Pocas plazas en la escuela

¿Reencarna el alma de inmediato, después de su separación del cuerpo?

– A veces inmediatamente, pero casi siempre después de intervalos más o menos largos.(…)

Pregunta 223

El viejito era reencarnacionista convencido, pero eso no el animaba mucho.

– Tengo noventa y cuatro años. Me preocupa saber que mis padres desencarnaron hace cuarenta y cinco años. Tres decenios pasaron desde que mi esposa se fue. Cerca de medio siglo marca el fallecimiento de un hijo adolescente. Después de tanto tiempo, no los reencontraré en la Espiritualidad, cuando Dios me llame. Reencarnados, integrados en una nueva personalidad, nueva familia, nuestra unión perecerá.

Este raciocinio es frecuentemente usado por aquellos que no aceptan la reencarnación. Resaltan que en esas idas y venidas perdemos de vista a nuestros amados, disolviéndose las uniones afectivas. No es nada de eso.

Si la convivencia hace el amor, este, cuando es consolidado, perdura siempre, aunque, eventualmente, estén sin convivir los que se aman. Tanto es así que los Espíritus que se adelantan, estando en planos más altos, se tornan ángeles tutelares de sus amados, amparándolos siempre, en la Tierra o en el más allá. Pueden, por tanto, alterarse los escenarios y los papeles desempeñados por nosotros, en el teatro de la Vida, pero el amor legitimo será siempre inmutable e imperecedero.

***

Por otro lado, la reencarnación no es un yoyó evolutivo, en que el Espíritu se envuelve con un suceder de giros reencarnatórios, sin tiempo para tomar aliento en la Espiritualidad. Ningún alumno reside en la escuela. Permanece allí bien menos de lo que se imagina. Considerando que el año lectivo tiene ciento ochenta días, con carga horaria de aproximadamente cinco horas diarias, concluimos que el colegio ocupa cerca de un décimo de su tiempo. Algo semejante ocurre en nuestras experiencias en la escuela terrestre. Y tanto más quedaremos en casa, en la Espiritualidad, cuanto más ampliamente superemos nuestras imperfecciones, ya que es para eso que nos sometemos a las experiencias reencarnatórias.

Los Espíritus superiores raramente vienen a la carne. Cuando lo hacen es para enseñarnos, en gloriosas misiones, ya que nada tienen que aprender aquí.

Infundado, pues, el temor de que no encontraremos a los familiares que nos antecedieron en el retorno a la Espiritualidad. Salvo en circunstancias excepcionales, nuestra permanencia en el Más allá es larga, para más de cien años. Eso ocurre también por un problema de disponibilidad de vacantes en la escuela terrestre.

Frecuentemente, en las manifestaciones de benefactores espirituales, escuchamos exhortaciones así:

– Aprovechen la oportunidad que Dios les concedió. Luchen contra sus imperfecciones. Esfuércense en favor de la propia renovación. Practiquen el bien, conquisten bases de virtud. Valoricen las becas de estudios en la reencarnación, ya que hay extensas filas de Espíritus esperando la oportunidad de recomenzar.

Esa tardanza significa que el periodo, el tiempo que separa dos encarnaciones, es más o menos larga. Fácil ver esto, analizando una información del Espíritu André Luiz, en la psicografía de Francisco Cándido Xavier, publicada en el Armario Espirita, de Araras, edición de 1964.

Según el apreciado mentor, la población desencarnada de la Tierra andaba cerca de veinte mil millones de Espíritus. En aquel año el número de encarnados era de aproximadamente tres mil millones, la octava parte de la población global. Si esta permaneciese estática, con una media de cincuenta años para la jornada humana (considerando países desarrollados y subdesarrollados), tardaría cuatrocientos años para que todos tuviésemos una experiencia reencarnatória.

Como la población encarnada va creciendo siempre (actualmente somos cerca de cinco mil trescientos millones), y hay Espíritus que no reencarnan más o lo hacen en espacios muy extensos, el periodo se puede reducir a cerca de doscientos años.

Se trata de una especulación, pero da para sentir que forzosamente pasamos más tiempo en el Más allá. La demanda es bien mayor que la “oferta de plazas”. No hay, por tanto, razón para temer no reencontrar, en el Plano Espiritual, a aquellos que nos precedieron. Tan cierto como la propia muerte será el reencuentro de los que se aman de verdad, con aquella fidelidad que supera las barreras del espacio y del tiempo.

Científicos que investigan la reencarnación, con la regresión de memoria por hipnosis o inducción, han confirmado que, aunque varíe mucho la interrupción, pudiendo sobrepasar mil años, hay una media en torno a doscientos cincuenta años.

Hay las notables investigaciones en torno a las reminiscencias espontáneas. Algunos niños recuerdan la existencia anterior, con tal riqueza de detalles que llegan a confundir a los adultos. Imaginemos a un niño reclamando a sus padres:

– No sé lo que estoy haciendo en esta familia. Mis padres de verdad viven en otra ciudad. Tengo otros hermanos. Estoy casado, tengo hijos…

Una bella confusión generada por personalidades superpuestas de una individualidad.

Los investigadores constatan que la interrupción, en estos casos, es muy breve, no sobrepasando los veinte años, lo que parece contrariar la tesis de que es largo el intervalo que separa dos encarnaciones.

En verdad solo recuerda la vida pasada porque estuvo poco tiempo en el Plano Espiritual. Si estos casos son raros esto significa que la interrupción corta es una excepción.

No está lejos el día en que la reencarnación será reconocida por la comunidad científica, descubriendo ciertas lagunas en la teoría evolucionista de Darwin. Quedarán asombrados los científicos al constatar que todas las consecuencias culturales, sociales y morales, relacionadas con el conocimiento de las vidas sucesivas, estaban perfectamente delineadas y definidas en las obras básicas de la Doctrina Espirita, con la destacada contribución de Allan Kardec.

La obtención de ese conocimiento bendecido, antes que la Ciencia lo extienda, implica en un compromiso:

Nos compete desarrollar una consciencia reencarnatória, valorizando el tránsito por la escuela terrestre, donde debemos obrar como alumnos aplicados en las lecciones de la vida.

Solamente así, de retorno al hogar, estaremos habilitados para la felicidad que anhelamos, en el extenso estadio en la Espiritualidad, como sugiere David, en el famoso Salmo XXIII:

Y en la -casa- del Señor habitaré por largos días.

Richard Simonetti.

Extraído del libro “Quien tiene miedo de los Espíritus”

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