? ¿A donde iríamos a parar si, apenas manoseando libros y devorando mensajes, nos alejásemos del hambre del pobre, de la desnudez del huérfano, de la dificultad de la viuda, de la soledad del encarcelado, y de la desesperación del enfermo incurable? ¿Qué sería del Espiritismo – el Consolador prometido por Jesús – si estimulando la cultura, olvidásemos lamentablemente la sublime leyenda adoptada por el insigne Misionero lionés; “Trabajo, Solidaridad y Tolerancia.”?

Hay por lo tanto, y como se observa, una dupla inseparable e indisoluble necesidad: “Amor e Instrucción”. Evidentemente, no se ha podido engañar el Espíritu de Verdad cuando dijo: “Vengo, como otrora, a los extraviados hijos de Israel, a traer la Verdad y disipar las tinieblas. Escuchadme”, al preceptuar en los albores del Espiritismo, el imperativo del Amor y la Sabiduría. “Espíritas, amaos; este es el primer mandamiento; Instruíos, este es el segundo.”

Martins Peralva
Extraído del libro «Estudiando el Evangelio a la luz del Espiritismo»

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